Revista Ecos de Asia

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This article was written on 06 Nov 2015, and is filled under Historia y Pensamiento.

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El país de la inocencia. Japón interior en el siglo XIX, por Isabella Bird

Mucho y bueno se ha escrito hasta la fecha sobre el Japón de la Era Meiji (1868-1912). Escritores y ensayistas coetáneos o posteriores, japoneses y no japoneses, relataron con visión personal la modernización del país del Sol Naciente, con sus luces y sus sombras. Desde Kakuzo Okakura y B.H. Chamberlain hasta Natsume Sôseki, pasando por Lafcadio Hearn, ensayos, reportajes y novelas nos han proporcionado claves para entender esta etapa tan revolucionaria en la que Japón se abrió al exterior.

Isabella Bird (fuente: Royal Geographic Society).

Isabella Bird (fuente: Royal Geographic Society).

Sin embargo, es necesario hacer justicia a un personaje que fue testigo directo del fin de la “edad de la inocencia” de Japón: la viajera y escritora Isabella Bird.[1] Mujer culta e intrépida, viajó por Asia, América y Oceanía, y en 1878 llegó a Japón. Ella vivió una de las experiencias más sorprendentes narradas hasta ahora sobre el País del Sol: gracias a su bitácora Unbeaten Tracks of Japan, hemos podido conocer más de aquel Japón profundo del siglo XIX, lejos de la imagen de estrenada modernidad que se pretendía vender al mundo. Bird quiso adentrarse en él, y puso toda su voluntad y fuerzas para ello.

Al llegar a la capital del Japón en el mencionado año 1878, Isabella Bird hizo saber enseguida a sus contactos británicos cuál iba a ser el sentido de su viaje: conocer el auténtico Japón, ese Japón viejo y ancestral que no se veía en las postales para turistas. Gracias a la ayuda del diplomático Ernest Satow, Isabella Bird salió de Tokio camino del interior del país a finales de mayo, y no regresaría a la capital hasta septiembre. Antes de que Japan National Railways[2] comenzara a partir de 1880 a construir líneas ferroviarias interregionales, los trayectos entre la ciudad de Tokio y las regiones septentrionales se hacían a caballo (llamado pack-horse por los británicos) o en rikisha (pequeño vehículo de tracción humana también conocido como rickshaw). Transitar por carreteras y caminos aún no pavimentados, entre charcos, lodo y guijarros, a lo largo de los numerosos pueblos del interior de Kantô, era para el viajero una proeza, que Bird acometió a lo largo de de más de ochocientos cincuenta kilómetros dentro de la isla de Honshu.[3]

Vista del lago Chuzenji, Nikko (fuente: Old Vintage Japan).

Vista del lago Chuzenji, Nikko (fuente: Old Vintage Japan).

Con el siglo XIX próximo a su fin, entre Tokio o Yokohama y el resto de Japón mediaba un abismo. Los pequeños pueblos y aldeas, unos más civilizados que otros, son presentados por Isabella Bird como un cuadro colorido lleno de matices; unas veces entrañable y pintoresco, otras veces duro y desgarrador. Los pueblos, fuera cual fuera su nivel de desarrollo, gozaban de una cierta independencia a pesar del despotismo del poder central: unos se dedicaban al cultivo de frutales como el caqui, el albaricoque o el melón (caso de Takahara, Ikari), y otros se habían especializado en el algodón (Yonezawa) o en la cría de gusanos de seda (Takata, Ikari igualmente). Y no hay que olvidar los onsen; en Nikko, Takahara o Kaminoyama, fuentes termales que son, aún hoy, un filón económico que proporciona importantes ingresos a las poblaciones que los poseen, gracias a la cantidad de turistas occidentales que los visitaron a partir de 1870.

Felice Beato, Arrozales, circa 1900.

Felice Beato, Arrozales, circa 1900.

Mapa que refleja las principales regiones recorridas por Bird.

Mapa que refleja las principales regiones recorridas por Bird.

La viajera inglesa atravesó un paisaje de naturaleza exuberante e intocada. Arces, criptomerias (árbol del norte de Kantô) olmos y pinos vestían una orografía de barrancos y saltos de agua, con presencia de toda clase de flores:

(…) nos rodeábamos de glicinas, azaleas y lilas. En nuestra vista se interponía siempre alguna montaña, las cascadas tronaban, brillantes arroyos a través de los árboles, y en la gloriosa luz del mes de junio aquel campo era lo más hermoso nunca visto.

Feos, bajitos y gentiles

Felice Beato, Campesino.

Felice Beato, Campesino.

