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Un viaje a través de La vuelta al mundo en ochenta días I. La novela. – Revista Ecos de AsiaRevista Ecos de Asia
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Un viaje a través de La vuelta al mundo en ochenta días I. La novela.

He aquí el cálculo establecido por el Morning Chronicle.

Ilustración original de Alphonse de Neuville y/o Léon Benett para este episodio.

Ilustración original de Alphonse de Neuville y/o Léon Benett para este episodio.

De Londres a Suez por el Monte Cenis y Brindisi, ferrocarril y vapores…..7 días

De Suez a Bombay, vapores…..13 días

De Bombay a Calcuta, ferrocarril…..3 días

De Calcuta a Hong-Kong (China), vapores…..13 días

De Hong-Kong a Yokohama (Japón), vapor…..6 días

De Yokohama a San Francisco, vapor…..22 días

De San Francisco a Nueva York, ferrocarril…..7 días

De Nueva York a Londres, vapor y ferrocarril…..9 días

TOTAL…..80 días

—¡Sí, ochenta días! —exclamó Andrew Stuart, quien por inadvertencia cortó una carta mayor—. Pero eso sin tener en cuenta el mal tiempo, los vientos contrarios, los naufragios, los descarrilamientos, etc.

—Contando con todo —respondió Phileas Fogg siguiendo su juego, porque ya no respetaba la discusión el whist.[1]

Este fue el detonante de uno de los viajes más famosos, célebres y queridos de la literatura universal. Con estas palabras, pronunciadas en el salón de juego del Reform Club, Phileas Fogg comenzaba oficialmente un viaje que ha hecho soñar a generaciones de jóvenes (y no tan jóvenes) desde 1872.

Portada original de la novela.

Portada original de la novela.

Y es que, si pensamos en las novelas de viajes, forzosamente tenemos que aludir a Julio Verne, uno de los máximos exponentes del género de aventuras, al que habitualmente incorpora el viaje como hilo conductor y cohesionador de las historias que propone, casi mágicas para la época por sus imaginativos avances que, desde una perspectiva histórica, han convertido a Verne en un visionario, una figura casi mítica de la literatura que era capaz de adelantarse al vertiginoso curso de la ciencia durante los siglos XIX, XX y XXI.[2]

Con La vuelta al mundo en ochenta días, Verne establecía uno de los lugares comunes más habituales de la sociedad moderna: el empequeñecimiento del mundo gracias a los avances en los transportes y comunicaciones, que permiten recorrer amplias distancias en tiempos cada vez más breves y conocer noticias de lugares lejanos con cada vez mayor inmediatez. No obstante, ha pasado casi un siglo y medio desde que se publicase por primera vez, y sin embargo su fantasía sigue conquistando a lectores jóvenes y adultos a lo largo y ancho del planeta, ha tenido una repercusión notable en el audiovisual y sigue calando y formando parte del constructo sociocultural occidental, a pesar del notable desfase en el que quedó la historia con los avances logrados durante el siglo XX.

Una obra de tanta trascendencia y que se ha mantenido viva durante un periodo de tiempo tan largo, lógicamente ha participado activamente en la fijación y mantenimiento de perspectivas y percepciones referentes a las culturas distintas que aparecen en la obra. Incluso en la actualidad, al ser una novela especialmente recomendada para lectores jóvenes, siguen persistiendo (en menor medida y salvando las distancias) algunos conceptos y nociones decimonónicas que se desprenden del texto y se pueden percibir como algo vigente, pese a su lejanía temporal.

En este sentido, La vuelta al mundo en ochenta días no solamente tiene, desde una perspectiva contemporánea, el valor de transmitir información sobre las culturas orientales en el siglo XIX, sino que, al ser una novela fruto de su tiempo, imbuye al lector en la cosmovisión decimonónica, destacando los elementos que resultaban llamativos a mediados del XIX y reproduciendo y reinventando los tópicos vigentes, bañados en una pátina de paternalismo y condescendencia con la que las naciones occidentales (especialmente, Gran Bretaña –e Inglaterra dentro de ella–, la principal protagonista de la obra de Verne) trataban y consideraban al resto del mundo. Sin embargo, no debemos olvidar que Verne era un francés realizando un retrato de la sociedad victoriana, de modo que la propia Inglaterra aparece también desdibujada a través de sus principales estereotipos.

Ilustración original de Alphonse de Neuville y/o Léon Benett que muestra el recorrido de Phileas Fogg.

Ilustración original de Alphonse de Neuville y/o Léon Benett que muestra el recorrido de Phileas Fogg.

