Revista Ecos de Asia

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This article was written on 16 Nov 2020, and is filled under Crítica, Historia y Pensamiento.

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Reseña – Exposición “Treasures from the Imperial Palace”

Cartel de la exposición.

Gracias a la estancia de investigación que estoy realizando en Kioto pude visitar la exposición Kôshitsu no Meihô, traducida oficialmente al inglés como Treasures from the Imperial Palace, organizada por el Museo Nacional de Kioto para celebrar la entronización del Emperador Naruhito en mayo de 2019 y el comienzo de la era Reiwa. La mayor parte de las más de cien piezas expuestas pertenecen al Sannomaru Shôzôkan, el Museo de las Colecciones Imperiales, establecido en 1993 en el recinto del propio Palacio, para albergar las obras de arte reunidas por la Familia Imperial a lo largo de generaciones y que fueron cedidas en 1989 para disfrute del público general. Esta es la primera vez, sin embargo, en la que gran parte de esta colección sale de Tokio con el objetivo de poder vislumbrar la vida de la Corte, desarrollada hasta hace tres siglos en la ciudad de Kioto. Hay que aclarar que no se permitía hacer ninguna fotografía dentro de la muestra, por lo que las imágenes que ilustran el presente artículo pertenecen a periódicos y archivos museísticos.

Antes de empezar a hablar de la exposición, sin embargo, creo conveniente hacer unos breves comentarios sobre su organización, un asunto especialmente relevante en esta época pandémica. Si bien el país nipón está sufriendo con menor intensidad los estragos del Covid-19, al menos por el momento, esto no implica que no se estén tomando medidas para evitar su expansión. En este caso había un número limitado de entradas (de compra obligatoria anticipada online) para distintos intervalos horarios, que indicaban la hora a la que podías acceder a la exposición. Antes de pasar al recinto te tomaban la temperatura y, al pasar ya al museo, había que esperar un tiempo en una cola (separados por los preceptivos metro y medio de seguridad) hasta que llegara la hora de comenzar la visita. Llegada la hora indicada en tu entrada podías acceder a la exposición, en la que se recomendaba encarecidamente no detenerse demasiado en la visualización de una sola obra para permitir la circulación, lenta pero continua, de la gente. Por un lado, este sistema obligaba a tener que optimizar la visita, pasando por encima las obras de menor interés para el espectador para priorizar las preferidas, pero la poca gente que estaba reunida a la vez en la sala de exposiciones te permitía verlas en primera fila sin necesidad de esperar a que se despejaran las vitrinas. Las cartelas, por su parte, estaban escritas en japonés, chino, coreano e inglés, si bien en ocasiones las traducciones inglesas eran una versión ligeramente reducida del texto original nipón.

Vistas generales del Museo Nacional de Kioto, con la galería donde se celebraba la exposición (derecha) [fotos de la autora]

La exposición constaba de dos secciones, cada una subdividida a su vez en varias partes. La primera, Kôshitsu ni Tsudô Shoga – Sannomaru Shôzôkan no Meihô (“Las pinturas y caligrafías reunidas por la Casa Imperial – Los preciados tesoros del Sannomaru Shôzôkan” [traducción de la autora]) constaba de un gran número de piezas reunidas por los emperadores, algunas incluso hechas por ellos. La primera parte, Hisseki no Motsu Chikara (“El poder de la escritura” [t.a.]) reunía un conjunto de caligrafías, la mayor parte de los periodos Heian (794-1185) y Kamakura (1185-1333), realizadas tanto por maestros chinos, el poeta He Zhizhang, como japoneses, incluyendo una pieza del renombrado calígrafo Kûkai y varias pertenecientes a la influyente y culta familia noble Fujiwara, especialmente de Fujiwara Sadaie. La segunda parte, E to Tsumugu Monogatari (“Pinturas y cuentos tejidos” [t.a.]), una de las partes más vistosas de la exposición, comprendía una serie de emaki. Las temáticas estaban asociadas a cuentos y leyendas tradicionales, siendo de especial interés Eshi no Sôshi (s. XIV), que narra las desventuras de un pintor que cae en la ruina; Môko Shûrai Ekotoba (s. XIII) sobre la invasión mongola al archipiélago de 1274; Kasuga Gongen Genki-e (Takashina Takakane, s. XIV) sobre el establecimiento del santuario de Kasuga-taisha en la prefectura de Nara o el Oguri Hangan Emaki (Iwasa Matabee, s. XVII) centrado en el cortejo del héroe legendario Oguri a su futura esposa Terute, en el que resaltamos la espectacular representación de un dragón surgiendo de entre las olas para escuchar cómo el héroe toca la flauta. Todas las obras constaban de cartelas que explicaban la historia detrás de las imágenes, en las que hay que destacar su extraordinario estado de conservación, con unos colores vibrantes y una línea definida y clara, así como su detallismo: cada uno de los personajes está dotado de su propia personalidad y es vivamente expresivo; además, la naturaleza y los edificios están reproducidos con minuciosidad, incluidos los jardines y las pinturas de los fusuma así como los elementos decorativos (libros, lacas…). Viendo la modernidad y vitalidad de estos dibujos cobra fuerza en la mente del espectador la teoría de que sean precedentes lejanos del manga actual.

