Revista Ecos de Asia

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This article was written on 25 Jun 2018, and is filled under Cine y TV.

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Tokyo Trial. Un acercamiento a las problemáticas surgidas en el “Proceso de Tokio”

Si tecleamos la palabra “Japón” en el famoso portal Netflix, aparecerá ante nosotros una cantidad nada despreciable de anime, seguida de cerca por numerosos doramas  y realities televisivos al estilo Terrace House. El siguiente escalón queda relegado a los documentales, en donde la exótica gastronomía nipona se alza como protagonista indiscutible. En el último peldaño, cuando parece que ya no queda más escalera que recorrer, en ocasiones, aparecen sorpresas como Tokyo Trial, la miniserie que, en colaboración con la NHK (televisión pública japonesa) y FATT Productions of the Netherland y Don Carmody Television of Canada, Netflix lanzó en 2016. Hay que estar atentos para no saltárselo ya que sería un tropiezo imperdonable no atender a estas pequeñas y necesarias propuestas.

Tokyo Trial es una serie de cuatro episodios dedicada al llamado “Proceso de Tokio”, iniciado tras la segunda Guerra Mundial, en el que se juzgó a algunas de las figuras clave que llevaron a Japón a embarcarse en el conflicto bélico. Desde luego, el contenido, preeminente “pop”, de las propuestas del portal de teleseries encuentra aquí una “rareza”. Una perla en el infinito mar de las producciones contemporáneas que, por qué no decirlo, también representa una “rareza” en las obras (literarias y audiovisuales) que Occidente ha generado en torno a la II Guerra Mundial.

Los europeos conocemos de manera más o menos concreta qué fue el nazismo, los motivos históricos que llevaron a su alzamiento, los horrores que trajo consigo y, finalmente, su derrota en 1945 a manos de las fuerzas aliadas. También son conocidos a este respecto los llamados Juicios de Nuremberg, aquellos en los que se juzgaron los crímenes del nazismo y que valieron a Hannah Arendt para desarrollar su teoría sobre “la banalidad del mal”. Pero, qué ocurrió con el otro gran derrotado. Seis millones de judíos son una tragedia que el mundo nunca olvidará, pero ¿por qué Occidente apenas conoce en qué consistió la matanza de Nankín o cuáles fueron los horrores a los que se vieron sometidas las “mujeres de confort” coreanas?

Japón ya había iniciado la agresión a sus países vecinos décadas antes del 1940. El sueño de la “Gran Asia” liberada del dominio colonial europeo y norteamericano dio alas al propio proyecto colonial japonés que, como ocurre frecuentemente en la Historia, bajo el eslogan de la libertad y la salvación, justificó su intervención militar en territorios como China, Corea, Filipinas y Malasia, entre otros. Como Europa acostumbró a promulgar sobre sus colonias africanas y asiáticas, la ocupación colonial “era por su bien”, un regalo, en definitiva, de los países civilizados que, como si de la buena nueva de los antiguos misioneras se tratase, traían la promesa del avance y el “Progreso” a los más desfavorecidos. En este contexto, a principios del siglo XX, ninguna nación alcanzó mayor desarrollo técnico y económico en Extremo Oriente que Japón, el miembro más aventajado de los países no-occidentales en la clase sobre “colonialismo” que Occidente llevaba impartiendo durante años.

Tokyo Trial centra gran parte de su trama en este debate colonial. Se trata de una serie densa, plagada de información y de largas conversaciones entre sus protagonistas: los miembros que compusieron el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente. La lista de los representantes de las naciones aliadas quedó determinada de la siguiente forma:

Myron C. Cramer (USA)

William D. Patrick (Reino Unido)

Henri Bernard (Francia)

Bert V.A. Röling (Holanda)

William Webb (Presidente del tribunal) (Australia)

Radhabinod Pal (India)

Edward Stuart McDougall

Mei Ju-ao (China)

Erima H. Northcroft (Nueva Zelanda)

Colonel Delfín Jaranilla (Filipinas)

General I.M. Zaryanov (URSS)

John P. Higgins (USA)

Miembros del tribunal del proceso de Tokio (fotografía superior). El elenco de actores de la serie Tokyo Trial (fotografía inferior)

Los diálogos son aptos para cualquiera, excluyendo a aquellos acostumbrados a ver algún “capitulito” de “algo” en la cama, antes de dormir. Tokyo Trial debe verse como es debido, cómodos, pero no demasiado. Al menos, no como para perdernos en el mar de vocabulario jurídico y de apuntes a la historia del conflicto entre las fuerzas aliadas y las del Eje. Así pues, no será rara la ocasión en que el espectador se verá en la obligación de pausar la serie y acudir al buscador de turno para saber quién fue Hideki Tōjō o Hirota Kōki, entre otros o en qué consistió “La marcha de la muerte de Bataán”, a la que el juez filipino menciona con temblor.

