Revista Ecos de Asia

Desvelando a Somerset V: “The Seventh Sin” (1957)

Retomamos, una vez más, nuestra serie dedicada al análisis de la novela de William Somerset Maugham, El velo pintado, publicada en 1925 y que narra una historia de infidelidad y desamor ambientada en Hong Kong y el interior de China, así como sus consiguientes adaptaciones fílmicas. Después de sumergirnos en las vicisitudes de su creación y analizar exhaustivamente el argumento del libro, dedicamos la entrega anterior al comentario de la primera de las películas inspiradas por esta pasional y exótica historia, realizada en los años treinta y con Greta Garbo como protagonista. Es ahora el momento de dedicarle nuestra atención a la segunda adaptación cinematográfica de la novela de Maugham que tal vez resulte desconocida para muchos, tanto por su escasa relevancia para la Historia del Cine como por el cambio de título que despista al potencial espectador, y es que este filme lleva por nombre The Seventh Sin (1957).[1]

Cartel promocional de la película.

Cualquier persona criada dentro de la cultura católica –o cualquier cinéfilo criado con las películas de David Fincher[2]– sería capaz de identificar los siete pecados capitales, a los que hace referencia el título del filme. En esta ocasión, y conociendo de antemano el desarrollo de los acontecimientos, podemos atribuir el enigmático título al pecado de la lujuria, puesto que se nos cuenta una historia de infidelidad. Salvo por este cambio de nomenclatura, que resulta prácticamente circunstancial, lo cierto es que la película es un fiel reflejo de la novela original (como analizaremos más adelante), mucho más que la previa adaptación cinematográfica.

La película comienza con los títulos de crédito sobreimpresos ante un paisaje montañoso y fluvial mientras música de reminiscencias orientalizantes nos pone en situación. La acción se establece entonces en Hong Kong en 1949, lo que supone una actualización cronológica respecto al original, escrito en los años veinte, aunque este hecho no afecta al desarrollo argumental del filme. Tras breves panoramas de la ciudad colonial y una elegante casa, la cámara nos lleva en un interesante plano-secuencia a través de distintos objetos cotidianos de un dormitorio femenino, deleitándose en el tocador para, a continuación, mostrar prendas femeninas caídas descuidadamente en el suelo, un vestido, unas medias… hasta llegar a una chaqueta masculina que descansa sobre una silla. Es entonces cuando vemos como alguien forcejea intentando sin éxito entrar en la habitación. De esta forma sutil el espectador comprende que allí subyace una infidelidad que no es necesario expresar con palabras.

Este principio abrupto se corresponde bastante bien con el descrito en la obra de Somerset Maugham y se aleja del desarrollo lineal por el que optó la producción anterior, la cual se iniciaba con la pareja protagonista conociéndose en Austria y contrayendo matrimonio. También es de destacar que en el filme de los años treinta la escena del descubrimiento de la infidelidad estaba rodada desde el punto de vista del marido que, al otro lado de la puerta, encuentra un salacot; mientras que en The Seventh Sin vivimos la situación desde dentro del dormitorio, y es cuando los adúlteros salen al recibidor que descubren el maletín que el amante había dejado allí olvidado y deducen que este podría ser una pista incriminatoria.

En cualquier caso, los componentes de este triángulo amoroso protagonizan un tenso encuentro cuando coinciden en una velada esa misma noche: Walter Carwin (Bill Travers) un bacteriólogo que trabaja en la universidad; su esposa Carolyn (Eleanor Parker), una elegante mujer de origen americano; y el diplomático francés Paul Duvel (Jean-Pierre Aumont).

Imagen coloreada de los protagonistas durante su encuentro en una soirée.

Poco rastro queda en estos personajes de los originales Walter y Kitty Fane, y Charlie Townsend, salvo el nombre del primero. En cuanto a los orígenes de la protagonista, que en la novela era inglesa, ya hubieron de modificarse por el acento germánico de Greta Garbo, y puede que un motivo similar haya llevado a este arbitrario cambio en el guion para adaptarse a las características de la actriz Eleanor Parker, originaria de Ohio.

