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Una iconografía atípica: el 'Buda asceta'. – Revista Ecos de AsiaRevista Ecos de Asia
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This article was written on 05 Feb 2014, and is filled under Arte.

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Una iconografía atípica: el ‘Buda asceta’.

Debido a la gran cantidad de vertientes, sectas y ramificaciones del budismo, y a la complejidad misma del concepto de Buda, las diversas iconografías de Buda poseen una enorme complejidad. La función de la escultura budista es hacer presente la figura a la que se representa, recordar al personaje; pero ante todo poner de manifiesto sus cualidades, con el fin de estimular a los fieles a imitar estos valores. Para ello, la escultura está plagada de códigos con los que se establece un diálogo con los fieles: los atributos, los lakshana o rasgos característicos, las posturas y tronos, los mudras (esto es, la posición de las manos: pueden ser rituales si se ejecutan durante la oración, o iconográficos, los que ejecutan las imágenes para dar información adicional al fiel). En algunas tradiciones y para algunas sectas, incluso se consideraba que la propia imagen estaba infundida del espíritu y del ser de la figura representada, con el poder de transmitirlo a los que la contemplaban. Para que estas imágenes fueran efectivas, debían cumplir una serie de requisitos: ser una representación fiel y llevarse a cabo la consagración de la escultura (solían consagrarse todas las esculturas, pero en este segundo caso era una ceremonia fundamental).[1] La dificultad de comprensión todavía es mayor en Occidente, ya que en muchas ocasiones carecemos de los fundamentos necesarios para interpretar correctamente dichas iconografías. Hoy queremos centrarnos en uno de los casos menos conocidos de la representación búdica: el ‘Buda asceta’.

Iconografía del 'Buda asceta'.

Iconografía del ‘Buda asceta’.

Generalmente, al pensar en imágenes de Buda, lo primero que nos viene a la cabeza son las rechonchas figuritas que se venden en cualquier comercio barato, en muchos casos, rozando lo kitsch. Quizás, tras una reflexión algo más detenida, pensemos en las numerosas figuras (y cuadros) que ofertan tiendas de decoración, donde, pese a producirse cierta banalización, se reflejan algunas de las iconografías más típicas de Buda dentro de lo que en Occidente consideramos estéticamente bonito como para poner en nuestro salón, recibidor o dormitorio. Sin embargo, la iconografía que queremos mostrar hoy rara vez podríamos encontrarla en un salón según las tendencias de interiorismo actuales.

Ejemplos de Budas como elemento decorativo en Occidente.

Ejemplos de Budas como elemento decorativo en Occidente.

El ‘Buda asceta’ representa un episodio de la vida del Buda histórico. Shiddarta Gautama o Sakyamuni fue el creador de una de las religiones más extendidas en el planeta. La existencia real de Sakyamuni está plenamente demostrada, aunque hay pocos hechos documentados de su vida. Lo que nos ha llegado es una narración de su historia, envuelta en leyendas y milagros. Desde el punto de vista histórico, esta narración tiene escasa relevancia. Sin embargo, desde el punto de vista artístico resulta fundamental, ya que es la piedra angular sobre la que se desarrollan todas las iconografías del arte budista, incluida la que hoy tratamos.

Siddharta Gautama nació a mediados del siglo VI a. C. en el norte de la actual India, en el seno de la tribu sakya (de la que toma el nombre Sakyamuni). Según la tradición, nació de una concepción y parto virginales: los dioses lanzaron su reflejo en forma de elefante blanco sobre la reina Maya, y en ese momento se produjo la concepción. Este hecho extraordinario ocasionó que los sabios lanzasen una profecía que marcaría la juventud y educación del príncipe: si tomaba el camino de la política llegaría a ser un monarca universal, una figura espectacular, de gran poder; sin embargo, este destino tan exitoso no se produciría si optaba por la vida religiosa. Su nacimiento fue, de igual modo, milagroso: nació de un costado de la reina Maya, sabiendo caminar, y se dirigió a los cuatro puntos cardinales. Durante los primeros años, vivió en una burbuja, rodeado de los mejores y más sabios maestros, entregándose a las actividades físicas… se le mantuvo aislado de la presencia de la muerte y la vejez. Se casó con dos princesas y tuvo un hijo. No obstante, su extraordinaria inteligencia le hacía ver que ese entorno era artificial, percibía que algo se le ocultaba, así que en su juventud decide escapar, junto a un criado muy fiel. Así conoció la muerte, la enfermedad y la vejez, y fue ésta una experiencia que le conmovió sobremanera, y que le inspiró a renunciar a todo y a hacer un peregrinaje en busca de respuestas. En su camino encuentra a un brahmán, un sacerdote hinduista, que le inspiraría a llevar una vida radical como asceta. Durante seis años, así, Buda se somete a todo tipo de privaciones: no come, no duerme, no se mueve… rodeado de seis discípulos. Éste es el episodio que inspira la iconografía a la que hoy hacemos referencia, la representación del Buda esquelético.

