Revista Ecos de Asia

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This article was written on 09 Nov 2015, and is filled under Historia y Pensamiento.

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La ceremonia del té japonesa

La ceremonia del té japonesa o chanoyu (literalmente “agua caliente para el té) es un ritual desarrollado a partir del siglo XV, que consiste en la preparación de té verde, su presentación y posterior degustación por parte de los invitados, siguiendo unas estrictas normas protocolarias. Antes de proceder a la explicación de los principios y pasos fundamentales en los que se basa este ceremonial -además de tratar otras cuestiones relacionadas-, es necesario comprender que la ceremonia del té no es una manifestación cultural aislada, sino que ha condicionado otras expresiones artísticas tales como la arquitectura, la jardinería, la cerámica o la pintura, que a su vez son partícipes de dicho ritual.

Influenciada por el taoísmo y la escuela budista zen, esta ceremonia nipona tiene como propósito lograr la purificación interior del individuo a través de la apreciación de lo sublime de la naturaleza, por tanto debe considerarse como un proceso íntimo más que social; y para alcanzar esa pureza espiritual es fundamental el lugar de celebración escogido, así como el entorno que le rodea.

Iho-an, casa del té en el templo Kodaiji (Tokio).

Iho-an, casa del té en el templo Kodaiji (Tokio).

La ceremonia puede realizarse en el propio hogar, no obstante, originalmente se realizaba en una casa de té (sukiya o chashitsu), una pequeña cabaña de madera dividida en 3 habitaciones: un vestíbulo en el que aguardan los invitados, una antecámara donde se almacenan y preparan los instrumentos necesarios, y finalmente el propio salón del té. Esta rústica construcción se inserta en un jardín japonés en el que las rocas, el agua, la luz y la vegetación contribuyen a lograr esa abstracción espiritual tan codiciada.

Los invitados -habitualmente cinco- acceden a la casa de té a través de un sinuoso sendero (roji) compuesto de grandes piedras planas y generalmente humedecidas que les lleva a evadirse del mundo exterior, por tanto podría decirse que ésta es la primera fase de la meditación. En la sala de espera se les dispensa una taza de agua caliente, que será empleada de nuevo en la ceremonia, y tras esta primera toma de contacto regresan al jardín, donde el anfitrión le avisa mediante un gong del comienzo de la ceremonia. Los invitados lavan sus manos y boca en una fuente con el fin de purgarse, y luego atraviesan una pequeña puerta de entrada (nijiri-agari) encorvados -como muestra de humildad y considerando el pequeño tamaño de la casa- accediendo así al salón de té.

Salón del té.

Salón del té.

Como es costumbre en Japón, los huéspedes se descalzan y se ponen tabi,[1] abren su abanico plegable y contemplan el kakemono[2] que se halla en un muro del tokonoma.[3] Tras admirar la pintura, se inclinan ante el hornillo y proceden a coger asiento en el tatami que se encuentra frente al dueño de la casa, siendo el invitado principal el que se situará más próximo al maestro. Seguidamente se realizan las correspondientes reverencias, y el anfitrión sirve el kaikesi o comida ligera que finaliza con unos dulces –wagashi- a modo de postre. La incorporación de este tentempié en la ceremonia responde a unas necesidades más espirituales que físicas, pues siguiendo la doctrina budista zen la preparación del alimento –como cualquier otro trabajo físico- contribuye al ejercicio espiritual.

Tras el kaikesi, los comensales se retiran a un jardín interior para descansar; una pausa intermedia que se conoce como Naka-Dachi. Varios tañidos de gong advierten el comienzo de la siguiente etapa, el goza-iri, lo que implica una nueva purificación y la veneración del arreglo floral (ikebana) que ha sido colocado en el tokonoma.

Principales utensilios empleados en la ceremonia del té.

Principales utensilios empleados en la ceremonia del té.

De nuevo en el salón del té, el anfitrión muestra los instrumentos que serán utilizados para preparar y servir el brebaje: el brasero, la tetera (chawan), el agitador de bambú (chasen), el cuenco para el agua sobrante, una cuchara y la vasija para el té (de color claro para el verano y de un tono más oscuro para el invierno). Tras limpiar estos objetos con un pañuelo (fukusa), se hierve el agua y se sirve en cada cuenco (chaki) junto con varias cucharadas de té matcha o koicha (té espeso). El maestro remueve la mezcla con el agitador hasta adquirir la consistencia deseada, y de este modo el té está listo para ser servido.

El invitado ase la taza con la mano derecha mientras que coloca la palma izquierda bajo la misma, da pequeños sorbos y limpia el borde del recipiente con unas servilletas del papel (kaishi). Se la pasa al siguiente invitado quien realiza la misma operación hasta que han bebido todos, ofreciendo la taza de nuevo al maestro de ceremonia.