Imágenes de distintos emaki: Môko Shûrai Ekotoba (arriba), Kasuga Gongen Genki-e (abajo izquierda) y Oguri Hangan Emaki (abajo derecha).

La tercera parte, Tôe he no Akogare (“La admiración hacia la pintura china” [t.a.]), tal y como indica el nombre, está dedicada a algunos de los maestros del Continente que más influyeron a los artistas del archipiélago, sobre todo pinturas sumi-e y retratos de distintos sabios del pasado. La cuarta y última parte de esta sección Kinsei Ega Hyakka Ryôran (“Cien flores de la pintura moderna” [t.a.]), otro de los puntos fuertes de la exposición, reúne principalmente biombos y kakemono, algunos de gran tamaño. Respecto a los biombos, no podemos evitar destacar los atribuidos a los maestros de la casa Kanô, como el dedicado a las flores de las cuatro estaciones, Shiki Kusabana (s.XVI-XVII) de Kanô Eitoku o el paso entre colinas del río Tama representado en el biombo Ide Tama Kawa (s.XVII) de Kanô Tan’yû, que nos demuestran que el hiperdecorativismo no está reñido con la elegancia. Uno de los más llamativos era Ito-zakura (s. XVII) de Kanô Tsunenobu, un sudare byôbu o biombo que combina la pintura con el tejido, en este caso para simular que los cerezos pintados se ven a través de unas ventanas tejidas que continúan en tela el patrón de la pintura. Varios de los otros biombos eran obra de Maruyama Ôkyo, entre los que destacamos por su originalidad Gunjû (s. XVIII), un pintoresco biombo poblado por más de diez especies de animales, tales como ciervos, caballos, cabras, perros, gatos, ratones…pero también tigres y hasta un elefante (este último dibujado con poco éxito). En cuanto a los kakemono, uno de ellos pertenecía también a Maruyama, Botan Kujaku (1776), dos pavos reales rodeados de peonías que actúan también como uno de los símbolos de la exposición. Varias de las otras piezas eran obra del pintor del siglo XVIII Itô Jakuchû, que realizaba cuadros de gran dinamismo utilizando como principal motivo, una vez más, el mundo animal, en ocasiones cotidiano (gallos, patos mandarines…) pero también mitológico, como el fénix que sirve de portada de la exposición.

El biombo Ito-zakura en la propia exposición (izquierda) y el kakemono Setchû En’ô-zu de Jakuchû (derecha).

