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This article was written on 11 Sep 2018, and is filled under Crítica, Cultura Visual.

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“La oveja samurái”, duelo a espada, lana y risas

En el año 2015, de la mano de Ominiky Ediciones, se publicó la primera entrega de La oveja samurái, una historia creada por Fran Carmona y Santiago Girón que este verano ha visto editada su continuación, Bambú.

El primer volumen nos presentaba al protagonista, la oveja samurái que da título al cómic, y a su discípulo, el pequeño monito que mucho más tarde haría de cronista de sus aventuras. Ambos entablaban conocimiento y se veían inmersos en una primera aventura, protegiendo la taberna El mono feliz, regentada por Tokomoko.

La historia estaba narrada a modo de flashback, en la que el antiguo discípulo del samurái, tras muchas décadas, decidía recoger las memorias de su maestro para que perdurasen a lo largo del tiempo. Tal como se planteaba, funcionaba con perfecta autonomía como un volumen autoconclusivo: presentaba al héroe y a su acompañante, se conocían, se cruzaban sus caminos, se enfrentaban al villano y (siguiendo arquetipos de la serialización nipona), proseguían en busca de su propio destino.

Sin embargo, este planteamiento permitió engarzar con facilidad la secuela dentro de una serie, gracias a la buena acogida del primer volumen. Así surgió Bambú, una nueva aventura del samurái ovino.

Es imposible hablar de La oveja samurái sin mencionar sus más que evidentes influencias. Stan Sakai y su Usagi Yojimbo es forzosamente la primera que nos acude a la mente, puesto que comparte muchos puntos, desde la antropomorfización de los personajes hasta la ambientación en el Japón feudal. Por supuesto, en relación con el archipiélago nipón, entran muchas historias de samuráis, del manga y del cine, que los autores han tenido bien presentes a la hora de diseñar las escenas. Sin embargo, en lo que respecta al aspecto antropomorfo de los personajes, Carmona y Girón han reconocido también la influencia de Blacksad, con la que los puntos en común quizás son más de contexto que de contenido.

Pero a diferencia de estas obras, hay algo que caracteriza a La oveja samurái, y es su particular y llano humor, que mezcla casticidad, orientalismo, innumerables referencias pop y, ante todo, enormes dosis de gamberrismo. En ocasiones bordea peligrosamente el terreno de la incorrección y algunos gags pueden, tal vez, resultar incómodos al lector más exigente, aunque en general es una lectura muy amena y entretenida.

A esto debe sumarse la excelente labor de su dibujante, Fran Carmona, que logra crear unos personajes de gran personalidad, con un estilo propio inconfundible pero aplicado con maestría al relato. Trabajar con seres antropomorfos es siempre una dificultad añadida, y sin embargo Carmona logra abarcar un amplísimo abanico de personajes secundarios y figurantes con un gran derroche de imaginación y a la vez constreñido siempre dentro de lo que la propia historia requiere.

La capacidad de forjarse una identidad propia a pesar de la alargada sombra de sus influencias, su particular sentido del humor desbocado, la socarronería con la que aborda determinadas referencias y anécdotas y la calidad extraordinaria el dibujo hacen de La oveja samurái una obra rebosante de carisma.

La edición de Ominiky hace justicia a esta fuerte personalidad, ofreciendo La oveja samurái en dos tomos muy cuidados, en tapa dura y a un precio considerablemente ajustado, con unas portadas llamativas que resumen a la perfección el espíritu del cómic. Y sin duda, merece la pena darle una oportunidad a este nuevo ejemplo del cómic patrio con aires del Japón más tradicional.

avatar Carolina Plou Anadón (271 Posts)

Historiadora del Arte, japonóloga, prepara una tesis doctoral sobre fotografía japonesa. Autora del libro “Bajo los cerezos en flor. 50 películas para conocer Japón”.


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