Revista Ecos de Asia

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This article was written on 29 Ene 2014, and is filled under Cine y TV.

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Modernizando los clásicos: Yasujiro Ozu en el siglo XXI.

Cuando uno piensa en las grandes figuras del cine japonés más clásico, en esos nombres propios que han quedado ya grabados en la historia del celuloide universal, siempre nos vienen a la mente tres titanes: Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi y Yasujiro Ozu. Y precisamente de este último recuperamos hoy su obra cumbre, Cuentos de Tokio (1953), cuyo remake, Una familia de Tokio (Tokyo kazoku, 2013) de Yôji Yamada, pudimos ver en cartelera a finales del año pasado.

Cartel de la película.

Cartel de la película.

Así pues, reproduciendo casi de manera íntegra el argumento de Ozu, Yamada nos cuenta la historia de una anciana pareja procedente de una isla de Hiroshima que se embarca en un viaje a Tokio para reencontrarse con sus tres hijos: un atareado médico de barrio, una dramática y autoindulgente esteticista, y un joven escenógrafo de teatro Kabuki sin trabajo fijo. Todos ellos se debaten entre el deber de ser buenos hijos, y las responsabilidades de su propia vida laboral y familiar, que acaba primando en todos y cada uno de los casos, provocando la consiguiente sensación de soledad y abandono en sus ya mayores progenitores. Esta situación será súbitamente revertida cuando la madre enferme de gravedad, pues este repentino suceso hará que todos los protagonistas se replanteen sus prioridades e intenten enmendar sus anteriores comportamientos, con mayor o menor éxito.

Yôji Yamada abandona con este melodrama su línea anterior, compuesta por películas ambientadas en la época de declive de los samuráis y por las que es más conocido en Occidente [1], pero no debemos olvidar que el otro tema clave de su filmografía es precisamente el de la familia, lo que constituye un nexo en común con Yasujiro Ozu [2], al que homenajea con este film.

La admiración hacia Ozu se deja ver ya desde el principio de la película, que es donde más claramente se aprecia la relación entre ambos films. Intencionadamente, Yamada toma no solo la línea argumental de Cuentos de Tokio, sino que imita los estilemas más característicos del cine de Ozu, como son la quietud o estatismo de la cámara, situada en un punto de vista bajo [3], los juegos con la profundidad de campo, los interiores domésticos que nos muestran casas tradicionales japonesas, así como el preciosismo en la composición de cada plano.

A la izquierda, fotograma de Cuentos de Tokio, y a la derecha el mismo momento en Una familia de Tokio.

A la izquierda, fotograma de Cuentos de Tokio, y a la derecha el mismo momento en Una familia de Tokio.

“Dedicado a Yasujiro Ozu”

“Dedicado a Yasujiro Ozu”

Al final de la película y una vez acabados los títulos de crédito, Yamada reconoce ya explícitamente esa deuda con la obra de Ozu, que queda patente a lo largo de todo el film, en una dedicatoria escrita.

Si bien el principio de Una historia de Tokio es chocantemente similar al propuesto 60 años antes por Ozu, poco a poco la película se va desligando del clásico, consiguiendo una personalidad propia que consigue captar al espectador, a pesar de que muchos diálogos son reproducidos con escalofriante fidelidad, y que el argumento sufre muy pocas variaciones.

Versionar un clásico de tal calibre no resulta tarea fácil, pues cierto es que cuenta a su favor con un argumento ya consolidado y probadamente eficaz; pero, por contra, tomar el relevo de tan magno predecesor puede ser una carga. Las críticas le han llovido internacionalmente por ello, pero Yamada ha sabido llevar la presión que supone emular un clásico y lo ha hecho con elegancia y frescura.

Se le puede achacar la pérdida de ritmo en algunos momentos del film, que nos hacen pensar quizás en partes sobrantes del extenso metraje (tras casi dos horas y media de película este pensamiento es inevitable), pero el mismo problema se ve también en la cinta de 1953. La diferencia entre ambas radica tal vez en la maestría de Ozu para convertir largas secuencias aparentemente irrelevantes en puro arte visual. La poesía que exuda la composición de cada plano en la película original, no se ve trasladada al film contemporáneo, en parte como un modo de actualización premeditado, pues es indudable que el pausado ritmo de las películas clásicas japonesas se hace en ocasiones arduo para el espectador actual.

Escena de Una familia de Tokio.

Escena de Una familia de Tokio.

