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Oriente en el salón: panorama del arte asiático y sus rutas comerciales – Revista Ecos de AsiaRevista Ecos de Asia
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Oriente en el salón: panorama del arte asiático y sus rutas comerciales

A lo largo de la Historia los intercambios comerciales entre Asia y el resto de continentes han sido una constante. Entre las materias objeto de este comercio destaca una serie de manifestaciones artísticas realizadas expresamente para su exportación a Occidente, las cuales nos aportan un valioso testimonio de la fascinación e importancia que Extremo Oriente ha tenido para distintos pueblos y sociedades.

Ruta de la Seda

Las relaciones comerciales que se han mantenido a lo largo de la historia entre Oriente y Occidente tienen su punto de origen en la denominada Ruta de la Seda, una importante red de comunicaciones que se estableció entre China y Occidente desde el siglo I a.C.,  y que se mantuvo a lo largo de la Antigüedad y la Edad Media. Esta serie de vías posibilitó un intercambio comercial, especialmente de tejidos de seda, así como otros muchos productos, haciendo que influencias en el plano religioso, filosófico, de pensamiento, en el campo de la técnica y en el ámbito del arte se trasladaran de una parte del continente a otra. El imaginario popular, basado en novelas e historias de ficción, genera una recreación basada en interminables caravanas de camellos cargados con lujosos bienes a través de las áridas estepas, desiertos e impenetrables cadenas montañosas, que realizaban paradas en ciudades surgidas entorno a oasis con bazares rebosantes de exóticos objetos y especias.

El barón Ferdinand Von Richtofen (1833-1905) fue un geógrafo y científico alemán. Fue el primero en acuñar el término “Ruta de la seda”. Fuente: WikimediCommons.

El primero en utilizar la denominación de Ruta de la Seda fue el barón Ferdinand Von Richtofen,[1] en el siglo XIX,  refiriéndose así a la ruta comercial, cultural y artística que conectó por vía terrestre y marítima desde el siglo I a. C. ambos extremos del continente. Los itinerarios que formaban la Ruta de la  Seda eran muy variados, presentando diferentes ramificaciones.[2] La principal ruta terrestre partía de Chang´an[3] (hoy en día Sian) en la provincia de Shensi, y atravesaba el desierto de Gobi hacia los Oasis de Dunhang.  De ahí, al aproximarse al desierto de Taklamakan se dividía en dos: la vía norte a través de Hami, Turfan, Karashahr, Kucha, Aksu, Tumshuk y Kasgar hacia Samarkanda, mientras que la ruta sur se encaminaba a través de Miran, Cherchen, Keriya, Khotan y Yarkand hasta Herat y Kabul. De esas ciudades, los caminos se dirigían hacia el oeste para atravesar Persia y llegar a la cuenca mediterránea por Ctesifonte y Palmira. A su vez, una tercera vía descendía de Yarkand hacia la India,  cruzando la cordillera del Karakorum, para seguir el camino de Leh y Srinigar, en el valle del Indo, teniendo como objetivo final los mercados de la costa de Bombay.

La vía marítima, combinada con la ruta terrestre, se remonta al siglo II a. C.,[4] y vio reforzada su importancia en el momento en que las caravanas terrestres comenzaron a mostrar signos de declive. La rapidez de la ruta marítima, la mayor seguridad de mercancías y comerciantes que propiciaba, así como especialmente el cambio que se produjo entorno a la variedad de productos que se exportaban entorno siglo VII d.C., ocasionaron que estos intercambios marítimos adquirieran un papel relevante en el comercial euroasiático.

En esta serie de caminos o vías marítimas que se engloban con el nombre de Ruta de la Seda se puede observar una serie de características comunes. En ambos casos siguiendo el importante desarrollo que el comercio de esta serie de productos generó, se desarrollaron toda una serie de nuevos núcleos urbanos, ya fueran guarniciones militares, comunidades o monasterios religiosos. A lo largo de estos asentamientos, las mercancías cambian frecuentemente de manos. Por tierra los chinos las transportaban sus mercancías hasta Kashgar,[5] donde las compraban comerciantes persas que fueron los que se beneficiaron durante los primeros siglos del monopolio con el mundo mediterráneo. A partir del siglo VII d.C. debido a la expansión del Islam, fueron los comerciantes árabes quienes controlarían el comercio con Extremo Oriente, tanto en las rutas terrestres como en las vías marítimas. Por mar, los navegantes chinos se extendieron a través del mar de China y los puertos importantes del sudeste asiático, siendo los marinos occidentales, primero fenicios y sirios, y más adelante los árabes los que dominarían la ruta del Mediterráneo. En el siglo XVI, tras doblar Vasco de Gama el cabo de Buena Esperanza, los portugueses dieron comienzo al comercio directo con Extremo Oriente iniciando un próspero pero breve monopolio en estas rutas que pronto se vería suplantado por Holanda y Gran Bretaña.

La ruta toma su nombre del principal producto que se comercializó por estas vías, la seda[6]. El comercio de este tipo de tejido se inició en China durante el reinado del emperador Wu Di (140-87 a. C.),[7] gobernante que movido por las necesidades defensivas de su imperio, con el fin de mantener sus fronteras estables, emprendió un sistema de alianzas y relaciones diplomáticas con los pueblos limítrofes, a los que agasajaba en muchas ocasiones con importantes cantidades de seda, sentando así las bases de un importante comercio en siglos venideros. A cambio de la seda, el imperio Han obtenía un tipo de caballos, pequeños pero muy veloces y resistentes, muy necesarios para la defensa del imperio. Estos primeros intercambios no se hacían directamente con los distintos pueblos vecinos, sino que se realizaban a través de distintos intermediarios, los cuales se encargaban de encarecen los productos en función de sus propios intereses.

