Revista Ecos de Asia

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This article was written on 11 Oct 2017, and is filled under Historia y Pensamiento.

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“Decidle al Emperador que se arrodille y pida perdón”. 2ª Parte: Investigaciones periodísticas, mentiras interesadas y luchas ideológicas

Siguiendo con lo anteriormente dicho en el primer artículo, lo cierto es que no se tienen apenas noticias de mujeres bajo esclavismo sexual en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. La primera publicación al respecto es un libro escrito por el periodista del Mainichi Shimbun Kakou Senda titulado simplemente “Mujeres de Confort del ejército” (従軍慰安婦 Jougun-ianfu) en 1973. Como periodista, Senda recopilaba fotografías de la Segunda Guerra Mundial y encontró, entre un archivo de 25 mil imágenes que habían sido anteriormente censuradas, las primeras evidencias gráficas de muchachas dedicadas al “confort” de los militares nipones. No existía por el momento explicación de quienes eran aquellas chicas ni cómo habían llegado hasta allí y el libro ha sido ampliamente criticado tanto por historiadores japoneses y coreanos. La falta de datos, su ocultación y su mala interpretación causaría mella en la forma en la que se verán en el futuro los estudios sobre la cantidad de mujeres que realmente habían sido obligadas a estar allí. Hay que reconocer que Senda carecía de formación historiográfica y apenas consiguió testigos de primera mano, al menos hasta que conoció a Tetsuo Aso, quien había sido médico de guerra en la zona de Shanghái examinando a las mujeres reclutadas para disposición del ejército para mantener a raya el contagio de enfermedades venéreas. El médico Aso, conmovido por la envergadura que tomaría el asunto, llegaría a publicar un libro de memorias sobre el caso. Pero eso sería mucho después, en 1993, y antes de que ello sucediera las cosa se complicaría más con el siguiente estallido mediático.  

Yoshida Seiji, seudónimo de un soldado que, sirviendo en la isla de Jeju, sur de Corea durante en la década de los 40, confesó haber participado del sistema de esclavismo sexual en su libro best-seller de 1977, “Chosenjin ianfu to Nihonjin” (“Las Mujeres de Confort coreanas y los japoneses”). Seiji saltó a la fama con tours por todo el país en los que relataba su experiencia “raptando a al menos dos mil muchachas de entre 18 y 30 años, en el campo y en las fábricas”, convirtiéndose en una especie de héroe-mártir que actuaba como catalizador de traumas acerca de eventos tabúes como los crímenes de guerra del Imperio. La izquierda lo aclamaba, la derecha lo temía, internacionalmente se le acogía para escuchar sus confesiones, que a menudo acababan en baños de lágrimas. En el 1983 publicó una segunda parte que se tradujo al coreano: Watashi no sensou sekinin (“Mis responsabilidades durante la Guerra”) y ahí empezaron sus problemas. Los testimonios del segundo libro resultaban exagerados e incongruentes con el primero, las pruebas tangibles de lo acontecido seguían sin aparecer por ninguna parte y, en el momento en el que historiadores (mayormente japoneses, pero también coreanos) y periodistas indagaron por su cuenta, la historia cayó por su propio peso. Ninguno de los periódicos que publicaron las historias de Yoshida consiguieron un solo testimonio fiable que corroborara una parte del cuento de los raptos de muchachas, lo cual resultaba del todo sospechoso si aceptábamos que los soldados del sol naciente habían raptado hasta dos mil jóvenes, ya que alguien tendría que poder recordar aquello. Finalmente, en 1996, Yoshida admitía para el Shukan Shincho[1] que parte de sus memorias habían sido ficcionalizadas. “No hay provecho en escribir la verdad en los libros. Esconder los hechos y mezclarlos con tus afirmaciones es algo que los periódicos hacéis también” declaraba el ex-soldado.

¿Ansia de ser el centro de atención? ¿Ganas de explotar el filón económico? ¿Catalizador de la catarsis colectiva en busca de la redención? Fuera como fuere, la confesión de Yoshida golpeó duramente la credibilidad de muchas de las que habían luchado por la visibilización de aquellos crímenes

