Revista Ecos de Asia

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Asia-Pacífico en la Exposición Internacional de Zaragoza de 2008.

Entre el 14 de junio y el 14 de septiembre del año 2008 se celebró en Zaragoza, a la orilla del Ebro, una Exposición Internacional que tuvo como lema “Agua y Desarrollo sostenible”, y que reunió en la capital aragonesa a participantes de más de cien países, de los cuales veintiséis eran estados de Asia y del Pacífico.[1] Aunque la presencia de Oceanía se limitó a un pequeño pabellón compartido por cinco países, Asia sí estuvo muy bien representada, especialmente en lo que concierne a los países del Próximo y Medio Oriente –muchos de sus gobiernos invirtieron un gran capital en unos pabellones que resultaron muy exitosos-, aunque no faltaron multitud de países del centro y el sudeste asiáticos, ni por supuesto los grandes gigantes tecnológicos de Asia Oriental (China, Japón y Corea del Sur).[2] Precisamente, algunos de los pabellones más exitosos y visitados pertenecían a países asiáticos, caso de Qatar o Japón, que triunfaron gracias a sus cuidados audiovisuales. No es de estos de los que vamos a ocuparnos, sino que vamos a intentar sintetizar las diferentes maneras en las que Asia estuvo presente en este gran evento, que para bien o para mal, conmocionó el panorama cultural y económico aragonés.[3]

Al no tratarse de una Exposición Universal, los países participantes (con la excepción del organizador) no construían sus propios edificios exentos, sino que alquilaban su espacio dentro de unos edificios generales, que en este caso recibieron nombres como “Sol”, “Oasis”, “Montaña” o “Lluvia”; Asia y el Pacífico estuvieron presentes en todos ellos. Esta particularidad privaba a los países de ofrecer una arquitectura diferenciada, ya fuera vernácula o no, lo que sin duda hubiera resultado muy interesante, pero suponía a su vez un reto: el sacar el mejor aprovechamiento del espacio disponible, por los que algunos países diseñaron impresionantes fachadas, como la de Kazajistán o Corea del Sur.

Segmento del pasillo central del la Expo, en el que vemos los pabellones de Indonesia, Vietnam, Malasia y Corea del Sur,

Segmento del pasillo central del la Expo, en el que vemos los pabellones de  Japón, Tailandia, Indonesia, Vietnam, Malasia y Corea del Sur.

Vista interior del pabellón puente.

Vista interior del pabellón puente.

Sí que hubo, sin embargo, algunos edificios exentos emblemáticos, de entre los que debemos destacar el polémico Pabellón Puente, que fue obra de la que posiblemente es la arquitecta más reconocida y premiada del Mundo; primera mujer en recibir el Premio Prizker, y que justamente, es de origen asiático: la iraquí Zaha Hadid. En curiosa sintonía con muchos de sus trabajos, la iraquí diseñó en esta ocasión un hipotético gladiolo –que para muchos otros se asemejaba a un tiburón–que unía las dos orillas del Ebro, y que además de servir como entrada y como estandarte mismo de la propia Expo, albergaba en una estructura zigzagueante una de las muchas muestras globales sobre el agua que formaba parte de la organización, llamada “Agua, recurso único”. Yo fui una de las muchas personas encargada de hacer visitas guiadas al mismo –además de a muchos otros edificios del recinto – por lo que mi experiencia sobre la Expo, y en definitiva, sobre la participación de Asia en la misma, es ante todo personal, y quizás difiera sobremanera de la del ocasional visitante que apenas pasó unas horas en la misma.

Por lo general, podemos decir que había tres tipos de pabellones de países, y tanto Asia como el Pacífico estaban presentes en ellos: los “pabellones-tienda” (teóricamente inaceptables), los “pabellones turísticos” (empeñados en narrar las bondades de la cultura y la geografía de su país) y los “pabellones modelo” (los que hacían lo que, en teoría, se tenía que hacer: hablar sobre el agua y el desarrollo sostenible relacionándolo con la temática nacional); por supuesto, existían muchas posibles variantes, y era habitual que un “pabellón modelo” incluyese también una tienda al final de su recorrido.