En Occidente, los romanos conocieron la seda como consecuencia de la derrota ante los partos en el año 53 a. C. del procónsul en Siria Marco Licinio Craso, momento a partir del cual la seda alcanzó una gran demanda y popularidad en Roma. En estos siglos de expansión y estabilización de los dos imperios, el control e intermediación de los intercambios fue monopolizado por el imperio Kushán[8] (siglos I-IV d.C.) asentado en el valle del Indo como herederos del imperio fundado por los descendientes de Alejandro Magno. A los kushán se les debe el papel de aglutinadores culturales que tanta importancia tuvieron en la transmisión y difusión de las formas artísticas. Tras la caída de los dos grandes imperios se produjeron importantes transformaciones políticas y sociales en el mundo mediterráneo y Asia, que interrumpirían el camino comercial de la Ruta de la Seda, retornando en un segundo momento de esplendor durante los siglos VII-XIII, durante el gobierno de la dinastía Tang (618-907 d.C.)[9] en China,[10] así como la expansión del Islam reavivaría los intercambios comerciales y culturales. El conocimiento a partir del siglo VI del origen y fabricación de la seda en Bizancio, influyó en la disminución de la demanda del lujoso tejido desde China, siendo sustituida esta mercancía en volumen de negocio e importancia artística por la cerámica y la orfebrería.

Las técnicas de cerámica como el vidriado[11] y muy especialmente la valoración de la cerámica más allá de su simple uso cotidiano fueron introducidos por los árabes en Europa través de Al-Ándalus, siendo su punto de origen China. El desarrollo del torno y los hornos de alta temperatura extendieron rápidamente el vidriado entre los Han, técnica que se realizaba a partir de feldespato mineral y cenizas de madera, lo que producía una capa vidriada verde oliva que le aportaba un brillo excepcional, desconocido hasta el momento. Las formas en estos primeros objetos seguían a la de los antiguos broces rituales aunque progresivamente se fueron desligando de ellos con el desarrollo de nuevas técnicas.

Con la capitalidad de la dinastía Tang  en Chang´an, punto de partida de la Ruta de la Seda, ésta se convirtió en enclave neurálgico de comerciantes, reiniciando así las exportaciones de la frita de plomo, lo que aportó a los objetos Tang unos colores más brillantes. La singularidad estriba en este momento en la aplicación de un cromatismo diversificado en el vidriado a diferencia de los objetos monocromos realizados durante la dinastía Han, de este modo el barro cocido podía estar coloreado en amarillo, ámbar o marrón con óxido de hierro, de verde con óxido de cobre, y a veces de azul oscuro con óxido de cobalto. Cuando todos estos colores se mezclaban se denominaba como san cai o tres colores.[12] Las formas se adecuaban a su funcionalidad, produciéndose desde objetos de uso cotidiano como platos, cuencos, etc., hasta los que se integraban en los ajuares funerarios conocidos como mingqi, mujeres, músicos o animales, entre los que destacaban los caballos, camellos y comerciantes.[13] En algunas ocasiones las formas de algunos objetos cotidianos e incluso los elementos decorativos como los medallones perlados se basaban en los objetos metálicos que exportaron los persas sasánidas a China, como el caso de algunas piezas de la dinastía Tang del siglo VIII.

Durante los siglos XI y XIII, el comercio estuvo controlado por los poderosos clanes mongoles que desde China, con la Dinastía Yuan (1279-1368 d.C.) hasta Oriente Próximo habían establecido su poderío militar y político, comerciando con todo tipo de mercancías, entre las que destacó una vez más la cerámica, tal y como lo atestigua la producción de la dinastía Yuan, así como la gran demanda  de éstas piezas entre las distintas cortes turco-mongolas. Uno de los principales descubrimientos de la historia de la cerámica fue el caolín[14] en el siglo X, una arcilla blanca primaria que permitió elevar el grado de cocción, lo que se tradujo en los delicados y translúcidos objetos de porcelana. A partir del siglo XIII se introduce el óxido de cobalto desde Persia, dando lugar a la conocida cerámica azul y blanca, durante la dinastía Yuan, aunque realmente fue bajo la dinastía Ming (1368-1644) cuando su uso se estandarizó, potenciándose la gran factoría de Jingdezhen.[15] Hacia el siglo XV, sin embargo, la demanda de porcelana azul y blanca en el Asia islámica y Oriente Medio era tan grande que la mayoría de las fabricadas en China se hacían específicamente para la exportación, por lo que se realizaron piezas con diseños específicos para Asia Central como objetos de metal que sirvieron como modelos formales para su reproducción en porcelana.

La orfebrería fue una los soportes más importantes en la transmisión de formas y motivos decorativos de Occidente a Oriente, recogiendo la tradición artística de imperio sasánida. La fragilidad de estos materiales, especialmente la cerámica, junto con la gran demanda de especias y productos suntuarios orientales favorecieron, como hemos señalado, el desarrollo de la ruta marítima en detrimento de los caminos terrestres. El papel, la brújula, la pólvora y la imprenta, todos ellos de origen chino, también fueron conocidos en Europa a través de la Ruta de la Seda.

La miscelánea de materiales como piedras preciosas, lapislázuli, jade, oro, seda, vidrio y laca, incrementó en gran medida la pluralidad de manufacturas en estas rutas mercantiles, así como cerámica vidriada y objetos de laca, todo ello unido con motivos ornamentales helenísticos, bizantinos y persas además de los propios orientales que nos han aportado ejemplos más que suficientes para afirmar que estos caminos inhóspitos fueron claves en la transculturación artística durante la  Antigüedad y la Edad Media.

A partir del siglo XVI las potencias marítimas europeas iniciaron el comercio directo entre Oriente y Occidente, siendo prácticamente abandonadas las rutas terrestres en favor de las marítimas, iniciándose una nueva etapa en comercio internacional. La ruta interior siguió manteniendo su importancia dentro del mundo asiático. El comercio impulsó la apertura de caminos, pero en este caso los intercambios culturales y las formas artísticas se superpusieron al valor de las mercancías materiales. India, Asia Central, China, Corea, Japón y el Sureste Asiático además de Occidente, se vieron favorecidos y enriquecidos culturalmente gracias a los distintos caminos de la Ruta de la Seda. A los comerciantes les siguieron los monjes y peregrinos que partiendo de India difundieron el budismo, tanto en su acepción filosófica como en sus formas artísticas,  fundando monasterios y rutas rupestres junto a los caravasares (Mogao, Yungang, Longmen), aglutinadores y sintetizadores la tradición cultural india y grecolatina a través de Asia Central. La imagen de Buda, la estructura arquitectónica de grutas y monasterios, la stupa y su posterior transformación, la pagoda, reflejan sincretismo cultural del mundo mediterráneo y asiático.

