Revista Ecos de Asia

“The Drug King”: El cine coreano se acerca al mundo de las drogas de la mano de Song Kang-Ho

La droga ha sido una excusa narrativa empleada recurrentemente en un sinfín de series y películas para adentrar al espectador en un submundo oscuro, perverso y cargado de estética. La virtud de hacer una película sobre la droga radica en su capacidad para abordar otros temas con más facilidad; el modo en que funciona la economía informal, la corrupción del poder político o las diferentes vicisitudes vitales a las que nos vemos enfrentados son accesibles al gran público gracias a algo más “atractivo”, a saber, la historia de una persona cualquiera que, gracias al tráfico de drogas, consigue acumular dinero, mujeres y poder, convirtiéndose en “alguien importante”.

Cartel promocional del filme.

Se trata, como digo, de algo que ya conocemos. En nuestras retinas siempre permanecerá la imagen final de Scarface, con un Al Pacino absolutamente enloquecido que prefiere morir matando antes que rendirse; como también recordaremos el apogeo y ocaso de Walter White en Breaking Bad. Ambas historias, por citar un par de ejemplos, ponen de manifiesto la espiral autodestructiva a la que inexorablemente se ven abocados quienes deciden hacer de la droga su principal negocio y proyecto de vida.

Con todo, no es ese el enfoque que preside The Drug King. No hay en el filme una reflexión moralista sobre las drogas y sus efectos devastadores. No estamos ante un Lobo de Wall Street en versión coreana, marcado por el desenfreno y el éxtasis hedonista. La narración en The Drug King es sutil y se apoya en un Song Kang-ho excelso, capaz de asumir el desarrollo de la película él solo y sin más ayuda que la de su carismática presencia.

Quizá lo más relevante de la película no es lo que se cuenta, sino el subtexto, esto es, aquello que está implícito en la narración. La historia del protagonista, Lee Doo-sam (encarnado por Song Kang-ho), y su descenso a los infiernos sirve de pretexto para explicar los entresijos y el ambiente absolutamente corrupto de la Corea dictatorial de Park Chung-hee, quien accedió al poder en 1961 mediante un golpe de Estado y que continuó gobernando con mano de hierro hasta su asesinato en 1979 (curiosamente, su hija, Park Geun-hye, fue presidenta de Corea desde 2013 hasta 2017 y condenada a prisión ese año por un caso de tráfico de influencias)[1].

La ciudad de Busan en los años 70, lugar en el que se desarrolla la mayor parte de la película.

La presencia casi velada de protestas populares, una referencia al secuestro de Kim Dae-jung (opositor al régimen, quien alcanzaría la Presidencia de Corea a finales de los años 90 y, a la postre, Premio Nobel de la Paz) y las relaciones entre Corea del Sur, Corea del Norte y Japón, son ejemplos de temas políticos que Woo Min-Ho, director del filme, quiere abordar subrepticiamente.

De hecho, en los últimos años, el cine coreano está ajustando cuentas con su propia historia a través del cine, ya sea para denunciar los excesos de los regímenes autoritarios que dictaban el destino del país hasta hace bien poco, como ocurre, por ejemplo, en A Taxi Driver: Los héroes de Gwangju (también protagonizada por Song Kang-ho), ya fuere para criticar una colonización japonesa sobre la cual ha habido demasiado silencio durante tantos años, como hacen La doncella, El imperio de las sombras o Asesinos.

La corrupción también está inspirando a numerosos directores de cine coreanos. Pero quizá sea la serie Stranger la que mejor ha sabido retratar una sociedad corrupta hasta la médula donde el poder político y el empresarial se entremezclan en una red de tráfico de influencias en la que los contactos lo son todo, y en la que el éxito solo está garantizado para quienes se arriman a los más poderosos.

El actor Song Kang-ho encarnando al protagonista del filme, Lee Doo-sam.

En última instancia, el cine coreano, y en menor medida la televisión, se están articulando hoy como instrumento de denuncia social y política, lo cual, por lo demás, tiene su sentido si se analizan las costumbres de la propia sociedad coreana. Tal vez el cine sea el modo idóneo de protesta en una sociedad que, por su carácter, se muestra reacia a abordar estos temas de forma directa. Y el cine en Corea es un gran cohesionador social. A ello ayuda el hecho de que, por ley, deba existir un importante número de producciones nacionales en cartelera. ¿Un ejemplo de buen cine?

 

Notas:

[1] Para más información a este respecto, puede consultarse el artículo relativo a su sentencia en el diario El Mundo.

avatar Daniel Peres Díaz (1 Posts)


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