Revista Ecos de Asia

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This article was written on 22 Dic 2017, and is filled under Cultura Visual.

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Tekkon Kinkreet, una obra temprana de Taiyô Matsumoto

En determinados círculos viene hablándose desde hace algún tiempo de gafotaku (contracción de “gafapasta” y “otaku”) como un perfil de lector aficionado al manga en su sentido más amplio. No obstante, el auge que está teniendo la industria editorial del manga, con la irrupción de editoriales como Milky Way o Tomodomo y la línea que han adoptado otras como ECC ha difuminado en cierto sentido ese significado original.[1]

En la actualidad, aunque su uso no está muy extendido, se utiliza para definir tanto a los lectores todoterreno que consumen todo tipo de manga como a las obras que se sitúan dentro de esa zona gris a la que Oriol Estrada hace referencia en su definición del concepto. Así pues, esta etiqueta serviría para definir a aquellas obras de manga que se salen de los estereotipos habituales que suponen el shônen y el shôjo, y haría referencia a determinadas obras (generalmente, seinen y, en menor medida, josei) que no solamente suponen una mayor madurez en su contenido y público objetivo, sino que ofrecen una variedad de contenidos a la que los lectores españoles no están tan acostumbrados.[2]

Un gran ejemplo de autor cuyas obras encajan dentro del consumo gafotaku es Taiyô Matsumoto. Aunque su carrera como mangaka se inició a finales de los ochenta en el seno de la editorial Kôdansha, con la obra Straight, muy pronto daría el salto a Shôgakukan, donde desde los años noventa ha ido publicando prácticamente toda su obra, desde Zero (1991) o Primavera azul (1993) hasta Sunny (2010-2015), pasando por títulos tan destacados como Ping Pong (1996-1997), GoGo Monster (2000) o Nº 5 (2000-2005).

Portada de la edición de ECC

Una de sus obras tempranas, en las que ya da muestra de su maestría, es Tekkon Kinkreet (1993-1994). En ella, cuenta la historia de dos niños, Negro y Blanco, que viven solos y sin custodia en un coche abandonado, y pasan sus días vagando por la ciudad, metiéndose en líos. Paralelamente, se plantea también una historia de yakuzas, en la que varios grupos mafiosos se enfrentan por el control del territorio de Ciudad Tesoro.

El tema de la infancia, que será recurrente a lo largo de la obra de Matsumoto, tiene aquí una de sus primeras manifestaciones. Negro es un muchacho que no duda en recurrir a la violencia para proteger a Blanco, de unos nueve años, que aunque se ha criado sin normas ni leyes y depende enormemente de su hermano (incluso para cuestiones tan básicas como vestirse o atarse los cordones), posee una inocencia y una ingenuidad difíciles de encontrar en las calles en las que viven.

Mientras seguimos a Negro y a Blanco, la trama yakuza se desarrolla grosso modo dentro de los cánones habituales, aunque la presencia de los dos chicos dará algunos giros algo diferentes. En cierto modo, se establece una dualidad entre ambas historias: la yakuza sería la convencional frente a la extraordinaria trama de los niños.

Y es que toda la obra gira precisamente en torno a la dualidad conceptual: Blanco y Negro, lo convencional y lo surrealista, la maldad y la bondad, lo antiguo y lo nuevo, la tradición y la modernidad, la muerte y la supervivencia… y el papel que el uso de la violencia juega en todo ello.

Evidentemente, esto hace que Tekkon Kinkreet sea una obra compleja, aunque Matsumoto se decanta por un planteamiento que difumine en lugar de clarificar. No ofrece al lector todo claramente explicado, sino que deja que sean la intuición, las sensaciones y las emociones las que le guíen hacia la comprensión final. Además de apoyarse en este aspecto, juega con el surrealismo para crear nuevos niveles de realidad que alimenten la confusión inicial.