A partir de fuentes históricas y restos materiales se evidencia que la Ruta de la Seda no conllevó solamente un gran impulso en los campos del comercio y la economía monetaria, sino que además sirvió como vía de intercambio cultural y artístico, generando un importante carácter aglutinador entre diferentes culturas.

Comerciantes portugueses y el Galeón de Manila

La toma de Constantinopla por los Otomanos en 1453 hizo que las rutas comerciales que habían abastecido al Viejo Continente de toda clase de bienes provenientes de Extremo Oriente cayera en manos de los turcos, desencadenando que los navegantes portugueses se lanzaran a emprender la circunvalación de África hasta el cabo de Buena Esperanza.[16] De este modo Vasco de Gama arribó a la India en 1498, cuatro años después de la firma del Tratado de Tordesillas, en el que se estableció una línea imaginaria que dividía las tierras aún no descubiertas por España y Portugal. Esta línea, confirmada por distintas bulas papales, señalaba que los territorios al este de la división (360 leguas al este de las Azores) pertenecerían a Portugal, mientras que aquellos territorios que se encontraban en el oeste recaerían bajo dominio español.

Vasco de Gama. Retrato de Charles Legrand (siglo XIX). Fuente: WikimediaCommons.

Vasco da Gama en 1498 por primera vez logró abrir una ruta marítima directa desde Europa hasta la India.[17] La ruta partía del río Tajo y bordeaba el continente africano por el cabo de Buena Esperanza, ascendiendo después hasta las costas del oeste de la India. De esta manera se evitaba la lentitud de las caravanas terrestres y la inseguridad de los caminos que atravesaban Asia Central. Posteriormente los marinos portugueses, que llegaron a India en 1498, tras arrebatar el control a sus rivales árabes, establecieron su base asiática en Goa (1510), una pequeña isla frente a las costas de la India occidental. A continuación conquistaron Malaca[18] (1511), un centro vital para el lucrativo comercio de especias, situado en el estrecho que separa la península de Malasia y Sumatra. Finalmente arribaron a las costas de China en 1514 y al archipiélago japonés en 1543.

Vista de Goa en 1509 según aparece en el Civitates Orbis Terrarum (1572). Fuente: WikimediaCommons.

El deseo de acabar con el monopolio árabe de las especias fue el motivo económico para llevar a cabo esta primera expansión europea. Las especias eran muy valiosas en relación a su volumen y su peso. Eran fáciles de transportar y se vendían a un precio elevado, por lo que constituían una mercancía tentadora, además de tener un mercado asegurado en Europa, donde potenciaban el sabor de una dieta monótona y hacían que la carne fuera más comestible en una época en la que se mataba a los animales en otoño al no haber suficiente forraje para alimentarlos durante todo el invierno. También se utilizaban en medicina y distintos ritos religiosos.

Las perspectivas comerciales[19] se vieron entorpecidas por el hecho de que Europa, que se encontraba ávida de pimienta y otras especias provenientes de Asia, no poseía productos de un valor equivalente que se pudieran intercambiar en el continente asiático, por lo que los portugueses se financiaron al principio con una combinación de comercio y piratería, aprovechando su superioridad en cuanto a barcos, armas y técnicas de navegación, obtenían ingresos transportando mercancías de un país asiático a otro: artículos del Sureste Asiático a China, seda china a Japón y plata japonesa a China. Utilizaban los beneficios de este comercio para comprar especias y otros productos destinados a los mercados europeos.

Los siguientes en llegar a Asia fueron los españoles, cuya conquista de Filipinas[20] terminó en 1571. El Imperio español se diferenciaba del portugués tanto por su naturaleza como por su magnitud. Mientras los portugueses se mantenían gracias a los beneficios del comercio interasiático, los españoles contaban con los metales preciosos del Nuevo Mundo, sobre todo la plata que llegaba a China a través de Manila para pagar las costosas sedas chinas.

Sin embargo, todavía hacía falta encontrar una vía rápida y fiable para asegurar el valioso comercio entre la Península Ibérica y el Extremo Oriente,[21] trayecto que sería facilitado gracias al Galeón[22] de Manila y el descubrimiento de la ruta del Tornaviaje,[23] travesía que unía ambos extremos del Pacífico entre los puertos de Manila y Acapulco, en México.

Grabado del galeón español El Callao por Alberto Durero (1471-1528). Fuente: WikimediaCommons.

Según los registros, se tienen contabilizados unos ciento ocho viajes del Galeón de Manila entre Filipinas y Acapulco, en los que tomaron parte unas cincuenta naves, ya que, en numerosas ocasiones, un mismo barco realizaba la travesía completa de ida y vuelta. Una vez armada y lista la nave, objetos procedentes de lugares muy dispares de Asia convergían en Filipinas e iniciaban una ruta marítima a través del Pacífico con escalas en los puertos de Cavite y Acapulco. Una vez allí y por tierra, dichas piezas comenzaban un recorrido que las llevaba a la capital del virreinato (la ciudad de México) y desde allí las que tenían por destino España llegaban a Veracruz, donde se incorporaban a la Carrera de Indias que, desde La Habana, se embarcaban con destino a los puertos de Cádiz y Sevilla.

Durante el periodo que los galeones realizaron la ruta entre Manila y Acapulco (1565-1815), en sus bodegas transportaron una completa gama de productos orientales como biombos y lacas japonesas, marfiles, abanicos, porcelanas de China, tejidos de seda chinos, muebles (sillas, arcones y arquetas), así como toda una serie de especias, como canela y pimienta. Estas piezas tuvieron una vital influencia en el desarrollo de las artes decorativas tanto del Virreinato como de la metrópoli, tal y como se aprecia en multitud de manifestaciones.

Las clases altas de las distintas naciones europeas se encontraban fascinadas por los productos provenientes de Asia.[24] Este desmesurado interés queda manifiesto a través de las piezas artísticas que los distintos grupos sociales consumían. El surgimiento de este gusto por lo exótico ha de entenderse como una plusvalía cultural o una forma de avance en el estatus social de la época. Por ejemplo, en Nueva España[25] se volvió común el ofrecer especias y porcelanas como elementos de la dote conventual o grandes fardos de sedas y textiles como parte de los ajuares de novia. En un primer momento, la escasez y el alto precio de los productos orientales llegados en los galeones provocó el surgimiento de piezas que “copiaban” o imitaban modelos orientales, como es el caso de las lacas, mobiliario o la cerámica mexicana de Talavera.