Té ligero (Usucha) y té espeso (Koicha).

Té ligero (Usucha) y té espeso (Koicha).

Finalmente, tiene lugar la última fase de la reunión, en la que se sirve el té ligero o usucha. Es un té más espumoso que el koicha y a diferencia de éste, se añaden menos cucharadas de matcha al agua y cada convidado debe consumir el contenido íntegro de la taza. Una vez ha pasado por todas las manos, el anfitrión guarda los utensilios y despide a sus huéspedes, con lo que concluye el ritual.

Esta detallada descripción corresponde a una ceremonia del té completa (Cha-ji), que puede alargarse hasta cuatro horas, mientras que una reunión sencilla se reduce a la toma del último té y se extiende aproximadamente una hora.

En cuanto al protocolo, existen unas normas precisas –pero no demasiado complejas- denominadas temae o tatemae. A lo largo del rito, los delicados movimientos de las manos y del cuerpo, tanto del anfitrión como de los invitados, están perfectamente definidos (llegando a sumar aproximadamente 300 posiciones en una ceremonia formal).  Por otro lado, ésta debe realizarse en completo silencio, que únicamente es alterado por el ruido del agua hirviendo en la tetera o el golpeo de la cucharilla al echar el té en el cuenco; que definen los llamados “sonidos del té”. El vestuario y la decoración también siguen unas pautas, por ejemplo, la pintura de los muros del salón y los quimonos deben presentar tonalidades suaves, que no desentonen con la armonía que reina en el lugar.

Como ya he hemos visto, los actos de cortesía son de obligado cumplimiento a lo largo del ritual, e incluso tras la toma del brebaje los invitados suelen elogiar al anfitrión, alabando el decorado de la sala, el ambiente o la belleza de la cerámica utilizada, pero sin excederse puesto que esas palabras pueden considerarse intempestivas. Los temas políticos o religiosos se prohíben ya que pueden alterar el pensamiento de alguno de los huéspedes y distraerles del propósito común: apreciar la belleza y simplicidad de la naturaleza.

Actualmente no es frecuente la celebración de esta ceremonia en una “casa de té”,  ya que estar en posesión de una requiere disfrutar de un nivel económico alto. Igualmente también es necesario tiempo de ocio para dedicárselo tanto a la preparación correcta del té como a los invitados, algo complicado de encontrar en el agitado ritmo de vida nipón.

Historia del té

La planta de té verde se empleó por primera en China hacia el 250 a.C. Cultivada en el sur del país y ligada en un principio a las clases más poderosas, pronto se expandió a otros territorios próximos. El té aparece bajo diferentes denominaciones en escritos redactados por algunos autores clásicos del país, quienes le otorgaban “virtudes de aliviar la fatiga, deleitar el alma, fortificar la voluntad, y reanimar la vista”.[4] Estos beneficios motivaron su uso como panacea, lo que desencadenó que su consumo se popularizase entre la élite militar.

En el siglo VIII, el té llegó a Japón de la mano de los monjes budistas Dengyo Daishi y Kobo Daishi, conocidos respectivamente como Saicho y Daishi, quienes fundaron las escuelas esotéricas Tendai y Shingon. Su cultivo se difundió a partir del siglo XIII en algunas regiones del país nipón, gracias al impulso de los shogunes Minamoto no Sanetomo y Ashikaga Takauji.

En tiempos de la dinastía Tang (618 -907), el monje budista Lu Yu volcó sus conocimiento sobre el té en el manual Cha Jing o Clásico del té, considerado un libro sagrado desde entonces. Es a mediados del siglo XV cuando en Japón el monje Murata Juk­ô (1422 – 1502) fija las nociones básicas del chanoyu, y un siglo más tarde otro religioso, Sen no Rikyû (1522- 1591), desarrolla esas pautas hasta dejar establecida la ceremonia (defendiendo un nuevo estilo más austero conocido como wabicha). Sus descendientes fundarán las tres escuelas más importantes de este arte: Urasenke, Omotesenke y Mushanokôjisenke.

En Europa, la llegada del té es posterior. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales introdujo el té verde en el siglo XVII, coincidiendo con el fin de la dinastía Ming (1368 – 1644), penúltima dinastía china.

Escuelas y preparación del té

En lo concerniente al consumo de té, y al igual que otras disciplinas como la Historia, la Filosofía o el Arte, se pueden distinguir diferentes escuelas y periodos. Coincidiendo con las dinastías celestes Tang, Song y Ming, surgen tres modos de prepararlo: la pasta de té hervida, el polvo de té batido y la hoja de té en infusión. Esta clasificación aún va más allá según el historiador y filósofo Okakuro Kakuza (1862 – 1913), ya que estos métodos pueden asimilarse a tres escuelas respectivamente: la escuela clásica, romántica y naturalista del té.