Esta complejidad argumental se desarrolla mediante una narrativa ágil y dinámica, en constante movimiento, que invita al lector a seguir leyendo, página tras página. Matsumoto tampoco da respiro a la vista, diseñando las viñetas plagadas de elementos, detalles y onomatopeyas que llenan el espacio y crean, en cierto modo, una atmósfera opresiva y frenética, propia del trasiego de una gran ciudad.

En las solapas de esta edición se destaca la influencia de artistas como Miguelanxo Prado, Moebius y Enki Bilal. Mucho tienen que ver estos artistas en la interpretación urbana que realiza Matsumoto, mediante espacios construidos con un fuerte componente onírico, cuyas formas originales se desdibujan casi hasta la abstracción por el abigarramiento que se produce en los paisajes urbanos. Sin embargo, no son las únicas influencias, puesto que el trazo tosco e irregular, así como el diseño casi caricaturesco de los personajes, recuerdan también al underground americano. Además, algunas viñetas tienen un tratamiento más próximo a la ilustración.

Todo ello forma una amalgama de elementos visuales que dan lugar al estilo particularísimo de Taiyô Matsumoto, aunque desarrollado en un estadio todavía inicial de su trayectoria (recordemos que esta obra fue publicada originalmente entre 1993 y 1994). Así, en obras posteriores como Ping Pong o Sunny puede verse cómo este estilo se ha desarrollado y consolidado hasta convertirse en un sello de identidad del autor.

En 2017, ECC Ediciones ha publicado los tres volúmenes que integraban originalmente Tekkon Kinkreet en un único tomo. No es la primera vez que se publica en España ni que se edita de esta forma, ya en 2012 la desaparecida Glénat/Editores de Tebeos trajo esta obra y optó por presentarla en un volumen único. Da la impresión de que con ello se buscase aproximar este manga a un público distinto, ofreciendo la noción de que se trataba de una “novela gráfica”. Esto confirma el carácter gafotaku de esta obra, que ya en su primera edición española (en un momento en el que el mercado de manga era muy diferente, a pesar de que solo hayan transcurrido cinco años) buscaba desmarcarse y llegar a otro tipo de público.

ECC ha mantenido la publicación en un solo tomo, de más de seiscientas páginas, en formato kanzenban y con algunas páginas en color. Sin embargo, la edición, elegante pero sobria, ya alude inequívocamente a un formato de manga, es decir, no busca nuevos públicos puesto que en la actualidad el mercado de manga en España se ha abierto lo suficiente como para dar cabida a este tipo de obras sin tener que recurrir a toda una serie de etiquetas y alusiones que las “dignifiquen” ante los ojos de los lectores. Así, la edición de ECC está diseñada para integrarse a la perfección en una biblioteca manga.

Notas:

[1] En La arcadia de Urías, blog de Oriol Estrada, se recoge la formación y primera definición de gafotaku, en 2012. Además, en el anuario Cómics Esenciales 2016 se incluye un artículo de Oriol Estrada y Marc Bernabé donde analizan el perfil del lector gafotaku. Bernabé, Marc y Estrada, Oriol, “Gafotaku, un perfil moderno de lector de manga”, en Cómics Esenciales 2016, Barcelona y Sevilla, Jot Down, 2017.

[2] Para clarificarlo con ejemplos, podríamos considerar gafotaku a la obra de autores como Jirô Taniguchi, Shigeru Mizuki o el propio Taiyô Matsumoto, mientras que seinen como Gantz, Elfen Lied, Hellsing o 20th Century Boys no entrarían dentro de esta categoría. En cualquier caso, cabe matizar que se trata de una etiqueta que se subordina a la definición principal, es decir, a la de lector todoterreno, para dentro de ese contexto, designar las obras específicas que difieren de los gustos del gran público y que caracterizan la heterogeneidad de lecturas del individuo.

avatar Carolina Plou Anadón (202 Posts)

Historiadora del Arte, japonóloga, prepara una tesis doctoral sobre fotografía japonesa. Autora del libro “Bajo los cerezos en flor. 50 películas para conocer Japón”.


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