Al hablar de la influencia de Asia en las artes novohispanas y los diversos casos de hibridación que se dieron entre las formas asiáticas y el arte mexicano, la cerámica de Talavera realizada en Puebla representa uno de los mejores ejemplos,[26] ya que en un primer momento reinterpretaba la porcelana oriental traída a México. En muchas piezas poblanas puede apreciarse la influencia oriental, ya sea en la decoración basada en los colores azul y blanco, así como el empleo recurrente de motivos orientales. Es bien sabido cómo en las principales factorías europeas, ante la llegada de piezas de porcelana procedente de Oriente, se quedaron asombrados con el empleo de la gama de colores, los cuales resaltaban determinados motivos como flores y paisajes, por lo que muy tempranamente se lanzaron a la búsqueda para intentar desentrañar su técnica de elaboración.[27] De esta forma, una parte de esta influencia oriental existente en la talavera poblana llegó de Europa, ya que las factorías portuguesas primero, y después los holandeses de la cuidad de Delft ejercieron una influencia notable en realizaciones de Talavera de la Reina en Toledo. Por otro lado, esta influencia llego de una forma más directa a México en el momento que los artesanos novohispanos pudieron contemplar de forma física la belleza y calidad de las piezas de porcelana oriental que llegaban en las bodegas de los galeones procedentes de Manila.

Los artesanos de las talaveras no fueron los únicos en recibir la influencia de las mercancías orientales, pues los productos orientales que llegaron a través de las naos generaron un importante impacto en diversas manifestaciones artísticas como la pintura o el mobiliario. Es igualmente notable el parecido que las lacas japonesas y chinas[28] tienen con su contrapunto, el maque michoacano.[29] En estas realizaciones mexicanas la presencia oriental se dejó sentir a través de dos vertientes: una más directa, proveniente de los objetos de laca que procedentes de China y Japón llegaban a Manila para ser embarcados rumbo a Nueva España, y otra, desde aquellos que llegaban desde Europa.[30]

Además de las ya citadas porcelanas y lacas, todo un repertorio de muebles se embarcaba en Manila con destino a Acapulco y Sevilla. Los distintos objetos, entre los que destacan arcones, arquetas y cofres, se encontraban en su mayoría adaptados a los usos y tradiciones europeas u occidentales, pero en su realización se recurría al uso de maderas o técnicas orientales, como sucede en el caso de los muebles laqueados o con incrustaciones.[31] Una de las más destacables es la técnica del enconchado, similar a la técnica japonesa raden de incrustación de nácar en piezas lacadas, y consistente en el recubrimiento de ciertas partes de los diseños con nácar procedente de conchas de moluscos. Sobre la madera o el lino de la superficie de la pieza, en puntos estratégicos, se disponían las piezas de nácar en busca de un mayor atractivo y efectismo, configurando así las zonas de carnaciones, vestimentas o motivos decorativos provistos de un gran atractivo visual.[32]

La importancia que tuvo la línea marítima del Galeón de Manila en el intercambio cultural, gracias al trasvase estilístico que se llevó a cabo, se reflejó en objetos de formas adaptadas al gusto occidental, pero con motivos ornamentales y técnicas artísticas orientales, principalmente originarias de China y Japón.[33] Filipinas, América, España y Portugal fueron los principales receptores de estas manifestaciones estéticas, pero afortunadamente esta influencia no se mantuvo estática e inalterable, sino que se conjugó de manera creativa, ya que se realizarían producciones autóctonas basadas en la estética oriental y enriquecidas con la tradición artesanal local.

El comercio entre México y Extremo Oriente vía Manila continuó hasta 1815, fecha clave, en la que tanto el Movimiento de Independencia mexicano como la bancarrota española ocasionaron que se suspendieran las travesías del Galeón.[34] Durante los años en los que las naves realizaron el trayecto, muchas de las piezas orientales que arribaron tanto a Acapulco como hasta Sevilla, desempeñando un papel destacado en las tradiciones artísticas de las sociedades que las recibieron.

Holanda y Compañías Comerciales

En el siglo XVII comenzaron a crearse las denominadas Compañías de las Indias Orientales;[35] grandes sociedades mercantiles nacidas en las principales naciones europeas y apoyadas por sus respectivos monarcas, cuyo único fin era comerciar con el Extremo Oriente y traer a Europa esas exóticas mercancías que se estaban convirtiendo en imprescindibles dentro de las cortes europeas. De esta manera cada nación podría comerciar directamente sin tener que pagar a Portugal o España, que hasta entonces, como hemos podido comprobar disfrutaban con casi completa exclusividad del comercio con Oriente, los altos precios que alcanzaban estos productos.[36]

En el siglo XVII este comercio fue a su vez acaparado por los holandeses, cuyo poder marítimo había crecido rápidamente una vez finalizada la guerra contra España por el control de los Países Bajos. Durante el conflicto, los piratas holandeses, los denominados “Mendigos del Mar”, jugaron un papel destacado, asaltando las naves de la Corona Española, e intentando sacar provecho del comercio con las colonias. Así, en el año 1604, la carraca portuguesa “Catarina,”[37] con sus bodegas abarrotadas de piezas de porcelana china, fue capturada por navíos holandeses cerca de las costas de Malasia y reconducida posteriormente a Ámsterdam, en donde la más que buena acogida que tuvieron las piezas sacadas a subasta no hizo sino acrecentar los intereses en este comercio con China.

En 1611 la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, fundada en 1602, estableció sus cuarteles generales en Batavia, actual Yakarta, en la costa norte de Java, desplazando a los portugueses de todos los principales puertos con excepción de Macao. La Compañía estableció una red de puestos comerciales en los principales puertos de Japón, Siam, Bengala, Ceilán y Persia, a través de los cuales podía gestionar este lucrativo negocio y, a pesar de que no fueron capaces de establecer una base segura en China, lograron asentarse en las cercanas Pescadores y Formosa (Taiwán), teniendo acceso a las preciadas mercancías chinas gracias a los mercaderes provenientes del continente. En la época, la porcelana ocupaba un pequeño espacio en los cargamentos, ya que a ojos de las capitanes su principal cualidad era la de actuar como lastre y contenedor de mercancías, ya que podía ser almacenada en los compartimentos de carga sin riesgo de que estropeara o contaminara otros bienes.