El general Hideki Tojo en el estrado durante el Proceso de Tokio el 26 de diciembre de 1947

La serie aguanta bien la crítica sobre su posible parcialidad, aunque una reflexión más profunda de aquellos especializados en esta época de la historia probablemente encontrará fisuras insalvables. En este sentido, es loable que el tema de la trama sea la dificultad con la que las personalidades citadas se enfrentaron en su intento por ofrecer un fallo “justo”. Debe tenerse en cuenta a este respecto, que el juicio, a pesar de contar con el precedente de los Juicios de Nuremberg, convocados en 1945 se extendió durante más de dos años y medio.

Precisamente, este apunte sobre los juicios de Nuremberg se convierte en uno de los puntos candentes de la discusión entre los jueces. Para algunos, los juicios al nazismo sentaron un precedente clave y, si se deseaba otorgarle solidez y que prevaleciese en el futuro, el Proceso de Tokio debía copiar a rajatabla sus procedimientos. Para otros, lo ocurrido en Japón era completamente diferente de lo acontecido en Alemania y requería reflexión y mesura.

Son este tipo de discusiones las protagonistas indudables. En una ocasión, por ejemplo, el juez indio Radhabinod Pal argumenta que no puede juzgarse a los criminales bajo leyes que, en el momento de cometer los crímenes, no existían. El pacto de Paris de 1928 será clave a este respecto. Firmado por quince naciones, entre las que se encontraba Japón, aquel pacto establecía la “ilegalidad” de la guerra como mecanismo para la solución de las controversias internacionales. A pesar de ello, no proponía las penas correspondientes en caso de negligencia. Esto, según Radhabinod Pal y el resto de jueces afines, lo convertía en un texto idealista y utópico desde el que no podían extraerse conclusiones reales.

De igual modo, se debate ampliamente sobre el papel de los acusados en la guerra. Así pues, se plantea si ciertos cargos no deberían haber dimitido si verdaderamente estaban en contra del conflicto o de si desempeñaron el cargo de manera valerosa, intentando que aquel sinsentido bélico acabase lo antes posible y se desmandara del todo a manos de los militares los cuales, sin duda, durante aquellos años se hicieron con el gobierno del país.

No es intención de este artículo reflejar aquí cada una de las cuestiones manejadas en aquel proceso, pero es importante tener en cuenta la complejidad del mismo. En cierta medida, Tokyo Trial consigue que el espectador haga suya la “angustia” de aquellos jueces. Lo que cada una propone tiene fundamento, a pesar de que, en ocasiones plantee conclusiones diametralmente opuestas a las conclusiones de otro, las cuales también están bien fundamentadas.

El “poso”, la sensación que queda tras el visionado que, a modo de serie-documental se propone como un “recordatorio”, es ciertamente amarga. Está bañado por la incertidumbre y la reflexión sobre si todo lo que allí se concluyó fue acertado. Se acerca, en definitiva, a la “realidad”. La misma que, en ocasiones, el cine y la historia, elegantemente ordenadas, esconden: aquellos fueron hombres que, con las herramientas, imperfectas, de las que disponían, se vieron en la tesitura de tener que juzgar a otros hombres que cometieron crímenes hasta la fecha inimaginables. En ese contexto, el patriotismo, los héroes de guerra y los apasionados discursos deben eliminarse. No debe quedar más que el “derecho”, contemplado de manera fría y objetiva, con el fin de que en el futuro la resolución no fuese tildada de revanchista y partidaria.

El visionado de este acercamiento audiovisual al Proceso de Tokio es más que recomendable. A pesar de que, en ocasiones, resulte lento y denso. Después de todo, aquellos “malos” fueron más difíciles de “combatir” que los del anime.

avatar Jaime Romero (3 Posts)

Jaime Romero Leo es Graduado en Filosofía y Máster en Estudios Avanzados en Filosofía (rama de Estética y Teoría de las Artes) por la Universidad de Salamanca. Actualmente está elaborando su Tesis doctoral sobre Estética contemporánea japonesa en dicha Universidad.


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