Obviamente, la derecha nacionalista aprovechó las mentiras de Yoshida para desacreditar a los que, consideraban, solamente buscaban humillar a Japón. El Asahi Shimbun, el diario progresista de mayor tirada, fue el gran damnificado al habérsele acusado de publicar las historias de Yoshida sin preocuparse de haber contrastado su veracidad. En 2014 se entrevistó a decenas de personas en la isla de Jeju, llegando a la conclusión de que la mayor parte de las historias de Yoshida no podían ser ciertas, pues nadie podía contrastar ninguno de los enormes crímenes que supuestamente habían sucedido allí. El Asahi se vio obligado a pedir disculpas y es fue acusado por, el ahora presidente, Shinzo Abe de “avergonzar a nuestro país”. Especialmente activa en este eje ha sido la Sociedad Para la Diseminación de la Historia, lobby revisionista fuertemente vinculado al Partido Liberal Demócrata. Uno de sus miembros más virulentos será Ikuhiko Hata, historiador afín, que ganará espacio en el debate público cuando intentó demandar a la editorial estadounidense McGraw-Hill Education por su libro de 2011 “Traditions & Encounters: A Global Perspective on the Past”, donde certificaban el número de ianfu como dos cientos mil.

Al final, la ideologización ha marcado mucho la interpretación de los pocos documentos que se han conservado. Uno de los más discutidos fue el publicado por el propio Asahi Shimbun acerca de la armada 745 de China, el cual reproduciré íntegro aquí:

Aconsejamos a la Armada Expedicionaria que opere con extrema caución en el reclutamiento de trabajadoras femeninas para evitar dañar el prestigio de los militares y la emergencia de problemas sociales. Tened en cuenta que empresarios sin escrúpulos podrían decir que están actuando en nombre del ejército, causando así la pérdida de prestigio o generando malentendidos entre la población. Algunos de los reclutadores no son de fiar, carecen del juicio necesario y deben ser observados cuidadosamente, ya que han sido previamente arrestados o interrogados por la policía por llevar a cabo reclutamientos inapropiados. Seleccionen reclutadores con cuidado y mantengan control sobre ellos.

Lo que para muchos era la señal inequívoca de la implicación directa del ejército en el reclutamiento de prostitutas, para las derechas representaba en realidad la demostración de que legalmente el estado japonés no participaba, sino que se dedicaba a supervisar, hecho imprescindible, ya que en esta carta se culpaba a empresarios de ser responsables de causar la animadversión de la población de las colonias con sus prácticas irregulares.

El único manuscrito directamente escrito por un trabajador de una estación de confort que nos ha llegado también sufrió en su análisis las mismas polarizaciones. En 2012 el profesor coreano An Byeong-jik encontraba una agenda perteneciente a un hombre de negocios coreano que operó al mando de varias estaciones de confort en Birmania y Singapur. El diario recorría los años desde 1922 a 1957 y, si bien es cierto que había omisiones importantes durante la época de guerra, su veracidad se daba por supuesta tras los análisis comparativos. En este escrito nunca se emplea la palabra ianfu, sino que se trata a las mujeres como “camareras” o “acompañantes”, y en todo momento se les asigna un sueldo y asistencia médica, si bien el autor recorre numerosos burdeles y en cada uno se aprecian diferencias, sobre todo en su gestión, unas veces por  parte de coreanos y otras por japoneses, bajo mayor o menor supervisión de los soldados, los cuales imponían restricciones y mantenían a sueldo a los gerentes, así como imponían su voluntad y sus necesidades. De hecho, el autor parece pertenecer al llamado cuarto batallón de confort, dejando bastante en evidencia la estrecha relación entre ejército y estaciones de confort. Por otro lado, los revisionistas han mantenido que el documento prueba que los burdeles eran iniciativas privadas y que en ningún caso existió coacción o rapto de personas, de hecho, en el diario llega a decirse que las muchachas tenían cierta libertad de movimiento. De todos modos, las elipsis que contiene el diario hacen imposible que podamos extraer nada tan tajante de él.

Existe también el contradictorio testimonio de Mun Okuchu, que en su biografía “Yo fui una ianfu de la División Escudo en Birmania” se enorgullece incluso de haber ahorrado lo suficiente para comprar una casa en su hogar en Taegu. Entre sus confesiones, se incluyen que asesinó a un soldado borracho en defensa propia y fue perdonada o que celebraba fiestas e iba al cine con miembros del ejército nipón. No obstante, cuando le tocó dar testimonio defendió la tesis de la coacción como método de reclutamiento más común.

Hay otra carta escrita por el Ministro de Exteriores datada en 1942 que también se ha dado a reinterpretaciones. En ella, se demuestra la implicación y el interés del gobierno japonés en el transporte de mujeres a burdeles, pues está escrito en ella que “dado que no es posible expeler pasaportes a esta gente (las ianfu que pertenecían a las colonias), deben dotarse de certificados militares y transportados en barcos dominados por el ejército”. Nuevamente, lo que para algunos era un testimonio inculpatorio para los revisionistas era signo de que el gobierno japonés sólo influyó de forma tangencial y siempre preocupándose de que las leyes se vieran cumplidas.