Área de expansión de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales hacia el año 1700.

En este contexto cobra una especial importancia el comercio de porcelanas con decoración azul y blanca, traídas a Europa por los portugueses en el XVI. Estas piezas se decoraban con imágenes y temas característicos del arte de la dinastía Ming; así encontramos al principio todo un repertorio de exóticos motivos florales, criaturas fantásticas como dragones y aves fénix para, conforme avanzaba el siglo, ampliarse el catálogo hasta incluir escenas figuradas y otros motivos tomados de la naturaleza. Especialmente frecuentes eran las representaciones de carpas, ciervos, y grullas, así como de numerosos tipos de insectos y plantas que, en general, contenían profundas connotaciones alusivas al Taoísmo y a la mitología popular china, las cuales escapaban totalmente a la comprensión de sus receptores occidentales, a quienes por lo demás interesaba y atraía la idea de la misteriosa y celosamente guardada China, a la que el visitante extranjero tenía completamente prohibida la entrada. Estas piezas tan demandadas, tipológicamente comprendían distintos tipos y tamaños de platos, cuencos, jarras, frascos y botellas destinados a almacenar y servir líquidos. Estaban en ocasiones decoradas en demasía para los estándares chinos y no siempre realizadas con el mayor de los cuidados.

Cuando los holandeses se hicieron con el control de estas exportaciones, se produjo un cambio de tendencia, encaminado a satisfacer la ávida demanda que existía en las principales ciudades europeas. Las importaciones de la denominada kraakporselein[38] (porcelana de carraca) continuaron por un tiempo sin cambios, pero siempre se intentaba incrementar los beneficios, por lo que durante los años 1635 y 1640 aparecieron en Europa las denominadas “Piezas de Transición”, porcelanas en cuya pintura se observaba un nuevo grado de complejidad. A través de distintos intermediarios, los holandeses persuadieron a los ceramistas de Jingdezhen, principal cuidad productora de porcelana, para que realizaran una serie de piezas basadas en moldes de madera traídos desde Holanda, y que estos se pintaran con decoraciones de “figuras chinas” con el fin de potenciar su carácter exótico. Así encontramos botes para mostaza, saleros, jarras para cerveza y vasos cilíndricos que presentan decoraciones de figuras, paisajes, animales y plantas, que posteriormente se copiaron por los incipientes talleres de Delft. Durante este periodo hasta el año 1675, más de ciento cincuenta formas diferentes inspiradas en modelos europeos se produjeron y, durante los cincuenta años siguientes, más de tres millones de piezas se embarcaron con destino a Holanda.

El año 1657 supuso un parón importante para la relaciones comerciales entre Holanda y China.[39] Las dificultades se habían venido incrementando desde que en 1644 la dinastía Ming había caído bajo el empuje de los Manchúes, viéndose el comercio gravemente afectado, a lo que hubo que añadir la expulsión de los holandeses de Formosa debido a la rebelión organizada por Koxinga (1624-1662), quien se había hecho con el control de la isla. Fue en este momento cuando los holandeses volvieron su atención hacia Japón. En 1641 se les había permitido establecerse en la isla de Deshima, en la bahía de Nagasaki, desde la cual ejercían junto a los chinos el monopolio del comercio con el archipiélago. Así fueron capaces de adquirir piezas de porcelana japonesa de los talleres de Arita,[40] con las que pudieron seguir comerciando mientras duraban las inestabilidades en China. En 1659 embarcaron su primer cargamento de porcelana japonesa, que incluía numerosas porcelanas azul y blanca para los mercados indio y árabe, así como una pequeña cantidad destinada a Europa. Los talleres japoneses no estaban orientados a una producción masiva de piezas como ocurría en Jingdezhen, por lo que experimentaron una considerable expansión para hacer frente a estas demandas. En estas porcelanas la pintura imitaba a los estilos chinos precedentes, pero la paleta colorida de las denominadas Kakiemon y el gusto por lo asimétrico, característico del arte japonés, debieron de atraer enormemente a los compradores europeos. En el siglo XVIII los más avezados coleccionistas seguían valorando este tipo de piezas, cuyos modelos fueron copiados por las distintas factorías europeas, como Meissen, Chelsea y Bow. Pero el comercio de la Compañía con las porcelanas japonesas se fue paulatinamente abandonando, debido en parte a que el abastecimiento resultaba complejo y poco beneficioso. A pesar de esto, grandes cantidades de porcelanas japonesas recalaron en hogares de toda Europa,  ya que fueron frecuentes las piezas procedentes de Japón que eran adquiridas indirectamente a través de intermediarios chinos.

En algunos aspectos los japoneses dejaron una profunda influencia en el mercado de este tipo de bienes. Introdujeron en Europa su característico estilo pictórico, y las porcelanas Kakiemon,[41] vivamente coloreadas, influyeron más que ninguna otra pieza en modelos occidentales. También es reseñable la producción de piezas basadas en modelos holandeses, especialmente en lo que se refiere a la forma, así como a las figuras y modelos de animales (tigres, leones y pájaros), o de actores y actrices, similares a las representaciones de los primeros grabados xilográficos. Como podemos observar, las piezas realizadas en Japón, además de llenar el vacío dejado por la caída de las exportaciones chinas durante un cuarto de siglo, supusieron un soplo de aire fresco en el comercio de estos objetos.

En Europa, resulta interesante el comprobar la disposición de este tipo de porcelanas, tanto chinas como japonesas, en los hogares de la época. Al principio la extrema rareza de las porcelanas hizo que éstas se dispusieran con adornos y monturas de plata, que realzaban el carácter exótico del objeto. Posteriormente en Holanda se originó un ávido furor por el coleccionismo, tal como demuestran los retratos y naturalezas muertas del periodo, en donde encontramos porcelanas dispuestas sobre las paredes, en gabinetes, o como adornos de las chimeneas. La porcelana se hizo un hueco en la decoración de interiores, y son famosas las decoraciones de Hampton Court en Kensigton, o el palacio de Charlottenburg en Berlín, de Federico I de Prusia (1657-1713), en el que las porcelanas adornaban las paredes prácticamente desde el suelo hasta el techo. El ejemplo más famoso es el de Augusto el Fuerte (1670-1773), Elector de Sajonia y Rey de Polonia, quien amansó una increíble colección compuesta  por más de diez mil piezas.

