Revista Ecos de Asia

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This article was written on 26 Sep 2016, and is filled under Cine y TV, Literatura.

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De la novela a la televisión: algunas claves sobre Shôgun

La teleserie Shogun (1980), dirigida por Jerry London, es considerada una de las series de televisión más importantes de la  Historia. Gracias a su éxito estableció un precedente para producir productos similares por todo el mundo. Despertó además un gran interés por parte del público americano en saber más sobre la cultura e historia de Japón. Ostensiblemente una adaptación de la novela homónima de James Clavell (Sídney, 10 de Octubre, 1924 – Vevey, 7 de septiembre de 1994), esta reseña pretende aclarar la relación intertextual entre la novela y la teleserie.

Como su título sugiere, es de entrada una teleserie del género histórico que narra las luchas entre los daimyos en el Japón feudal para llegar al control del shogunato. La elección de un personaje histórico (William Adams) que llega a las islas de Japón durante este periodo, más que un intento de recrear una historia real, sirve de base para recrear la experiencia de un extranjero que se enfrenta a un pueblo y sus costumbres por primera vez.

Toshiro Mifune como Toranaga y Richard Chamberlain como Blackthorne, protagonistas de la adaptación televisiva de Shôgun.

Toshiro Mifune como Toranaga y Richard Chamberlain como Blackthorne, protagonistas de la adaptación televisiva de Shôgun.

Para los espectadores de la teleserie que carecen de conocimientos sobre el Japón feudal del año 1600, algunos meses antes de la batalla crucial de Sekigahara, las explicaciones del narrador sobre el trasfondo histórico quedan algo difusas; en este sentido merece la pena apoyarse en el relato original de la novela. De hecho, la intriga política constituye una gran fascinación tanto en la novela como en la teleserie  narrándose la subida al shogunato del daimyo Toranaga (nombre ficticio para Tokugawa Ieyasu), a través de la visión de un marinero inglés, Blackthorne.

En muchos sentidos, pasamos por un proceso de aculturación al ver la teleserie. Si en un primer momento hay aspectos de la cultura del Japón feudal que pueden parecer repugnantes, como la brutalidad con que se mata por pequeñas faltas de respeto, luego se aprecia que estamos frente a una cultura mucho más civilizada que la europea, que todavía estaba quemando en la hoguera a herejes .

Quien la haya visto no podrá olvidar la trágica historia de amor entre una suerte de princesa japonesa, Mariko, y Blackthorne. La historia de la Mariko, en la teleserie es en muchos sentidos una versión japonizada de Madame Bovary de Flaubert como la Madame Butterfly de la ópera de Puccini. En su caso, Mariko está casada con el grotescamente feo y despiadado Buntaro, y Blackthorne aparece como su salvador y única esperanza para experimentar el amor en vida. Vive un idilio de amor con él sabiendo que todo acabará después de cruzar “el último puente” para llegar al castillo de Osaka.

Yoko Shimada como Mariko.

Yoko Shimada como Mariko.

La historia de amor entre Blackthorne y Mariko merece más comentario. En primer lugar es el pretexto perfecto para resaltar aún más las diferencias entre las dos culturas. Su relación empieza como la de maestra – alumno cuando ella tiene el encargo de enseñarle el japonés y de “civilizarle”. Es un término irónico porque la tripulación de Blackthorne y los portugueses, entre otros, no dejan de considerar a los japoneses como bárbaros. A los indígenas en cambio, les parecen feos los extranjeros y con buena voluntad les desean que en la próxima vida se reencarnen como japoneses. Sin embargo, parece que hubo ciertos problemas en el trasvase de la novela a la teleserie. Si atendemos a los monólogos interiores, sobre todo de Mariko, estos deconstruyen radicalmente la imagen de la dulce, sumisa atormentada heroína de la teleserie. En la novela es un personaje muy guerrero que lucha con espada contra un hombre y va al castillo de Osaka con la intención de morir cometiendo seppuku para ayudar a su señor feudal, Toranaga, en su causa. De hecho, casi todos los personajes femeninos esconden un lado mucho más hostil bajo sus gestos y miradas afables. En este sentido el único personaje que realmente se ajusta al modelo de Mariko en la novela es Kiku, una cortesana de primera clase que enamora tanto a Toranaga como a Omi, dos personajes centrales en la historia. Ella perece encarnar todo lo referente al periodo Edo, la vida de placer y amor del “mundo flotante”. De hecho, la historia de amor en la novela entre Omi y Kiku rivaliza la de Mariko y Blackthorne en belleza. Dicho eso, todo parece apuntar que la Mariko de la teleserie representa una fusión de atributos de la Mariko y la Kiku de la novela.