Pasando a la segunda sección, Gôsho wo Meguru Iro to Katachi (“Las formas y colores que habitan el Palacio Imperial” [t.a.]), reunía obras y objetos personales que ilustraban la lujosa vida de la corte provenientes del Sannomaru Shôzôkan pero también del Museo Nacional de Tokio y de varios templos, como el Daikaku-ji, el Entsû-ji o el Chôfuku-ji. Sokui no Fûkei (“Escenas de la entronización” [t.a.]) recogía pinturas que mostraban la evolución de la entronización de los emperadores del pasado, incluido un biombo realizado en 2019 con motivo del ascenso del actual emperador; las imágenes eran complementadas por objetos relacionados con esta feliz ocasión, incluida una corona imperial de bronce del periodo Edo, así como los ropajes ceremoniales del emperador y de la emperatriz, ambos de gran sobriedad tanto en diseño como en color. Kan ni Manabi Wa wo Umidasu (“Aprendiendo de China para dar lugar a lo japonés” [t.a.]) retoma el tema de la caligrafía, la mayor parte de ellas datadas en los siglos XI y XII, que recogen distintas versiones de grandes colecciones poéticas como el Man’yôshû. Tennô no Sugata to Fûga (“La figura del Emperador y el refinamiento” [t.a.]) incluía distintas expresiones artísticas realizadas por los propios emperadores, especialmente caligrafía. En este ámbito, me impresionó especialmente la gran caligrafía de los kanji de “dragón” y “tigre” realizada por el Emperador Goyô Seiden durante el periodo Momoyama (1574-1615), con una formidable fuerza expresiva que representaba a la perfección el tema del Cielo y de la Tierra que simbolizan estos dos animales, simulando que el primer carácter va a levantar el vuelo mientras que el segundo está firmemente asentado en el suelo. La música es otra de las artes que solían practicar los emperadores, en concreto el biwa, estando expuesto uno de ellos, el denominado Hakuhô o “fénix blanco”.

La caligrafía mencionada de Goyô Seiden (izquierda), parte del atuendo de la emperatriz durante el periodo Muromachi (1333-1574) (derecha arriba) y el biwa Hakuhô (derecha abajo).

La última sección es Ôchô Monogatari no Butai (“El escenario del Ôchô Monogatari” [t.a.]), referenciando esta saga de novelas escritas desde finales del periodo Heian hasta principios del Muromachi (1333-1573) ambientadas en la época en la que gobernaban los emperadores. Además de varias representaciones del Genji Monogatari del periodo Momoyama, incluido un gajô (similar a un emaki en su combinación de texto y dibujos, pero en formato más similar a un álbum que a un rollo) en el que los motivos decorativos abstractos y la refinada aplicación de polvos de oro en la parte escrita la hacían sobresalir incluso por encima de la parte de la pintura. También de gran belleza era un conjunto de mobiliario perteneciente al Higyô-sha, el ala del Palacio Imperial en el que residían las mujeres. Algunas de las piezas eran dos almohadas de madera perfumada, un apoyabrazos, un espejo, con su funda y soporte, así como unas mesitas bajas, todo ello en laca negra decorada con nashiji y motivos auspiciosos de grullas sujetando ramas de pino. En una vitrina aparte podían verse dos conjuntos completos de cajas de incienso, esta vez decoradas en maki-e.

Algunos de los objetos pertenecientes al Higyô-sha: el set de espejo (izquierda arriba), el mueble decorado en nashiji con las almohadas y unas cajas (izquierda abajo) y el set completo de una de las cajas de incienso (derecha) [esta última foto no pertenece a la presente exposición].

Tal y como se ha visto a lo largo de este artículo, Treasures of the Imperial Palace se trata de una exposición magnífica que refleja el esplendor de la Corte Imperial, así como un digno tributo a su papel como custodios de grandes joyas del arte nipón. Si tuviéramos que señalar algún fallo, sería no poder dedicarle todo el tiempo deseado a apreciar estas maravillas, aunque bien es cierto que para muchas de ellas este tiempo sería indefinido.

avatar Claudia Bonillo (55 Posts)

Graduada en Ingeniería Informática con mención en Computación (2016, Unizar), Diploma de Especialización en Estudios Japoneses (2017, Unizar) y Máster de Estudios Avanzados en Historia del Arte (2018, Unizar), actualmente es doctoranda del área de Asia Oriental en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza especializada en la transmisión de la historia medieval japonesa, periodo Sengoku (1467/1477-1603), a través de la cultura popular nipona (videojuegos, manga y anime). En el año 2020 ganó la Beca del Gobierno Japonés (MEXT/ Monbukagakushô) para Graduados Españoles para poder hacer una estancia de investigación en la Universidad de Kioto.


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