Algunos pabellones, los pertenecientes a países considerados en desarrollo, estaban financiados por entidades externas como la AECID, con mejores o peores resultados. Por ejemplo, el dedicado conjuntamente a las “Islas del Pacífico” era un “pabellón turístico” pequeño pero adecuado y básicamente informativo, coordinado por Casa Asia, que narraba a los visitantes las bondades de la geografía y la cultura de las Islas Salomón, Palaos, Tonga, Vanuatu y Timor Oriental –el más joven de los países participantes-, y que a veces incluía cuentacuentos para los más pequeños.

Fachada del modesto pabellón nepalí.

Fachada del modesto pabellón nepalí.

Otros de peor resultado eran los llamados “pabellones tienda”, a los que se excusaba por su esfuerzo representativo en pobres condiciones económicas; en el caso de Asia destacaba entre los visitantes el pabellón de Nepal, gracias tanto a los más que económicos precios de su tienda, como a las demostraciones de los artesanos invitados, y, a mi justo parecer, su pequeño e interesante restaurante, sin duda el más barato y el de personal más amable de toda la Expo, que sin embargo pasó desapercibido para muchos visitantes; muy parecido aunque más transitado y caro era el de la India. Otro del estilo, que en esta ocasión remitía en estructura a un tradicional bazar árabe, era el pabellón de Yemen, que en ocasiones ofrecía también demostraciones de música y artesanía.

Como historiadora del Arte –entonces todavía en potencia– mis favoritos eran los “pabellones turísticos”, puesto que muchos de ellos se escudaban en el arte y etnografía, más que en su geografía, de los países para llamar nuestra atención. A nivel artístico, creo que el mejor y más variado de ellos era el de Indonesia, que nos trajo decenas de obras de arte – antiguas y modernas – de muchas culturas que, bajo la actual nación indonesia, tenían en el agua y en su carácter insular su mayor punto en común. Estatuas budistas e hinduistas en piedra convivían con marionetas javanesas de wayang kulit –su teatro de sombras-, mientras que tallas en madera de Borneo, Sumatra, Célebes o Papúa convivían con las abarrotadas pinturas balinesas. Todo ello, siempre enmarcado dentro de la obligada temática del agua, que en este caso se centraba también en las tipologías de embarcaciones.

Indonesia, un país de islas, es por supuesto un país de agua.

Indonesia, un país de islas, es por supuesto un país de agua.

El pabellón nos habló del agua y la navegación en Indonesia, siempre a través de su arte...

El pabellón nos habló del agua y la navegación en Indonesia, siempre a través de su arte…

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Otros pabellones no podían permitirse traer las obras originales: hubiera sido un verdadero crimen que el gobierno de Jordania hubiera permitido sacar el célebre mosaico de Madaba, para hacerlo la pieza central del mismo, así que los jordanos lo organizaron en torno a una reproducción a tamaño real y a unas ficticias arenas del desierto sobre las cuales se dispusieron diferentes objetos, más o menos artísticos, de la vida cotidiana en el país.

Ejemplo de lo que podía verse en el pabellón de Jordania.

Ejemplo de lo que podía verse en el pabellón de Jordania.

Algo parecido, aunque con menor afán reproductivo y mucha más variedad y riqueza etnográfica, se hacía en el pabellón de Mongolia –para mí una de las mayores sorpresas de la exposición- que a lo largo de un arroyo nos enseñaba cómo era la vida en el país, gracias a los innumerables objetos que atesoraban sus vitrinas (desde piezas de la vestimenta tradicional a juegos de mesa, pasando por toda clase de expresiones artísticas de ayer y de hoy), combinados con la ocasional reproducción básica de una yurta o de la fauna local.

El pabellón de Mongolia nos trasladaba a diferentes ambientes.

El pabellón de Mongolia nos trasladaba a diferentes ambientes…

...en sus vitrinas podíamos conocer tanto el arte popular...

…en sus vitrinas podíamos conocer tanto el arte popular…

...y la forma en el que este guarda relación con la vida diaria.

…como la forma en el que este guarda relación con la vida diaria.

Pero en la inmersión en una cultura desconocida, sin duda el más celebrado fue el pabellón de Kazajistán, al principio poco o nada transitado y que acabó recibiendo hordas de turistas. El mismo consistía en un recorrido acompañado por encantadores guías, por las diferentes regiones geográficas del país que tan desconocido resultaba para los visitantes. Repartido entre lo etnográfico – podía tomarse té en una yurta mientras se escuchaba hablar sobre las tradiciones del país – y lo infográfico –al fin y al cabo, la única manera de transmitir al visitante algo sobre la variada geografía de la nación-, era desde luego tremendamente efectista, con el aire acondicionado al máximo para simular el invierno kazajo y cantos de pájaros y temperatura media al llegar la primera. Sin duda alguna, cumplió su objetivo: todavía no sabemos si fueron muchos los visitantes que se atrevieron a viajar a las estepas gracias a este pabellón, pero desde luego fueron muchos los que gracias a él supieron completar un par de líneas sobre el mismo, e incluso situarlo en el mapa.