Volviendo al triangulo de amor Mariko-Buntaro-Blackthorne, mientras en la teleserie los personajes aparecen de una forma estereotípica, con Blackthorn en el papel del galán que rescata a la doncella del malvado Buntaro, un análisis de la novela resiste semejante síntesis. En muchos sentidos, Mariko representa el prototipo de mujer liberada de los años setenta que empieza a romper con su papel tradicional de ama de casa. En este caso es llamativo porque se le niega a su marido sus derechos conyugales, algo impensable en el Japón feudal. Al abandonarse a una aventura con Blackthorn, con el riesgo de ser asesinada si es descubierta, el idilio de amor se inscribe más bien en una tradición romántica.

Si consideramos que el Romanticismo como movimiento literario sólo entró en Japón durante la época Meiji, nos vemos obligados a poner en cuestión si realmente refleja alguna realidad en el Japón feudal de finales del siglo XVI. Aun con todo, la teleserie inspiró a toda una generación de norteamericanos, y la fascinación por el carácter de los japoneses tuvo un gran impacto en la cultura mundial, no sólo en la fílmica.

La intriga política parte de unos sucesos que sólo se revelan al final de la novela. En este sentido, hay un elemento de suspense que mantiene al lector en un estado de tensión casi desde el principio con la aparición del Toranaga. En un inicio éste sólo es un presidente de los Regentes y daimyo de gran importancia en el país. En un primer momento no queda claro si es su intención hacerse shôgun absoluto del país o respetar los últimos deseos del Taiko y esperar a que el Heredero cumpla la mayoría de edad para tomar el lugar de su padre en el trono (aunque en realidad éste es hijo de un campesino con gran parecido al Taiko, con quien su madre se acuesta porque su marido no consigue darle un hijo sano que sobreviva). El Taiko fue un campesino que había ascendido al rango de gobernador absoluto sobre el Japón, pero debido a sus orígenes humildes nunca pudo llegar a ser shôgun.

Toranaga fue su general más importante y amigo. Pero a diferencia del Taiko, Toranaga es Minowara, de la casta de los samurái, sin descendentes humildes conocidos en su linaje, lo cual le cualifica  para ser shôgun un día si lo desea. Es interesante cómo, en su lecho de muerte, el Taiko comenta con Toranaga el tema de la crisis de sucesión, aunque sus dos mujeres, Yodoko y la joven Ochiba, toman parte en la discusión. Este pide consejo a Toranaga, que propone establecer un grupo de regentes para reinar hasta que el heredero, Yaemon, llegue a la mayoría de edad. Toranaga hasta ofrece cometer seppuku antes de que muera el Taiko para facilitar las cosas (ya que es el daimyo más poderoso del reino y por lo tanto amenaza principal a la sucesión del heredero). Al final es la mujer más mayor del Taiko, Yodoko, quien se opone a este plan, considerando a Toranaga como un personaje de confianza. Finalmente, se decide nombrarle presidente de los Regentes, que gobernarán hasta que el heredero cumpla la mayoría de edad. La trampa es que realmente Toranaga no quiere ser ni un gobernador de paso, ni conformarse con ser presidente de los Regentes porque en secreto desea ser shôgun. Esto es algo que sólo sospechan los otros Regentes, que intentan convocarle para cometer seppuku, logrando escapar del castillo de Osaka gracias a la ayuda de Blackthorne y Mariko. Realmente Toranaga muestra una astucia descomunal en su cargo de presidente de los Regentes porque elige deliberadamente a miembros de la regencia que por motivos personales se odian mutuamente. Esto lo hace intencionadamente para que nunca puedan actuar juntos en una coalición en su contra y acaben traicionando a sus espadas otros miembros de la regencia.

Después de escapar del castillo de Osaka, los Regentes consiguen inducir al heredero a convocar a Toranaga a una celebración en su honor en el castillo de Osaka en una determinada fecha. Es una invitación que no puede rechazar porque el heredero es considerado una divinidad. No acudir a la convocatoria conduciría a la perdida de todas sus tierras y a una orden de cometer seppuku de la misma divinidad.  La habilidad de Toranaga como estratega militar se aprecia en una especie de actuación digna del teatro Kabuki en que aparenta ante todo su séquito estar resignado a la derrota y a la entrega a sus enemigos. Realmente sólo es un truco para ganar tiempo para forjar alianzas y preparar para la guerra y, sobre todo, a su regimiento de mosqueteros. Finge cambios de humor irracionales, estar decaído, pierde peso y se encierra en casa sin salir… Su actuación es tan magistral que convence a los espías de los Regentes y a todo su entorno. Cuando parece que todo el mundo ha perdido la confianza en él y reclama su reemplazo por su hijo, actúa con gran astucia para librarse de sus oponentes más importantes. Al final gana el tiempo suficiente para comenzar la guerra  que acabará en su nombramiento como shôgun.