Si bien puede, por tanto, resultar algo menos “artística”, la revisión de Yamada tiene a su favor un toque cómico del que carece el original, y que sirve a su vez de contrapunto a los momentos más dramáticos del film. En efecto, Una familia de Tokio profundiza en la tragedia resultando mucho más emotiva y creíble que la cinta de Ozu que, con la sobriedad del blanco y el negro y las interpretaciones contenidas de sus protagonistas, no consigue emocionar al público, como sí hace esta película. Para favorecer todo esto, Yamada cambia los planos generales y estáticos de Ozu por planos medios y primeros planos, que convierten la tragedia en algo mucho más próximo al espectador, transmitiendo de manera muy efectista las emociones de los personajes.

Así pues, aunque la película no sea perfecta en todos los aspectos, se deja ver mejor que su predecesora, pues alcanza el equilibrio idóneo entre momentos melodramáticos (no extremadamente edulcorados pero sí apoyados musicalmente), con ciertos toques cómicos, y todo ello respaldado por el guión clásico en el que se inspira.

Imagen de los dos ancianos, ya ebrios sobre la barra de un bar.

Imagen de los dos ancianos, ya ebrios sobre la barra de un bar.

A este respecto, uno de los mejores momentos de la película es aquel en el que el anciano padre de familia se reencuentra con un viejo amigo y ambos charlan con cierta amargura sobre sus hijos, las expectativas que tenían para ellos y cómo estas no han llegado a cumplirse; lo que los lleva a emborracharse en un bar de sake poniéndose en evidencia ante la camarera de dicho local.

Algunas de las modificaciones en el guión de Una familia de Tokio respecto a la película de Ozu, hacen referencia a aspectos del Japón más rabiosamente contemporáneo, pues si en la cinta original se apreciaban de manera muy sucinta las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, en este caso a la catástrofe a la que se hace referencia en diversos momentos del film es al terremoto y al tsunami que asoló Japón el 11 de marzo de 2011. De esta manera, podemos ver cómo el más joven de los hijos del matrimonio protagonista conoció a la que es su prometida trabajando como voluntario en Fukushima. Por otra parte, la crisis económica también se refleja en esta película en la figura del hijo menor, que no consigue encontrar un trabajo estable en la coyuntura actual.

Fotograma en que se nos cuenta la historia de amor de la joven pareja protagonista.

Fotograma en que se nos cuenta la historia de amor de la joven pareja protagonista.

A pesar de lo que pueda parecer, la película nos deja con un inmejorable sabor de boca gracias a su bonita reflexión final (más acuciada aún en este caso que en la versión de 1953), y es que la cinta constituye en sí un canto a la vida y una exhortación a amar y cuidar a nuestros seres queridos, a disfrutar al fin y al cabo del tiempo que pasamos junto a ellos, con la intención de evitar posibles lamentaciones.

Así pues, podríamos concluir que, si bien hay muchas formas de hacer un remake, Yamata posiblemente haya dado con la fórmula exacta de cómo llevarlo acabo, pues es esa elegante combinación de sincero homenaje con toques de originalidad, la que le lleva a crear una película con importancia propia que, aunque se sustenta en una producción anterior, se hace valer por sí misma [4].

Es por todo ello que ya muchos esperan ansiosos la nueva película del veterano director nipón, titulada The Little House y basada en la novela homónima de Kyoko Nakajima, cuyo estreno en Japón está previsto para el 25 de enero de 2014.

Una familia de Tokio.

Una familia de Tokio.

Para saber más:

 

Notas:

[1] Nos referimos con ello a la denominada “Trilogía del Samurái”, compuesta por El ocaso del samurái (Tasogare Seibei, 2002), La espada oculta o The hidden blade (Kakushi-ken: oni no tsume, 2004), tal vez la más conocida de las tres, y El catador de venenos (Bushi no ichibun, 2006).

[2] La mayoría de las películas de Ozu abordan el tema de las relaciones entre padres e hijos, como por ejemplo El hijo único (Hitori musuko, 1936).

[3] Característico del cine japonés es el posicionamiento de la cámara en ligero contrapicado, derivado del punto de vista que tendría el espectador si estuviera sentado en un tatami; mientras que en el cine occidental, por el contrario, la cámara se sitúa en su posición neutra en perpendicular al suelo y a la altura de los ojos de un espectador que se situara de pie frente a lo que ve.

[4] Es por ello que participó con éxito en la Berlinale y fue premiada con la Espiga de Oro en la Seminci (Semana Internacional de Cine) de Valladolid.

avatar Laura Martínez (81 Posts)

Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza, actualmente cursa el Máster de Estudios Avanzados en Historia del Arte de la misma, especializándose en Cine.


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