El pabellón de Kazajistán pasó de estar vacío a ser uno de los más visitados.

El pabellón de Kazajistán pasó de estar vacío a ser uno de los más visitados.

Otros países, caso de Malasia o las ya mencionadas Islas del Pacífico, preferían centrarse en su exuberante naturaleza (ya fuera con ejemplares reales o de plástico), aunque también había lugar para los modos de vida -podíamos entrar a una casa malaya, o subir a una embarcación tradicional- y las artesanías locales (aunque la única forma de apreciarla fuera en la omnipresente tienda).

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El variado pabellón de Malasia.

Dentro de los “pabellones modelo”, esta aproximación a la temática hídrica podría hacerse en tonos y con intenciones más que diferentes, y a tal efecto deberíamos destacar dos curiosos ejemplos -China y Tailandia- impregnados de grandilocuentes, aunque siempre estéticos, discursos propagandísticos.

El primero, que aprovechaba además para vendernos la publicidad sobre su próxima exposición (la Exposición Universal de Shanghái de 2010, que repetiría el tema del agua), y ya que estaba, merchandising de sus Juegos Olímpicos (los de Pekín de 2008), se trataba de un pabellón altamente tecnológico –con curiosidades interactivas que gustaron mucho a los visitantes- a la par que tremendamente polémico, pues centraba su discurso hídrico en el agua (con sus bondades y sus calamidades) como elemento de cohesión de la Historia y la Cultura chinas. Esto hubiese resultado perfectamente esperable y razonable de no ser porque servía de excusa a una gigantesca y carísima justificación de la colosal obra de la Presa de las Tres Gargantas en el Río Yang-Tsé –que desplazó de sus hogares a casi dos millones de personas-, que simultáneamente era criticada en otros edificios de la Expo como el Faro, algo completamente lógico en una exposición dedicada al desarrollo sostenible y a un hipotético respeto por la naturaleza.

El pabellón de China, moderno pero polémico.

"El árbol del agua", obra invitada del pabellón tailandés.

“El árbol del agua”, obra invitada del pabellón tailandés.

Pero el colmo de la pompa y la circunstancia era el extremadamente bien traído tema del Pabellón de Tailandia, una loa constante a la gestión de sus recursos hídricos gracias a su la increíble capacidad y dedicación de su soberano, el “todopoderoso” rey Bhumibol Adulyadej –nada menos que monarca, artista e inventor, que incluso puede hacer que llueva-, quizá el mejor ejemplo de déspota ilustrado del Mundo actual, siempre en rigurosa clave de I+D. El pabellón nos hablaba de los logros de los tailandeses, y especialmente de los del cabeza del estado, en materia de ahorro y depuración de agua, y de cómo se empleaban tecnologías tradicionales – como la reforestación mediante la planta vetiver – y actuales – la lluvia artificial patentada por Su Majestad – para proteger el rico patrimonio natural y poder seguir explotando la agricultura. Sin embargo, en el pabellón todo esto se hacía enmarcado por unas pintorescas y agradables obras de arte (como “el árbol del agua”), bellísimas fotografías del país y sus habitantes y ocasionales bailes tradicionales, consiguiendo, que con mayor o menor acierto, quedásemos al menos informados y sorprendidos de todos aquellos milagros que se estaban llevando a cabo en un país que suele aparecer en las noticias por los contratiempos de sus visitantes con las drogas y la prostitución.