Sin embargo, aquellos que niegan que la esclavitud sexual fuera llevada a cabo por orden del estado japonés suelen defenderse en la malinterpretación que acusan a muchos de hacer de fenómenos como el Teishintai, el cual consistió en una movilización masiva de “voluntarias” de todas partes del Imperio para colaborar en el esfuerzo de la guerra. Muchas de las que eran movilizadas nunca llegaban a conocer su tarea hasta que les tocaba desempeñarla y es cierto que hubo cierta obligatoriedad en ella, así como dictámenes por parte de las autoridades niponas. El conocido como Acta de Cuerpos Voluntarios de Trabajo Femenino, de 1944 movilizaba de facto a miles de mujeres en situación de vulnerabilidad (menores, viudas, pobres, etc.) procedentes de todas las colonias. No tenemos constancia a ciencia cierta de que acabaran siendo vendidas como prostitutas, pero en ocasiones se ha dado por hecho que así era y por tanto han distorsionado el recuento y comprensión del alcance del fenómeno ianfu. Tras ser derrotados por los EEUU, su Oficina de Información de Guerra recogió algunos testimonios importantes que, no obstante, tampoco dejaban claro el método de reclutamiento y las responsabilidades del mismo. En el interrogatorio a prisionero de guerra japonés N49 en Shiryoshusei, aparece escrito:

La naturaleza de este “servicio” no se ha especificado, pero se supone que es el trabajo conectado con la visita a los heridos en los hospitales, vendas de rodadura, y en general hacer felices a los soldados. La incitación utilizada por los agentes de un montón de dinero, una oportunidad para pagar las deudas de la familia, el trabajo fácil, y la perspectiva de una nueva vida en una nueva tierra. Sobre la base de esas falsas representaciones muchas niñas reclutadas para el servicio en el extranjero y fueron recompensadas con una antelación de unos pocos cientos de yenes.

La propia campaña de Teishintai nació bajo la sospecha de ser una forma de captación de ianfu, rumor que tuvo que negar el gobernador general, diciendo que se había extendido maliciosamente, lo cual demuestra que a esas alturas había consciencia del asunto entre la gente. Por tanto, no podemos decir que el pueblo japonés desconocía su existencia, sólo que simplemente no eran consideradas un problema social.

La visión que sostiene Yoshiaki Yoshimi, miembro fundador del Centro para la Investigación y Documentación de las Responsabilidades de Guerra de Japón, es clara: “es imposible dilucidar la Historia usando sólo documentos oficiales. Si las chicas fueron raptadas a la fuerza, es obvio que jamás sería registrado en documentos de este tipo”. Yoshimi fue encargado de sacar a la luz documentos oficiales de la marina donde ya se empleaba el término ianfu en el año 1932. Según aquellos papeles, en los años 40 el número de estaciones de confort ascendía a cuatrocientas, la mayoría en China. Muchos de los papeles fueron salvados al no caer en manos de las autoridades de Tokio durante el final de la guerra, pues muchos fueron confiscados por el ejército estadounidense y no volvieron al archipiélago nipón sino por medio del gobierno militar de McArthur. Uno de esos documentos recoge las palabras del comandante de las fuerzas expedicionarias en el norte de China, Naosaburo Okabe donde recela de los sentimientos anti-japoneses provocados por las violaciones cometidas por sus soldados y comenta la necesidad de “establecer instalaciones para el confort sexual tan rápido como sea posible”.

Regulaciones de las estaciones de confort según un documento almacenado por la Asociación de Mujeres Asiáticas

Sí que se realizaron oficialmente, desde el ejecutivo de Japón, búsquedas de documentos que pudieran probar hasta qué punto el gobierno estaba involucrado en la creación y mantenimiento del sistema ianfu. Pero ninguna de ellas resultó realmente fructífera. Después de que las primeras mujeres de confort dieran la cara en público por primera vez a principios de los 90, los presidentes Roh Tae Woo y Miyazawa se reunieron y se le pidió al gobierno insular que llevara a cabo una investigación oficial. Muy poca cosa se aclaró. Y así se mantiene hoy todavía.

[1] Uno de las revistas más veteranas y respetadas de Japón, con base en Tokio y más de 60 años de publicación ininterrumpida.

avatar Hector Tome Mosquera (9 Posts)

Se licenció en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela, afincado ahora en Barcelona, donde colabora con diversos proyectos literarios, periodísticos y políticos.


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