Los japoneses supusieron para Isabella Bird un impacto en muchos aspectos, no siempre positivos. La británica hizo en su libro de viaje un retrato implacable, a veces cruel, del físico nipón; describía a los japoneses como “muy amarillos”, “de pecho hundido”, “bajitos y zambos”, entre otros calificativos, y consideraba ridícula su apariencia. Sin embargo, alabó la disciplina con la que se manejaban en su quehacer diario, y sobre todo un aspecto que ella misma resaltaría en muchas ocasiones: el respeto y la fe ciega en el orden establecido.

En cada japonés existía grabada a fuego la sumisión, la obediencia y la jerarquía. Estas actitudes no sólo se daban en el seno de la familia, sino que también se extendían a toda la comunidad, como por ejemplo los niños. Bird los describía con ternura aunque lamentándose de su excesiva precocidad en la observancia de las formas (concepto japonés llamado rei):

La dignidad y seguridad de estos niños es extraordinaria. El hecho es que su iniciación a las normas de cortesía japonesas se inicia en cuanto empiezan a hablar, de modo que para cuando cumplen los diez años saben exactamente qué hacer en cualquier situación. (…) Son dóciles y obedientes, al punto solícitos con sus padres y con los pequeños, y en las muchas horas que he pasado viéndolos jugar, nunca he oído una palabra más alta que la otra, nunca un mal gesto entre sí. Pero lo cierto es que son adultos en miniatura más que niños…

Esto se aplicaba con toda intensidad en la mujer que, con independencia de la clase social, solía casarse a los dieciséis años. Isabella Bird también le dedicó varios apartados a las mujeres campesinas, a las que observaba amamantando a sus hijos, llevándolos colgados a la espalda dentro de sacos y vistiendo toscos kimonos de algodón sin prenda interior. El mundo femenino, como también relataría Lafcadio Hearn,[4] estaba por completo subordinado al masculino. La joven que se casaba, como norma general, pasaba a formar parte de la familia del marido, adoptando su apellido y sometiéndose a las normas del pater familias y al poder casi tiránico de la suegra.

A nivel comunitario, existía asimismo una fuerte estratificación social. Esto se reflejaba, por ejemplo, en la vestimenta de las mujeres. La prenda interior del kimono o nagajuban sólo la llevaban las esposas de artesanos urbanos o campesinos terratenientes, y una mujer pobre era señalada inmediatamente si se la veía portando un kimono de seda. Probablemente sería tachada de disoluta y derrochadora.

Felice Beato, Mujer en un palanquín.

Felice Beato, Mujer en un palanquín.

A todo esto, en el Japón rural se sumaba la falta de higiene y las enfermedades. A excepción de Kubota y Niigata, no había hospitales, y los pocos médicos locales tenían que recorrer diariamente casi cincuenta kilómetros entre un pueblo y otro. Las cabezas de los niños, rapadas en los varones, estaban invadidas por la tiña o la sarna. Y la viruela o la gripe causaban la muerte de cientos de personas cada año.

A pesar de la rigidez social y la sepsis, los japoneses aceptaban todo sin cuestión, en pos de lo que consideraban una necesaria y deseable armonía, siendo corteses y delicados en su relaciones, especialmente con extraños. En palabras de Bird, eran “gentiles y encantadores”, aunque amargamente matizaba que bajo todo ello latía una moral “de todo menos sincera o pura.”

Vida privada y pública

Las familias japonesas del medio rural vivían en casas de madera, muy pequeñas y frágiles, donde casi todos sus miembros dormían, comían y hacían vida en la misma habitación. Isabella Bird contaba cómo los campesinos, en torno a las diez de la noche, se reunían en grupo en una casa para fumar y jugar al shôgi[5] hasta pasadas las doce. Sus altas voces y sus risas se oían ostensiblemente a causa de la particular factura de las viviendas, divididas interiormente sólo con shôji o paneles de papel:

(…) Mi habitación tiene sólo fusuma[6] y shôji, y siento a la gente de al lado mirándome por la rendija. (…) nadie se imagina el placer que proporciona una casa de estilo europeo, tras haber sufrido el constante murmullo y la falta de decoro de las casas japonesas.

Bird veía esta característica como una invasión de la privacidad y, por tanto, una molestia para un viajero occidental, acostumbrado a preservar su vida íntima. Además, en esas reuniones comunales se reforzaba el sentimiento gregario japonés de que “el asunto de uno es el asunto de todos”. Esta falta de individualidad se reflejaba en las posadas o yadoyas, que Bird tanto frecuentó y en las que los huéspedes muchas veces dormían juntos en una gran sala, en torno a la cocina: (…)”me he comido un huevo, ante la mirada de dieciocho pares de ojos.”

Religión, devoción

Pagoda, Nikko, 1910 (fuente: Old Vintage Japan).

Pagoda, Nikko, 1910 (fuente: Old Vintage Japan).