Y si bien la reafirmación de tópicos existentes y la construcción de nuevos constituyen la tónica general a la hora de construir la ambientación de La vuelta al mundo en ochenta días, esta tendencia queda en evidencia y especialmente subrayada en los pasajes que transcurren en territorios asiáticos. Esto es debido a que el siglo XIX se caracterizó por el fenómeno del colonialismo, y si bien en África el doctor Livingstone estaba descubriendo las cataratas Victoria y sus hazañas estaban en boca de medio mundo, era en Asia donde se producía una relación intercultural más destacada. Mientras África, desde la perspectiva occidental, era un continente primitivo (y, por ende, mucho menos interesante, ya que los descubrimientos se centraban en  espacios y recursos naturales, no tanto en culturas sobre las cuales tener cierta consideración), Asia había desarrollado una evolución más perceptible, y aunque seguían estando en posición inferior respecto a los países occidentales, existía un mayor respeto hacia ellas y una consideración de culturas más avanzadas y refinadas.

Todo ello condiciona la visión de Verne sobre las distintas culturas que trata en La vuelta al mundo en ochenta días. Phileas Fogg y Passepartout visitan territorios de las tres principales naciones asiáticas: la India (que, recordemos, se encontraba bajo protectorado británico), China y Japón. De todas ellas existía ya un conocimiento incipiente en Occidente, estimulado por diversos motivos pero del todo real. Y esto es, básicamente, lo que se transmite en la novela.

Ilustración original de Alphonse de Neuville y/o Léon Benett para el pasaje que trata el satí.

Ilustración original de Alphonse de Neuville y/o Léon Benett para el pasaje que trata el satí.

Respecto a la India, es el lugar con mayor protagonismo de las escalas asiáticas, y una de las etapas del viaje con más peso en la narración. Al formar parte del Imperio Británico, era más sencillo profundizar en la cultura india porque el público original también poseía una base de conocimiento sobre India mayor que sobre otras culturas que le fueran más ajenas. Esto facilitaba el poder desarrollar la acción mediante sucesos complejos, ya que no era un territorio desconocido sino que resultaba muy familiar al grueso de los lectores.

Así, Verne se centra en describir costumbres como el satí, la inmolación de las viudas en la pira funeraria de sus difuntos esposos, un acontecimiento que resulta absolutamente fundamental para la novela y que supone una de las varias tradiciones macabras que se asocian con la cultura india como la parte más oscura de una cultura compleja y fascinante.[3] Aunque con menor importancia argumental, la visita de Passepartout a Bombay y su incursión en un templo resulta también, además de narrativamente necesaria, más fácil de incluir aquí que en otro lugar, puesto que existe una sensación de mayor cercanía con India, al ser territorio británico, que con otros lugares del recorrido.

Las siguientes etapas del viaje tienen lugar en torno a las costas de China: Singapur y Hong-Kong, y no es casualidad que ambos enclaves se encontrasen también bajo dominio inglés. De no ser así, la persecución del detective Fix a Phileas Fogg a través de Asia y la urgencia de apresarlo antes de que llegase a Japón y saliese de la influencia británica hubieran carecido de sentido. En estos episodios, la China que se muestra no es una China tradicional (que Verne demuestra conocer bien, como demuestra su novela Tribulaciones de un chino en China), sino que se centra en dos grandes zonas urbanas bajo la influencia de una potencia extranjera, que condiciona enormemente su desarrollo como ciudades y el tráfico de sus gentes.

La última escala en Asia es el puerto de Yokohama, en Japón, un enclave estratégico de una importancia absoluta a la hora de realizar travesías transpacíficas. Fue precisamente la relevancia de Japón a este respecto la que motivó las distintas expediciones que forzaron la apertura de fronteras del país tras el sakoku o aislamiento que había experimentado durante la práctica totalidad del periodo Edo (1603-1868). A partir de la década de 1853, con la expedición estadounidense liderada por el comodoro M. Perry, fueron muchas las naciones que establecieron tratados comerciales y relaciones diplomáticas con Japón, al tiempo que culturalmente el País del Sol Naciente adquiría una notable presencia e influencia en el arte y en la vida cotidiana occidentales, desarrollándose el fenómeno del japonismo. Hay que subrayar que la capital cultural de Occidente se encontraba en París, donde con mayor fuerza surgió la corriente japonista. Con toda esta base, la imagen que se ofrece de Japón en la novela es una visión centrada en el aspecto más tradicional de la cultura nipona, compartiendo la misma percepción que se desarrollaba en el japonismo (debido también a que la fecha en la que se escribió La vuelta al mundo en ochenta días es una fecha temprana respecto al descubrimiento de Japón en Occidente y viceversa, con lo cual todavía no ha habido lugar tampoco para el desarrollo del proceso modernizador nipón).