En su ascetismo, Buda estuvo al borde de la muerte. En un determinado momento, escuchó a unos campesinos cantar una canción en la que se hablaba de que si las cuerdas de sus instrumentos están muy tensas se rompen, pero si están muy flojas no suenan. Esta canción hizo a Buda darse cuenta de la importancia y el valor del punto medio. Después de recuperarse, entró en meditación bajo una higuera, en la postura del loto, lo cual ha generado a su vez otra iconografía de Buda. Bajo la higuera, Sakyamuni había llegado a un desprendimiento casi absoluto de su ser cuando el demonio Mara se percató de que si Buda alcanzaba esa liberación, sería el final del reinado de la Muerte. Para evitarlo, decidió tentarle para que no alcanzase la iluminación suprema. La primera perturbación de Mara consistió en intentar interrumpir la meditación de Sakyamuni haciéndole apartarse del lugar en el que estaba, a lo que éste respondió con un leve movimiento, tocando la tierra, reclamando su derecho a estar en aquel lugar. Este momento también generó una iconografía: la del Buda triunfante ante la Muerte. Después, siguieron numerosas tentaciones, ante las que Sakyamuni no se manifestó. Cuando Mara desistió, Buda recibió la iluminación, un flash en su conciencia que le hizo ver cómo enfocar su trayectoria vital para librarse de la muerte y la maldad. Además, pudo ver claramente sus vidas pasadas y la rueda de las reencarnaciones: que todos los seres mueren y vuelven a nacer dependiendo de su comportamiento. También vio el medio para liberarse de ese eterno girar. Entonces Mara todavía le tentó una vez más, con una última sugerencia: si ya era consciente de todas las respuestas, y se había liberado, podía dejarse morir y entrar en el Mahaparanirvana, el nirvana incondicionado, y allí ser libre de sufrimientos. Buda, que para entonces tenía treintaicinco años, decidió seguir viviendo para predicar y mostrar al mundo lo que había visto. A partir de este momento comenzó la shanga o peregrinación, inaugurada con el primer sermón, en Sarnath. Desde este momento, Buda vivió numerosos acontecimientos: la conversión de su padre, la decadencia de su tribu, un cisma interior (la escisión de la doctrina que protagoniza su primo)…

Buda muere a los ochenta años, unas versiones sostienen que de vejez y otras que envenenado por unas setas. En cualquier caso, entró en meditación y murió, alcanzando el Mahaparanirvana, la disolución del yo transitorial, el fin del sufrimiento y del dolor, la asimilación de la plenitud máxima. Su cuerpo fue incinerado y las cenizas se repartieron en varios túmulos, que serían el origen de las estupas, la tipología arquitectónica básica del budismo.

En un principio, de la esencia de Buda no se derivaba la necesidad de hacer imágenes: tan sólo transmitía un camino personal de liberación. Sin embargo, con su muerte se produce una mitificación, que dio lugar a la necesidad de tener un objeto concreto que concentrase la veneración. Al principio, era tabú representar a Buda como hombre. En esta etapa anicónica (desde el siglo III a. C. hasta el II d. C.), se representaba solamente al Buda histórico a través de símbolos.

Con el origen del budismo Mahayana empezaron a aceptarse otras figuras con carácter de veneración. En el seno de esta rama del budismo, en el siglo II, en la región de Gandhara (norte de la India – Pakistán) percibieron la necesidad de representar tanto a Buda como al resto del panteón búdico con forma humana.[2] Fue aquí cuando se establecieron las iconografías básicas que se difundirán por todas las regiones del budismo: aunque algunos aspectos formales varíen en función de las culturas en las que se realizaban las imágenes, el concepto básico se mantiene más allá del ámbito geográfico.

La iconografía del ‘Buda asceta’, que recoge el primer episodio de la vida religiosa de Buda, resulta fácilmente reconocible. Es la representación de una figura esquelética. Sin embargo, y al igual que el resto de los episodios de Sakyamuni y que los otros Budas, esta iconografía puede recibir otros lakshanas o rasgos característicos. A su vez, el ‘Buda asceta’ puede mostrarse en diferentes posturas, sobre distintos tronos, llevando unos atributos u otros, y representando diferentes mudras. Estos aspectos los estudiaremos en futuras ocasiones.

Ejemplos que muestran la variedad de formas que puede adoptar la iconografía del 'Buda asceta'.

Ejemplos que muestran la variedad de formas que puede adoptar la iconografía del ‘Buda asceta’.

 Las representaciones del Buda asceta, generalmente, se realizan en bronce, ya que otorga mayor estabilidad a la pieza; que, por su extrema delgadez, puede resultar muy frágil. No obstante, se conservan esculturas pétreas con esta representación, aunque fragmentadas, como puede apreciarse en la imagen. Esta iconografía también tiene presencia en relieves, aunque bastante menor.

Ejemplos de la iconografía del 'Buda asceta' en piedra. A la derecha, cabeza de esquisto del Museo Británico.

Ejemplos de la iconografía del ‘Buda asceta’ en piedra. A la derecha, cabeza de esquisto del Museo Británico.

Notas:

[1] Llevaba consigo un ritual, recitación de mantras, procesiones, oraciones… Se colocaban en su interior reliquias o reproducciones de órganos. Era destacable el momento de apertura de los ojos, cuando se pintaban los ojos de la imagen (se temía este momento, normalmente se pintaban a través de un espejo, sin establecer contacto directo).

[2] En este lugar había una gran presencia del mundo grecorromano. A él habían llegado tanto las conquistas de Alejandro Magno como, a través de la Ruta de la Seda, ejemplos de escultura romana. Estos dos contactos favorecieron el hecho de que en esta región se apreciara la utilidad de la representación antropomorfa para favorecer la conexión con el fiel religioso.

avatar Carolina Plou Anadón (272 Posts)

Historiadora del Arte, japonóloga, prepara una tesis doctoral sobre fotografía japonesa. Autora del libro “Bajo los cerezos en flor. 50 películas para conocer Japón”.


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