Isabella Bird describió en Unbeaten Tracks… las maravillas y contrastes de los ritos budistas y sintoístas, la devoción y los templos. Sumamente interesante es su retrato de la piedad casi esotérica del templo Sensô-ji de Asakusa (estando aún en Tokio), donde al mismo tiempo que los peregrinos enfermos colgaban papeles votivos junto a la celosía del santuario de la diosa Kannon, los mercaderes hacían el agosto vendiendo rosarios, pequeños dioses o demonios de madera, flores e incensarios. Asimismo Bird nos abrió la puerta del fastuoso santuario sintoísta Toshogu, erigido en la ciudad de Nikko para la gloria del shôgun Tokugawa Ieyasu, un gran complejo de edificios de diferentes dimensiones, coronados por dorados y curvos tejados de grandes aleros,  conectados entre sí por paseos de piedra y puertas sagradas llamadas torii.

También dedicó la viajera británica un apartado a los kamidana o altares familiares, que a la mañana se abastecían con flores, arroz y sake, y por la tarde se vestían sólo con la luz de una lámpara o una vela. En cuanto a los festivales, Bird presenció los muchos que en verano se celebran por todo Japón, unos de carácter local, otros a escala nacional, como el célebre Obon, dedicado a honrar a los muertos.

Boda y mortaja…

Isabella Bird asistió al acontecimiento de la muerte en Japón y la liturgia que lo rodeaba. El color del luto era el blanco, contrariamente al mundo occidental. Lavar el cuerpo del difunto y colocarlo en su ataúd con la cabeza orientada hacia el norte eran algunos de los rituales funerarios, de origen budista. La flor de loto junto a la tablilla funeraria y las ofrendas de comida, eran una síntesis entre la fe budista y el animismo shintô.

El matrimonio y la muerte estaban estrechamente unidos en el universo femenino. Para la ceremonia nupcial, que Bird presenció en alguna ocasión, la mujer lucía el mismo velo blanco con el que sería cubierto su rostro al morir. Sin embargo, en la tradición ancestral “muerte” se identificaba con “transformación”; la mujer ya moría para su propia familia cuando era desposada, y existían ritos que consagraban este hecho.

Felice Beato, Mujer maquillándose.

Felice Beato, Mujer maquillándose.

Una experiencia intensa y única

Al publicar en 1880 su Unbeaten Tracks of Japan, Isabella Bird quiso presentarse como una viajera más, una descriptora fiel de hechos de Japón: “Me atrevo a presentarlo al público en la esperanza de que, a pesar de sus defectos, sirva como un intento honesto de describir las cosas tal y como las vi, en el Japón.” En este artículo muchas cosas se han quedado fuera, pues Bird contó más experiencias que las que aquí se resumen. Y a pesar del tono objetivo de su relato, no se puede negar que vivió, intensamente, ese Japón desconocido.

Para saber más:

  • Bird, Isabella L., Unbeaten Tracks of Japan. Project Gutenberg, 2000. Disponible gratuitamente aquí (última visita el 2 de noviembre de 2015).

Notas:

[1] Isabella Bird (1831-1904), nació en Yorkshire, Inglaterra. Hija de un pastor protestante, dio pronto muestras de ser un espíritu libre. Exploradora, escritora, fotógrafa y naturalista, fue la primera mujer elegida miembro de la Royal Geographic Society, institución británica dedicada a la investigación en geografía física y humana. Su vida la dedicó a recorrer los cinco continentes, explorando lugares tan dispares como Estados Unidos, Persia y Afganistán o Australia.

[2] Nombre originario de la empresa nacional de ferrocarriles de Japón.

[3] La parte del viaje correspondiente a la isla de Hokkaido y los ainu no está incluida en este artículo.

[4] Japón: un intento de interpretación. Satori Ediciones, 2013.

[5] Ajedrez japonés.

[6] Puerta corredera, hecha de bastidor de madera y forrada con seda o papel, típica de las casas tradicionales japonesas.

avatar María Jesús López Beltrán (4 Posts)

Nació en Madrid. Licenciada en Derecho, escritora y ensayista, es una apasionada de Japón, país cuya cultura lleva estudiando desde hace veinte años. Actualmente es propietaria del blog japanseye.com.


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2 Comments

  1. Hortensia
    06/11/2015
    avatar

    Enhorabuena. Genial

  2. Estimada María Jesús, nos complace comunicarte que acabamos de editar la versión en castellano de este memorable viaje de Isabella Bird a Japón. El profesor Carlos Rubio ha sido el responsable de su edición, traducción y prólogo. El libro ya está disponible en las librerías y en nuestra página web se puede encontrar más información: http://www.lalineadelhorizonte.com

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