Revista Ecos de Asia

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This article was written on 14 Oct 2015, and is filled under Historia y Pensamiento.

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Japón y Brasil, historias de partida y regreso

En 1803, tras siglos de exploración y conquistas, el mundo se dirigía inexorablemente hacia una situación en la que ninguna civilización permanecería aislada. Viejos regímenes caían en Europa y Asia y un nuevo tipo de imperialismo nacía con las ideas del progreso gestadas en la Ilustración, lo que llevaría a Occidente a dominar la práctica totalidad del planeta e irremediablemente derivaría en el sistema globalizado en el que hoy nos hayamos. Pero en 1803 Japón no formaba parte de este proceso. Encerrado bajo la filosofía del sakoku (país encadenado), el mundo más allá de las islas era hostil y desconocido. Pero, por designios del azar, en este año se daría el primer contacto conocido entre Japón y un país enormemente ajeno pero que devendría clave en la historia de ambos: Brasil. Cuatro tripulantes del Wakamiya Maru acababan de ser rescatados de un naufragio por unos militares rusos y, enrolados en su viaje, atracaron en Porto de Desterro (actual Florianópolis), registrando por primera vez datos acerca del que hoy es el lugar con la mayor comunidad cultural nipona en el exilio (con millón y medio de habitantes, según fuentes oficiales).

La relación entre dos países tan antagónicos es fascinante y ha dado lugar a episodios únicos en la historia de la Humanidad. Brasil es, sino el más, uno de los países con mayor mezcla étnico-cultural que existe, mientras que Japón ha sido clásicamente un ejemplo de hermetismo. Y ambos han cargado con el lastre del racismo y la limpieza étnica en su historia reciente. La emigración de ida y vuelta que han compartido japoneses y sus descendientes (nikkeis) es uno de los pocos ejemplos de exilio que encontramos en su cultura y estudiarlo nos brinda la oportunidad de observar fenómenos políticos y antropológicos fascinantes que podrían arrojar luz sobre la problemática de los movimientos poblacionales y las responsabilidades que acarreamos hacia ellos.

Obviando la anécdota de los cuatro marinos del Wakamiya Maru, los primeros contactos de Japón con los brasileños suceden en la era Meiji y por motivaciones estrictamente políticas. A finales del siglo XIX, Japón contaba con una sobrepoblación insostenible para un país con recursos muy limitados. Sin guerras ni epidemias traidas del exterior, tan sólo la extrema miseria de la vida de los campesinos o los obreros industriales diezmaba una población creciente. La nueva organización social traída con la occidentalización podía fácilmente acabar en revueltas sociales, que no habían sido precisamente escasas durante los siglos precedentes, especialmente en el ámbito rural, y el alivio que suponía la promesa de enriquecerse con la emigración (sumada a la entrada de divisas extranjeras) sonaba como un buen plan de escape para el gobierno del tenno del crisantemo, que ya empezaba a desarrollar una mentalidad expansionista. El intercambio de diplomáticos durante las últimas décadas del siglo y la elaboración del Tratado de Amistad, Comercio y Navegación (1895) fueron los orígenes de todo esto, pero la llegada de orientales a tierras amazónicas no se produjo hasta más tarde, pues por aquel entonces Brasil estaba arreglando severas crisis económicas relacionadas con el precio del café (su principal fuente de riqueza) y hasta 1907, con Ley de emigración y Colonización la entrada de extranjeros aún estaba restringida.

Aunque hubo experiencias anteriores, se considera la llegada del Kasato Maru a Santos en 1908 el inicio de la emigración japonesa en Brasil. Su destino, como el de la mayoría de inmigrantes, era el trabajo semi-esclavista en las haciendas cafeteras; su objetivo frustrado era la acumulación de riqueza para retornar a su país de origen colmados de ganancias; y su recibimiento, será del todo menos caluroso. Rezaba la revista O Malho en diciembre de ese año: “El gobierno de Sao Paulo es temeroso contratando 3000 amarillos. Se empeñan en traer a Brasil una raza diametralmente opuesta a la nuestra”.