Ilustración original de Alphonse de Neuville y/o Léon Benett recogiendo el momento culminante del final de la novela.

Ilustración original de Alphonse de Neuville y/o Léon Benett recogiendo el momento culminante del final de la novela.

Más allá de la mirada sobre lo asiático, La vuelta al mundo en ochenta días es, ante todo, uno de los grandes clásicos por excelencia de la literatura universal, y como tal, su trascendencia cultural es notable, y su presencia abundante en diversos ámbitos. Ya en vida de Verne, una adaptación teatral de esta novela le trajo más de un quebradero de cabeza.[4] Sin embargo, fue a través del cine, y posteriormente, de la televisión, cuando las obras de Verne en general y ésta en particular se convirtieron en “material de adaptación”, creándose múltiples versiones de lo más variado. El espíritu eminentemente juvenil que adquirió la obra de Verne durante el siglo XX condicionó, de manera muy importante,estas adaptaciones audiovisuales: una notable proporción se movía en la técnica de la animación (lastrada habitualmente por una vinculación exclusiva con el público infantil). Pero todo esto tendrá que quedar para próximos artículos.

Notas:

[1] Una de las múltiples traducciones del pasaje en el que se establece la apuesta. Puede consultase aquí la versión original.

[2] Esto ha suscitado numerosas leyendas en torno al escritor, atribuyendo a sus novelas algunos de los más destacados inventos y avances que se han logrado en décadas posteriores, ahondando en su carácter anticipador, no obstante, en muchas ocasiones, estas atribuciones han resultado inexactas o mal documentadas a nivel literario (llegando a aludir a aparatos que en realidad Verne nunca incluyó en sus novelas).

[3] En realidad, aunque hablamos de cultura india, estos rasgos pertenecen a una parte de la misma, vinculada con el hinduismo, y que en el imaginario colectivo occidental ha adquirido una cierta relevancia por las posibilidades narrativas y exóticas que ofrece.  Aunque se considera hinduismo como una religión unitaria, en realidad se trata de un concepto general que engloba una serie de religiones, cultos y creencias diferentes, que conviven y constituyen una tradición cultural heterogénea. Dentro de esta tradición, se constituye un complejo sistema de relaciones entre divinidades que da lugar a varios dioses principales, venerados cada uno por una corriente diferente: Visnú y el visnuismo, Krisná y el krisnaísmo, Shiva y el shivaismo o Kali y el shaktismo. Esta última diosa, Kali, es considerada en distintas tradiciones como la esposa o energía femenina de Shiva, aunque en general dentro del conjunto del hinduismo Kali es venerada como Madre universal. Sin embargo, su papel como Madre no es más que una de las facetas de la dualidad que presenta esta divinidad, que se erige también como sanguinaria diosa de la guerra, de la destrucción y de la muerte. En este aspecto, bajo su manto sagrado han proliferado ritos de todo tipo, desde el satí hasta la secta de estranguladores que también cautivó la imaginación aventurera de Occidente. En general, esta perspectiva para aproximarse a la cultura india no es exclusiva del siglo XIX, sino que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX y, prácticamente, sigue vigente, aunque con una cierta debilidad: tanto la presencia de estranguladores y adoradores de Kali en películas como Help! de los Beatles o Indiana Jones y el Templo Maldito, por citar las más destacadas, como la inspiración (según se dice) para algunos de los más destacados iconos de la cultura pop: el logotipo de la banda Rolling Stones, que muestra una boca abierta sacando descaradamente la lengua, iconografía procedente de las representaciones de Kali y adaptada a las tendencias de diseño gráfico de la década de los setenta.

[4] “Édoaurd Cadol pretendía ser el coautor de la novela La vuelta al mundo en ochenta días después de haber tenido una breve e infructífera colaboración con Verne para escribir una obra de teatro, antes de la publicación de la novela. Finalmente, no hubo juicio, pero Cadol obtuvo tantos derechos sobre la pieza como el propio Verne.” Disponible aquí.

avatar Carolina Plou Anadón (272 Posts)

Historiadora del Arte, japonóloga, prepara una tesis doctoral sobre fotografía japonesa. Autora del libro “Bajo los cerezos en flor. 50 películas para conocer Japón”.


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