La actuación de Mariko, que es enviada al castillo de Osaka en avance a la supuesta llegada de Toranaga es el punto más ingenioso de su plan. Es algo que planea con ella antes incluso del inicio del romance de ella con Blackthorne. Consiste en que Mariko, una vez llegada al castillo de Osaka, donde el Regente Ishido tiene cautivos a muchos mujeres y niños de familias importantes como rehenes, se enfrente con Ishido exigiendo, nada más llegar, que le deje salir otra vez con la excusa de que el día siguiente se ve obligada a irse de nuevo por orden directa de su señor, Toranaga. La idea es cometer seppuku en protesta a la inevitable negación que provocaría el suicidio en masa de todos los rehenes si no se les concede el derecho a irse. A la vez, los que consiguen irse y los suicidas y sus familias se convertirían en aliados inmediatos de Toranaga en contra de Ishido por indignación.

Ishido predeciblemente le deniega este derecho de entrada y se produce una confrontación que hace que Ishido aparezca como un personaje que no respeta el Bushido, el código de los samuráis. Mariko dice que su deber principal es hacia su señor feudal y como se le impide cumplir con su deber como samurái se ve obligada a cometer seppuku porque no puede vivir con “semejante vergüenza”. También alude a los orígenes humildes de Ishido como otro punto para desacreditar su imagen pública.

Al final, Ishido cede a su petición contando con que si la deja ir a ella, tendría que otorgar a todos los cautivos permiso de irse del castillo. Sin embargo, a escondidas intenta secuestrar a Mariko con la ayuda de unos ninjas y la traición de Yabu. Su plan fracasa terriblemente y Mariko consigue cometer seppuku situándose junto a una puerta que los ninjas van a volar por los aires. Cuenta como acto de seppuku, aunque no se hace de la forma oficial con una espada, porque explica a sus compañeros y a los que le esperan al otro lado de la puerta que esto lo hace en protesta a que Ishido no le permita cumplir con su deber a su señor feudal, sabiendo que va a resultar en su muerte. Como consecuencia de su acción, dos mujeres más cometen seppuku inmediatamente después, como muestra de indignación por esta actuación sucia por parte de Ishido, los rehenes finalmente son liberados del castillo e Ishido se ve obligado a salir de la protección de sus tierras para plantar cara a Toranaga en el campo de batalla.

En la novela destaca el valor extraordinario de Mariko, ya que al negársele salir del castillo en un primer momento, intenta escapar con su séquito enfrentándose con cada control de guardia. Ante la prohibición de abandonar el castillo, Mariko ordena a sus samuráis enfrentarse a los guardias, llegando a un punto en el que ella misma se ve obligada a empuñar una espada y enfrentarse a uno de los capitanes enemigos, quien a pesar de su mayor fortaleza, se limita a parar los ataques de ella hasta que se le agotan las fuerzas. El fracaso de este intento conduce a la escena en que ella se prepara para el seppuku público, sólo interrumpido por Ishido con el permiso de irse, que como ya se ha dicho, es frustrado por el ataque de los ninjas.

En resumidas cuentas, en la versión televisa se aprecia una pérdida de profundidad en los retratos psicológicos de los personajes. Esto se debe en parte a una característica natural de los personajes japoneses que tienen tendencia a esconder su mundo interior. Por otro lado, en la versión televisiva no se reproducen muchos de los monólogos interiores importantes de personajes claves. Esto se ve sobre todo en las mujeres samuráis. En realidad, la versión televisiva parece responder a un ideal de belleza en la mujer norteamericana de los años setenta, por eso Mariko aparece como un personaje dulce, casi sumiso, que vive su sexualidad con naturalidad pero siendo fiel a un hombre.

La teleserie fue todo un hito en la historia del medio audiovisual, encontrando una fórmula de éxito que se ha repetido a lo largo de la Historia. Para los amantes de la historia y la cultura japonesa esta teleserie es perfecta como introducción, y no deja de despertar la curiosidad por saber más.

avatar Simon Kelly (7 Posts)

Graduado en Historia del Arte e investigador en relaciones entre el cine y la literatura.


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