Ejemplo de plato de kraakporselein, las iniciales VOC corresponden a las de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (Vereenigde Oostindische Compagnie).

En el año 1863 se reconstruyó la Factoría Imperial de Jingdhezen, bajo el mando de un nuevo director, quedando patente la intención del gobierno chino por retomar este beneficioso comercio de exportación. Así, nuevamente, grandes cantidades de porcelana azul y blanca realizadas en masa se embarcaron hacia Occidente a finales del XVII y principios del XVIII. A Jingdhezen se sumaron otros centros, caso de Dehua,[42] en el que se realizaban las famosas Blanc de Chine, piezas y figuras realizadas en pasta blanca sin policromía.

Las condiciones en las que se desarrolló el comercio de porcelana y otras mercancías en el XVIII variaron sustancialmente respecto al siglo anterior. Durante el periodo posterior a 1683, momento en el que los holandeses volvieron a aguas chinas, naves francesas e inglesas comenzaron a comerciar en Cantón con considerable éxito y, en menos de una década, la Compañía Inglesa de las Indias Orientales pasó a ejercer el papel preponderante en la región. Debido a la cada vez mayor demanda de este tipo de bienes en toda Europa, se originaron nuevas compañías comerciales, como las fundadas por daneses y suecos en 1731 y 1732 respectivamente. Tampoco podemos olvidar el papel que jugó España. Desde 1571, año en que comenzó la línea Galeón de Manila, hasta 1815.

Tal como hemos podido comprobar, el comercio entre Occidente y Oriente en la Antigüedad, la Edad Media y su continuidad en la Edad Moderna fue, con diversas interrupciones, casi una constante. En estos intercambios hemos podido comprobar como primaba la imagen arquetípica, la que representaba todo aquello que Occidente buscaba en Oriente, lo lujoso, misterioso y exótico, encarnado en las lujosas sedas, especias, intrincadas realizaciones de orfebrería, o cerámicas y porcelanas. En una época caracterizada por la expansión europea por el mundo y los viajes a tierras distantes, lo oriental se transformó, más que nunca, en un símbolo de riqueza y poder, así como en el principal referente de estos mundos lejanos.

Notas:

[1] Ferdinand Freiherr von Richthofen (1833-1905),  geógrafo  y científico alemán, fue el primero en acuñar el término “Ruta de la seda”, tanto en singular (Seidenstrasse ) como plural (Seidenstrassen) en 1877, haciendo referencia a las rutas a lo largo de las cuales la seda china se transportaba desde el Imperio de los Han (206 a.C.-220 d.C.) a Asia Central. Richthofen no aplicó el concepto con posterioridad a la época de los Han, así como argumentó la gran importancia histórica y cultural del tráfico o comercio a través de esta serie de vías comerciales, mostrando un gran interés en el fenómeno de intercambios en Eurasia. Millward, James A., The Silk Road. A Very Short Introduction. Oxford, Oxford University Press, 2013. Pp. 42-43.

[2] La concepción simplista de la Ruta de la Seda como una vía este-oeste entre China y Roma oscurece el hecho de que no había un solo recorrido, sino más bien una madeja de rutas que unían muchos puntos clave. En la actualidad se considera a la Ruta de la Seda más como una red que como un recorrido lineal. Millward, James A., The Silk Road. A Very Short Introduction. Oxford, Oxford University Press, 2013. Pp. 45-46.

[3] Härtel, Herbert, “Introduction”, en Along the Ancient Silk Routes Central Asian Art from the West Berlin State Museums.  Nueva York, Metropolitan Museum of Art,  1982. Pp. 15-18.

[4] Cervera, Isabel. Arte y Cultura en China. Barcelona, Ediciones del Serbal, 1997. P. 153.

[5] Ibídem. P. 154.

[6] El hilo que se consigue tras devanas los filamentos que envuelven el capullo originado por la oruga Bombyxmori. Cuando la oruga alcanza su máximo nivel de desarrollo, tras haberse alimentado de hojas de morera, inicia la segregación de seda necesaria para construir un capullo y convertirse en crisálida. Para conseguir el hilo de seda se ha de interrumpir el desarrollo de la crisálida, pues en caso contrario ésta perforará el capullo, rompiendo los filamentos. Una vez conseguido el ahogado de la crisálida, los capullos se sumergen en agua caliente (90º) con el fin de restablecer la sericina que les da cohesión y desprender el cabo del filamento. Para conformar un hilo de seda se requieren entre cuatro y diez filamentos que se retuercen entre sí y se pliegan en un aspe. Reuniendo los diferentes cabos y dándoles el grado de torsión deseado se obtiene el hilo de seda que se utilizará para tejer. Dentro de las técnicas de tejido se distinguen varios tipos atendiendo a su grado de torsión y a su combinación en la trama y la urdimbre. Las técnicas decorativas son muy variadas, desde el teñido y estampado al bordado. En China, el bordado con hilos de seda se conocía ya en la dinastía Shang, realizando con esta técnica diseños geométricos y más tarde todo tipo de motivos decorativos, combinados con hilos diferentes e incluso con oro y plata. Ibídem. Pp. 158-159.

[7] Watt, James C. Y. y Anne E. Wardwell, When Silk Was Gold. Central Asian and Chinese Textiles. Nueva York, Metropolitan Museum of Art, 1997. Pp. 7-9.

8 En el  año 50 a. C. Kujala Kadphises, soberano de los Kushán subyugó a las distintas facciones de la región de Gandara, fundando el Imperio Kushán.  Extendió sus fronteras hasta la desembocadura del Indo, tomando el control del comercio marítimo que conectaba directamente la India con los puertos romanos de Egipto, evitando así a los partos y la sobrepreciación que alcanzaban determinadas mercancías. Beckwith, Christopher I., Empires of the Silk Road. A History of Central Eurasia from the Bronze Age to the Present. Princeton. Princeton University Press (2009). Pp. 85-86.

[9] Watt, James C. Y. y Anne E. Wardwell, When Silk Was Gold… op. cit. Pp. 7.