Pese a ello, durante las siguientes décadas, y en contraposición a lo que ocurría en otros lugares habituales para la emigración japonesa, en donde se promulgaban leyes que obstaculizaban su llegada (Canadá, Australia o EE.UU.), los nipones fueron llegando en masa, calculándose que a mediados de los años 30 ya había en el país unos doscientos mil, congregados en el área de Sao Paulo, en donde mantenían su idiosincrasia cultural, pues de los hijos de los primeros colonos, el 90% hablaba únicamente japonés . Esto se debe en gran parte a las gigantescas diferencias entre ambos países, el aislamiento de la vida rural y la dificultad de adaptación a un medio poco receptivo como el campo brasileño, pero también al hecho de que los emigrantes nipones viajaban en familias y gozaban de la mayor tasa de alfabetización de entre todos los trabajadores extranjeros, amén de la rápida creación de escuelas para nikkeis, las nihongaku, (literalmente, escuelas “japonesas”), siendo la pionera la Taisho Shogakko, fundada en 1914 por el profesor Shinzo Miyazaki.

Postal con la imagen del Kasato Maru. El barco trajo con él 781 personas, siendo casi todos hombres, siendo las mujeres en gran medida la excusa familiar (muchas tendrían matrimonios arreglados de antemano, o miai) para conseguir un salvoconducto más fácil.. Con anterioridad, ya se venía usando para llevar personas a otros centros de emigración como emigración, como Hawai.

Postal con la imagen del Kasato Maru. El barco trajo con él 781 personas, siendo casi todos hombres, siendo las mujeres en gran medida la excusa familiar (muchas tendrían matrimonios arreglados de antemano, o miai) para conseguir un salvoconducto más fácil. Con anterioridad, ya se venía usando para llevar personas a otros centros de emigración como emigración, como Hawái.

A la ya difícil situación en las haciendas cafeteras se le sumaría el cambio de gobierno que Brasil irá padeciendo a partir de los años 30, sobre todo con la consolidación del Estado Novo, la dictadura de Getúlio Vargas y el estallido de la II Guerra Mundial, en la que Brasil tomó partido por los aliados, lo cual culminó la segregación hacia los japoneses que conllevó represión cultural, encarcelamientos y control social. El final de la guerra produjo situaciones traumáticas para los nikkeis, que veían como las pocas esperanzas que tenían de regresar a su hogar se esfumaban tras la devastación bélica en su país natal, y con la resignación del que acepta su condición de apátrida forzado, iniciaron el éxodo del rural a la ciudad, convirtiendo Sao Paulo y su barrio Liberdade en la comunidad japonesa más grande fuera de las islas del Sol Naciente. A finales de la década los 80 la práctica totalidad de los nikkeis vivían en espacios urbanos y poco a poco iban erradicando el desarraigo tras generaciones de nissei (hijos) sansei (nietos) y yonsei (bisnietos) y se incorporaban a la sociedad brasileña en todos sus aspectos: político, artístico, deportivo, económico, etc.

Trabajadores japoneses en un campo de café.

Trabajadores japoneses en un campo de café.

La emigración japonesa hacia Brasil, con todo, continuó durante las décadas de los 50 y 60 y el último navío en arribar será el Nippon Maru en 1973. A partir de aquí el flujo migratorio sufre un giro de 180º y serán los nikkeis los que empezarán a ir hacia Japón, que por aquel entonces asombraba al mundo con su milagro económico y demandaba por primera vez en su historia mano de obra obrera extranjera. Sólo en la década de los 80 llegaron personas procedentes de Brasil, pero estos no venían ya a cumplir el sueño roto de sus ancestros, pues ya no era un retorno, sino una nueva migración. Los nikkeis, a los que tanto les había costado hacerse un hueco en su país de adopción, sufrirán también la discriminación en lo que había sido el hogar de sus antepasados, en lo que sólo puede considerarse una broma macabra del destino y un ejemplo del desarraigo y marginación que llevan implícitos los procesos migratorios en toda la Historia humana.

Dos términos definen el fenómeno de los inmigrantes en Japón. Uno es el haken-giri, la categoría de trabajos temporales, no cualificados o domésticos, a menudo con menos derechos y más facilidad despido, que contrastan con los ofertados a autóctonos, con los que prima la fidelidad empresarial casi de por vida. El otro es el nombre con el cual se les llama a los inmigrantes: dekasegi, o “los que trabajan lejos de casa”, término con importantes connotaciones despectivas, sobre todo en el caso de los nikkeis que aún conservan tantos lazos emocionales y familiares con sus orígenes asiáticos, aunque su desarraigo sea muy acusado (de hecho, suelen escribir sus nombres en el silabario katakana, que es el usado para las palabras extranjeras).