Hoy en día estamos acostumbrados a consumir té en forma de infusión, pero este uso es relativamente reciente. Sabemos que en China, en siglo V, las hojas de dicha planta se molían hasta convertirse en una pasta que se hervía junto con arroz, monda de naranja, jengibre, leche y especias, obteniendo un singular brebaje. Habría que esperar el ascenso al poder de la dinastía Song (960 – 1279) para que la preparación del té evolucionase y se adoptase en la ceremonia japonesa. En esos momentos  se comienza a utilizar el té como un polvillo, resultado de secar y majar las hojas de la planta convirtiéndolas en un polvo muy fino que mezclado con agua caliente (valiéndose del agitador de bambú) da como resultado un líquido espumoso de un fuerte color verde que recibirá el nombre de “té matcha”.

Mientras la tradición del té verde molido en China fue cayendo en el olvido, en Japón ésta costumbre se estableció gracias a la buena adecuación de la misma con las prácticas de los monjes budistas; y a partir del siglo XIV, se empleará en la ceremonia del té nipona.

“Camino del té”

Atendiendo a lo ya expuesto, la ceremonia del té gozó en Japón de un gran éxito y su importancia en la vida cotidiana fue creciendo con el tiempo. Esto propició que se convirtiese en un “camino de vida”, es decir, en una disciplina que merece ser estudiada al igual que ya lo eran el Ikebana (“camino de las flores”) o el shodô (“camino de la escritura”), entre muchas otras.

Grupo de geishas realizan la ceremonia del té.

Grupo de geishas realizan la ceremonia del té.

En los siglos XVIII y XIX, el estudio de esta disciplina formaba parte del entrenamiento de las geishas. Actualmente, son muchos los japoneses que se instruyen por voluntad propia en el “camino del té” (sado o chado), asistiendo a una de las numerosas escuelas que existen repartidas por el territorio nipón. Los maestros les enseñan no sólo a actuar como anfitrión e invitado, sino todos los “caminos” y elementos que participan de este ritual, el cual es muy apreciado como saber espiritual. El estudio de esta doctrina, además de evidenciar una buena educación, es uno de los fundamentos de su cultura y de su propia vida.

El erudito Kakuzô Okakura (Yokohama, 1862 – 1913), mencionado anteriormente, realizó una gran labor de protección y difusión de la cultura tradicional japonesa. En El libro del té (1906), una de sus principales obras, además de describir y ensalzar este ceremonial planteó los prejuicios que existían –y aún existen- en el mundo occidental respecto a la cultura oriental, siendo el desconocimiento de la misma  el  principal problema. A modo de conclusión subrayo una de sus citas, puesto que en ella sintetiza el sentido y la trascendencia que la ceremonia del té tenía para los japoneses: “El té, entre nosotros, más que una idealización de la forma de beber, fue o devino una religión del arte de vivir”.[5]

Para saber más:

  • Kakuzo, Okakuza., El Libro del Té, La Ceremonia del Té Japonesa (Cha No Yu). Madrid, Miraguano, 1996.
  • Gutiérrez, Fernando G. “El arte del té en Japón”, Laboratorio de Arte, nº 10, 1997, pp. 195 – 210.
  • Documental Japanese Tea Ceremony. Disponible aquí.

Notas:

[1] Calcetines tradicionales japonenses, generalmente de color blanco caracterizados por la separación del dedo gordo del resto de dedos. Son utilizados tanto por hombres como por mujeres y suelen llevarse puestos con un quimono.

[2] Pintura paisajística o con decoración caligráfica, desplegada en un muro en posición vertical y en cuyos extremos se colocan dos rollos a modo de pergamino que sirven para templar la tela.

[3] Pequeña estancia elevada y sagrada típica en una habitación japonesa, habitualmente decorada con un kakemono e ikebana o arreglo floral.

[4] Kakuzo, Okakura,  El Libro del Té, La Ceremonia del Té Japonesa. (Cha No Yu), Madrid, Miraguano, 1996, p. 35.

[5] Kakuzô, Okakura., El Libro del Té, La Ceremonia del Té Japonesa (Cha No Yu). Madrid, Miraguano, 1996, p. 35.

avatar Yaiza García (1 Posts)

Graduada en Historia del Arte por la Universidad de Oviedo, con la especialidad en Patrimonio Histórico Artístico. Actualmente estoy cursando el Máster Universitario en Gestión del Patrimonio Arquitectónico y Artístico, Museos y Mercado de Arte de la Universidad de Santiago de Compostela.


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