[10] Durante la dinastía Tang, en los siglos VIII y IX, cuando hasta una séptima parte de los ingresos anuales del gobierno procedían de los impuestos de la seda que a su vez ellos reinvertían en la adquisición de caballos. Este desarrollo conllevó innovaciones técnicas como la aplicación del telar en la manufactura de la seda, lo que proporcionó a los productos diferencias en el tacto, brillo y ligereza. Cervera, Isabel, Arte y Cultura en Chinaop. cit.  P. 160.

[11] La importación del vidrio hacia Oriente, hizo que desde el siglo III a. C., se conociera la mezcla preparada de vidrio con plomo, de donde los artesanos chinos aprendieron el arte de vidriar, cociendo las piezas a alta temperatura para proporcionarles una gran resistencia. Esta técnica fue una de las grandes innovaciones en la cerámica china durante la dinastía Han, perfeccionándose en la Tang (618-916) aunque esta vez con la introducción de vidriados a base de óxidos, lo que permitía incorporar más colores. Valenstein, Suzanne G., A Handbook of Chinese ceramics. Nueva York, Metropolitan Museum of Art, 1989. Pp. 63-64.

[12] Valenstein, Suzanne G., A Handbook of Chinese ceramicsop cit. P. 66.

[13] Cervera, I.,  El arte chino, Madrid, Historia 16, 1989. P. 100.

[14] Valenstein, Suzanne G., A Handbook of Chinese ceramicsop cit. Pp. 123-126.

[15] Cervera, I., Arte y cultura… op. cit. Pp. 41-43.

[16] Subrahmanyam, Sanjay, The Portuguese Empire in Asia, 1500-1700. A Political and Economic History. Oxford, John Wiley&Sons, Inc., 2012. Pp. 11-12.

[17] Subrahmanyam, Sanjay, The Portuguese Empire in Asia… op. cit. P. 47.

[18] Malaca se trataba del principal puesto estratégico en el comercio de las especias del Sureste Asiático, así como el principal puerto hasta el que se acercaban los juncos chinos cargados con porcelanas y seda. Desde estos enclaves los portugueses se hicieron con el control del más que beneficioso comercio asiático, ya que estos puertos les garantizaba el acceso a una gran cantidad de productos extremadamente preciados en los mercados de Occidente. Subrahmanyam, Sanjay, The Portuguese Empire in Asia… op. cit. Pp. 8-9.

[19] Shirokauer, Konrad, Breve historia de la civilización china. Barcelona, Ediciones Bellaterra, 2006. Pp. 261-263.

[20] Como es de sobras conocido, Cristóbal Colón se hizo a la mar a finales del siglo XV con el propósito de descubrir una nueva ruta hacia Extremo Oriente, viéndose truncados sus planes con el descubrimiento del Nuevo Mundo. El marinero portugués Fernando de Magallanes, partiendo en 1519 con el apoyo económico de la Corona Española, circunnavegó Sudamérica por el estrecho que hoy lleva su nombre, atravesó el océano al cual dio el nombre de Pacífico y arribó  con sus naves al archipiélago de las Filipinas, conocidas hasta entonces como las Islas de Occidente. Magallanes murió en la isla de Cebú combatiendo a los nativos, recayendo el mando de la expedición en Sebastián Elcano, quien concluyó la primera circunvalación a la Tierra. Para más información, véase Rubio Mañé, Jorge Ignacio. “La expedición de Miguel López de Legazpi a Filipinas”, Boletín del Archivo general de la Nación, nº 3-4, tomo 5, 1964, pp. 427-798.

[21] Con el archipiélago de Filipinas bajo control, España se convirtió en uno de los principales importadores de los lujosos bienes asiáticos, profundamente codiciados en la época. Manila, la principal ciudad del archipiélago, destacaba por su estratégica situación sobre otros puertos de Oriente, ya que resultaba fácilmente accesible desde las colonias americanas y se encontraba cerca de los principales focos de producción artísticos de las Indias Orientales como Persia, China, Japón, Siam, Malasia, India, Ceylán o la actual Indonesia.

[22] Como el propio nombre indica, las naves que realizaban el trayecto entre Manila y Nueva España eran galeones. Estos se caracterizaban por presentar unas líneas más finas y estilizadas que las voluminosas carracas portuguesas, así como unos castillos de popa y proa más bajos. La longitud de estas naves solía ser de unos cincuenta metros, con un mástil principal de unos treinta metros, variando su peso, por norma general, entre las doscientas cincuenta y las quinientas toneladas, aunque existieron algunos de mayores dimensiones que sobrepasaron las mil quinientas. La construcción de este tipo de embarcaciones resultaba extremadamente costosa para la época, pero las valiosas mercancías que transportaban hacían que fuera rentable, lo que también hizo que se convirtieran en objetivo de la piratería. Arroyo Urióstegui, A.J. “El descubrimiento de nuevas rutas marítimas en el siglo XVI y su desarrollo en el arte”, en Ometeca, v. 12. Ciudad de México, Universidad Autónoma de México, 2008, pp 89-90.

[23] En un intento por asegurar las mercancías procedentes de Asia a través de Nueva España hacia Europa, el virrey don Luis de Velasco encomendó una expedición a Miguel López de Legazpi, acompañado por fray Andrés de Urdaneta. Legazpi se quedaría en Filipinas para fundar la cuidad de Manila, dirigiendo allí la colonización y evangelización, ayudado por los frailes agustinos que realizaron el viaje. Por su parte, Urdaneta emprendió un nuevo viaje con el fin de encontrar una ruta de retorno hacia Nueva España. Urdaneta sospechaba que igual que existía una corriente ecuatorial que ayudaba en la travesía desde Nueva España a Filipinas, debía de existir otra igualmente efectiva pero en dirección contraria. Las suposiciones de Urdaneta no andaban desencaminadas, pues frente a las costas de Japón dieron con la corriente de Kuroshio, la cual les permitió adentrarse en el Pacífico norte. A partir de ahí, la propia corriente y los vientos guiaron a la embarcación hasta las costas americanas, las cuales divisaron en septiembre del mismo año. Finalmente, el 8 de octubre de 1565, después de ciento veintinueve días de travesía, llegaron a Acapulco, con lo que la ruta del Tornaviaje había sido establecida, asegurando, de este modo, el tránsito de bienes y refuerzos a las colonias españolas de las Indias Occidentales. De esta manera, el Galeón de Manila comenzó sus largos doscientos cincuenta años de recorrido. Arroyo Urióstegui, Ana Julia. “El descubrimiento de…”, op. cit., pp. 93-95.