Japón, al contrario que el resto de países occidentalizados con economías punteras, no tiene casi comunidades extranjeras en su seno. Chinos y coreanos, de los países vecinos con los que de siempre se mantuvieron contactos, suponen la mayoría del escaso 2% de inmigrantes, pues hasta 1990, cuando se aprueba la Ley sobre el Control Inmigratorio y el Reconocimiento de Refugiados (Shutsunyûkoku Kanri oyobi Nanmin Nintei Hô), que abre las puertas a más profesiones, era muy complicado conseguir visas de trabajo, y, aunque todavía existen los contratos en negro mucho más de lo que se pretende, la ley castiga con trescientos mil yenes (unos tres mil dólares) a la empresa que no informa o falsea la contratación de un extranjero, mientras que a este se le expulsa inmediatamente del país, prohibiéndole volver a pisarlo en cinco años.

Nipo-brasileños en una protesta por los despidos producidos tras la crisis económica (fuente: TIME).

Nipo-brasileños en una protesta por los despidos producidos tras la crisis económica (fuente: TIME).

Los brasileños son la 4ª comunidad extranjera en Japón, tras la filipina y las otras dos citadas, habiendo alrededor de ciento noventa mil personas y viviendo más de la mitad de ellos en prefecturas en las que se localizan complejos industriales como Gunma, donde está la “Brazil Town” en la ciudad de Oizumi. No obstante, hoy son menos de los que suponían hace unos años debido principalmente a la crisis del 2008 y sus consecuencias, que obviamente tienen que ver con la pérdida de empleo de los trabajadores más vulnerables, que son, como siempre, los emigrantes. Pero además hubo otra decisión gubernamental muy cuestionada que provocó la salida de nikkeis: la “ayuda del retorno” (Kikoku Shien) que consistía en el subsidio instantáneo de trescientos mil mil yenes a todos aquellos que se comprometieran a abandonar Japón y no volver en un período de tres años. Desde que se implementó en abril de 2009, se registró la marcha de 21.675 personas (la mayor parte, precisamente brasileñas) lo cual costó al gobierno unos 70 millones de dólares. La medida ya puede resultar criticable desde el momento en el que segrega a una parte de la ciudadanía, pero además ha sido señalada como una ley abiertamente racista por periódicos como el Asahi Shimbun que decía que sesgaba familias y ponía en evidencia que “la sociedad japonesa había hecho esfuerzos insuficientes para aceptarlos e integrarlos”, mientras que el abogado Genichi Yamaguchi, defensor de emigrantes, acusaba al gobierno de utilizar a los nikkeis como “parachoques” contra el desempleo, de tratarlos como ciudadanos de segunda y de haberlos estafado, induciéndolos a abandonar el país cuando la ayuda del retorno suponía para ellos mucho menos de lo que podía ser el subsidio de desempleo (lo cual significaba que además el estado se estaba ahorrando dinero).

Sin embargo, y a pesar de que la crisis aún no ha dejado de golpear la maltrecha economía nipona, el país del Sol Naciente se encuentra ahora en la necesidad de reclutar nuevamente mano de obra barata para las mastodónticas obras de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (que ya han supuesto más de un escándalo de corrupción y gasto desmesurado, en especial con respecto al estadio olímpico, que ha levantado multitud de quejas y burlas). En esta tesitura, y con Brasil a punto de celebrar también sus propio JJ.OO., el primer ministro Shinzo Abe ha estado visitando a Dilma Roussef para elaborar planes macroeconómicos, proyectos en infraestructuras y préstamos entre empresas de uno y otro país, así como ha aumentado el presupuesto del Ministerio de exteriores para el próximo año con la idea de aumentar su influencia (abriendo inclusive nuevos consulados en el país amazónico). Este otoño de 2015, además, se celebran los 120 años de relaciones diplomáticas entre los dos países con la visita del príncipe Akishino y su esposa Kiko. Las relaciones a nivel estado son, sin duda, más fluidas que nunca, pero está por ver si ello repercute positivamente de algún modo en los trabajadores y los emigrantes, que siguen siendo el colectivo marginado y desprotegido por excelencia.

Puerta de inspiración nipona (torii) en una calle del barrio de Liberdade en Sao Paulo.

Puerta de inspiración nipona (torii) en una calle del barrio de Liberdade en Sao Paulo.

avatar Hector Tome Mosquera (15 Posts)

Se licenció en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela, afincado ahora en Barcelona, donde colabora con diversos proyectos literarios, periodísticos y políticos.


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  1. […] vimos en otros artículos, la relación de Japón con Brasil ha sido fructífera para ambos países en términos absolutos y […]

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