Tradición y modernidad en el pabellón de Corea

Tradición y modernidad en el pabellón de Corea

Sin embargo, muy diferente fue el caso del pabellón de Corea del Sur, en mi opinión uno de los que supo llevar con mayor dignidad y acierto el tema asignado. Corea supo conseguir mediante un lenguaje sencillo, sintético, y ciertamente elegante –próximo a una tecnológica estética pseudo-zen- un pabellón construido en torno a la idea de la sensibilización sobre el uso del agua. La mayoría de la información se disponía en unas curiosas tinajas-pantalla, que proyectaban mensajes sobre la importancia del agua en la cultura coreana, pero además un pequeño bosque de pequeñas pantallas de alta definición nos enseñaba imágenes del paisaje coreano. Junto a la zona de bienvenida, la obligada tienda y una zona promocional de la que sería siguiente Exposición Internacional –la de Yeosu 2012-, contaban con otro punto fuerte: un anfiteatro relativamente grande en el que se proyectaba de manera casi continua una bonita película de animación en 3D –en unos momentos en los que este no estaba tan generalizado- llamada “El día del gigante de Agua”, que en ocasiones se combinaba con unos espectáculos fusión que mezclaban la danza y música tradicional con –cómo no- el agua.

Fachada del pabellón de Corea.

Fachada del pabellón de Corea.

Por desgracia, Asia y el Pacífico estuvieron particularmente ausentes de la programación de la riquísima y variadísima programación de espectáculos de la Expo, casi con las únicas excepciones de las actuaciones de los diferentes días nacionales dedicados a los diferentes países o los espectáculos que algunos países ofrecían ocasionalmente dentro de sus pabellones. Sin embargo, no se perdió la ocasión de apelar al factor orientalista en algunos de los actos más consolidados, como el Cabaret Líquido, que en ocasiones intentaba trasladar al público a lugares como Japón, Bali y la India.

Aunque en esta ocasión no podemos detenernos en un recuerdo pormenorizado de todos los pabellones, hemos visto de manera somera como la Exposición Internacional de Zaragoza de 2008 fue la primera toma de contacto para muchísimas personas con ciertos países de Asia y del Pacífico, o al menos, con ciertos aspectos de su geografía y vida cotidiana. A nivel personal, quizás lo que más lamento es que el contacto con los trabajadores extranjeros era no ya complicado sino imposible: en ocasiones, por diferencia idiomática, pero muchas otras por barreras culturales que resultaban ciertamente infranqueables (diferentes usos y horarios, entre otras cuestiones), al contrario de lo que sucedía con los empleados americanos, africanos y –no siempre- europeos. A pesar de todo esto, tanto trabajadores como espectadores recibimos con sorpresa llamativas visitas desde Asia, desde las institucionales a otras más curiosas, como cuando un grupo de monjes tibetanos decidieron instalarse durante cuatro días a realizar un mandala, que para horror de muchos desconocedores de su función, luego desharían.

Quizás la reacción popular ante este hecho fue la prueba más palpable de que, a pesar de los miles de euros gastados en folletos y propaganda, tés y pai-pais publicitarios y en agrupaciones musicales, o de los cientos de pollos tikkamasala que los turistas pudieran engullir, Asia continuaba siendo una completa desconocida para aquellos que acudieron a la Expo buscando únicamente un entretenimiento fácil o esperando un parque de atracciones.

Notas:

[1] Los países en cuestión eran China, Kazajistán, Nepal, Turquía, Afganistán, Pakistán, Corea, Emiratos Árabes Unidos, Filipinas, Indonesia, Islas Salomón, Japón, Kuwait, Malasia, Mongolia, Palaos, Tailandia, Timor Oriental, Tonga, Vanuatu, Vietnam, Yemen, Arabia Saudí, Jordania, Omán y Qatar.

[2] Las ausencias asiáticas más significativas fueron las de aquellos países en guerra –más que lógicas- como Irak y Afganistán, y las de los países de la sempiterna discordia, como Corea del Norte o Israel.

[3] Por este motivo, no vamos a entrar en juicios de valor acerca de ese tema sobre el que han corrido ríos de tinta: la sostenibilidad, rentabilidad, y en definitiva, propio carácter ético de la Expo Zaragoza 2008.

avatar Marisa Peiró Márquez (110 Posts)

Marisa Peiró Márquez (marisapeiro@ecosdeasia.com) es Doctora en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza. En esta misma universidad se licenció en Historia del Arte y realizó el Máster en Estudios Avanzados de Historia del Arte, así como el Diploma de Especialización en Estudios Japoneses. Se especializa en el Arte y la Cultura Audiovisual de la primera mitad del s. XX, y en las relaciones artísticas interculturales, especialmente entre Asia y América Latina (fue becaria del Gobierno de México), con especial interés en el Sudeste Asiático y en Oceanía.


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