[24] Desde finales del Renacimiento, el referente para las relaciones comerciales y las influencias artísticas fue la China de la dinastía Ming (1368-1644), seguida en la segunda mitad del XVII por la dinastía Qing (1644-1911). Durante el Barroco y el Rococó una de las tendencias decorativas europeas más exóticas, valoradas e imitadas fue la denominada Chinoiserie, cuyo origen se encuentra en el coleccionismo de objetos de lujo chinos (realizados para la exportación), como la porcelana, los paneles y muebles lacados, los tejidos y los marfiles. Almazan Tomas, Vicente David. “De la chinoiserie al japonismo” en Artigrama nº 18, Zaragoza, Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza, 20. Pp. 84-85.

[25] La porcelana oriental, en su mayoría procedente de China y Japón, desempeñó un papel destacado en la vida cotidiana del México virreinal. Durante la época, los objetos de porcelana se destinaban a distintos aspectos de la vida diaria y funciones sociales. Así las tazas para chocolate y café, diferentes tipos de jarrones, macetas, tibores y escupideras, y una gran variedad de objetos formaban parte del ajuar doméstico de las casas adineradas. De igual forma se volvió común para aquellas familias que se lo podían permitir el encargar la manufactura de vajillas con escudos de armas, en las que en la decoración de platos y tazas se incluía la heráldica familiar. De la misma forma, los hogares más modestos, también poseían, aunque en menor cantidad, piezas de porcelana o cerámica traída por los galeones. Castro Rodríguez, Fátima, Porcelana japonesa en el México Virreinal. Ciudad de México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2012. Pp. 61-64.

[26] En localidades como Puebla y Guanajuato existía una producción cerámica desde el siglo XVI. Esta industria cerámica se conoce con el nombre de talavera poblana, ya que en la producción de este tipo de piezas se seguían las mismas técnicas de la cerámica hispanomusulmana importadas desde España. Esta toma caracteres estilísticos de la cerámica de Talavera de la Reina, Toledo, desde donde partieron alfareros como Loaysa, Orellana y Meneses. Esta industria se dedicaba a la producción de objetos destinados a la vida cotidiana tanto de conventos como residencias particulares. Así, además de elaborarse toda una serie de recipientes destinados a comedores, cocinas y despensas se realizaban azulejos para la decoración arquitectónica. En Ruiz Gutiérrez, A., “Influencias artísticas en las artes decorativas novohispanas”, en Cruce de miradas, Zaragoza, Pedro Ginés Aguilar (Editor), 2010. P. 336. y Romero de Terreros, M., Las artes industriales de Nueva España, Ciudad de México, Banco Nacional de México, 1982. P. 186.

[27] Klein, Adalbert., La céramique japonaise: le guide du connoisseur. Friburgo, Office du Livre, 1984. Pp. 259.

[28] El arte de la laca es una serie de técnicas tradicionales de Extremo Oriente, desarrollado sobre todo en China y Japón, mediante el cual se recubría toda una serie de pequeños objetos destinados al uso cotidiano (como cajas, cofres y útiles, muebles y un largo etcétera) de un barniz obtenido a partir del refinamiento de la resina de un árbol rushvernicifera.

[29] Se cree que la palabra “maque” proviene de “maki-e”, un tipo de laca japonesa que hace uso de delgadas láminas de oro y plata. Castro Rodríguez, Fátima., Porcelana japonesa en… op. cit. P. 74.

[30] Ruiz Gutiérrez, A., “Influencias artísticas en…,op. cit. P. 33.

[31] Para más información, véase Loyzaga, J., “Taracea en México.”, en V.V. A.A., El mueble mexicano: Historia, evolución e influencias, Ciudad de México, Fomento Cultural Banamex, A.C., 1985. Pp. 71-90.

[32] Para un completo estudio acerca del enconchado y su influencia asiática véase Ocaña Ruiz, S. I., “Marcos “enconchados”: autonomía y apropiación de formas japonesas en la pintura novohispana” en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, v. 30, n. 92, 2008, pp. 107-153.

[33] Ruiz Gutiérrez, A., “Influencias artísticas en…, op. cit. P. 343.

[34] Valdés Lakowsky, Vera. “México y China: del Galeón de Manila al primer tratado de 1899”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, v. 9, 1983, p. 9-19.

[35] Parthesius Robert, Dutch Ships in Tropical Waters. The Development of the Dutch East India Company (VOC) Shipping Network in Asia 1595-1660. Ámsterdam, Amsterdam University Press, 2010. Pp. 31-34.

[36] Jörg C. J. A. Porcelain and the Dutch China trade. La Haya, Springer Netherlands, 1982. Pp. 15-17.

[37] Jörg C. J. A. Porcelain and the Dutch … op. cit. P. 19.

[38] Valenstein, Suzanne G., A Handbook of Chinese ceramicsop. cit. P. 197.

[39] Yong, Liu. “The Dutch East India Company’s Tea Tradewith China, 1757-1781”, en Tanap Monographs on the History of the Asian-European Interaction, Nº 6. Leiden, Brill, 2006, pp. 11-12.

[40] Lerner, Martin. Blue and White. Early Japanese Export. Nueva York, Metropolitan Museum of Art, 1978. Pp. 14-17.

[41] Brennan Barbara y Oliver Impey. Japanese Art from the Gerry Collection. Nueva York, Metropolitan Museum of Art, 1990. Pp. 63-64.

[42] Valenstein, Suzanne G., A Handbook of Chinese ceramics… op. cit. Pp. 203-204.

avatar David Lacasta (76 Posts)

Soy Licenciado en Historia del Arte y actualmente estoy cursando el máster en estudios avanzados, en la modalidad de Asia Oriental. Estoy trabajando en la cerámica Satsuma, y el fenómeno de su coleccionismo en occidente.También me interesa mucho todo lo relacionado con las armas y armaduras de los samurai, así como la historia militar de Japón.


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