Las sutiles indirectas de Walter hacen evidente que conoce la infidelidad, pero todo estalla cuando el matrimonio tiene un enfrentamiento en el estudio del doctor en el que él expone despiadadamente los motivos reales que llevaron a Carolyn al matrimonio (la desesperación y el despecho por la boda de su hermana). El guion toma sin duda pasajes prácticamente literales de la novela, como ese emotivo momento en que Walter desvela sus reproches, llenos de dolor y amor:

No me hice ilusiones con respecto a ti –declaró-. Sabía que eras boba, frívola y casquivana, pero te quería. Era consciente de que tenías unos objetivos e ideales vulgares y corrientes, pero te quería. Me había percatado de que eras de segunda categoría, pero te quería.[3]

El marido le presenta entonces una disyuntiva: puede obtener el divorcio si Duvel acepta casarse con ella pero, de lo contrario, deberá ir con él a Mei Tan Fu, un pueblo del interior de China donde hay un brote de cólera. Mucho más contenida es la reacción de Carolyn cuando su amante se niega a divorciarse de su mujer, aceptando con aparente compostura el destino que se le presenta.

Cuando el matrimonio llega al muelle, dispuestos a emprender su aventura, se produce una interesante escena con reminiscencias de aquellos textos que primero inspiraron a Somerset Maugham. Cuando descienden del coche que les ha llevado hasta el embarcadero, les recibe el ayudante de Walter quien, sorprendido por la presencia de la mujer, pregunta si esta ha sido inoculada para evitar un posible contagio, a lo cual el doctor responde “¿Cree que intento matar a mi mujer?”. Sin duda esto puede recordar a la historia de Pía contada en el Canto V del Purgatorio, en la Divina Comedia de Dante, que ya analizamos en el primer artículo de esta serie y que supuso la chispa creativa de la que surgió El velo pintado.

Al llegar a Mei Tan Fu pronto se encuentran con el carismático aunque beodo Tim Waddington, a quien da vida el veterano actor George Sanders. Los escasos chispazos de originalidad que presenta el guion del filme se concentran mayoritariamente en los diálogos de este personaje que, lejos de la profundidad filosófica que exhibía en la novela (donde charlaba con Kitty sobre Budismo y Taoísmo) resulta un cínico descarado, lo que resulta cuando menos refrescante. Desde el inicio Waddington detecta la tensión entre los esposos cuando, en su primera cena juntos les observa comer ensalada a pesar de conocer los peligros de estos alimentos frescos durante un brote epidémico, preguntando con desparpajo: “¿Qué es esto? ¿Un pacto de suicidio?”.

Es el propio Waddington quien lleva a Carolyn al convento para mostrarle la buena labor de las monjas e intenta convencerla para que colabore con ellas, consiguiendo vencer su inicial reticencia. Al igual que en la novela, nuestra protagonista no consigue ocultar la repugnancia que, en un principio, le provocan estas niñas que, como confiesa la Madre Superiora (Françoise Rosay), han sido compradas a sus padres para evitar que se deshagan de ellas. Progresivamente, Carolyn encontrará solaz en su trabajo con estas criaturas, aunque la monja se encargue de recordarle que este no puede ser un refugio de sus problemas cuando sentencia: “No se puede encontrar la paz en el placer o en el trabajo, en el mundo o en el convento, sino en uno mismo”.

Carolyn trabajando con los niños chinos en el convento.

Sorprendente, tanto para los espectadores novicios como para los conocedores de la novela y la adaptación previa, resulta la escena de la película en que Carolyn pide perdón a Walter por su infidelidad y él confiesa que buscaba la muerte de ambos al arrastrarla hasta ese lugar inmundo. Más chocante aún es la reacción del esposo que, mientras exclama: “Me desprecio por amarte”, fuerza sexualmente a su esposa quien le reprocha: “No puedes odiarme y amarme a la vez”. Tal vez las audiencias de la época dorada de Hollywood no encontraran repudiable la actitud del esposo en una situación que, no nos engañemos, resulta de rabiosa actualidad debido a la sentencia del Tribunal Supremo español que establece la ausencia de consentimiento como violación.[4]

La fascinación por Oriente queda concentrada en la película en aquella escena en la que Waddington lleva a Carolyn a conocer a su esposa: una mujer manchú que se nos presenta envuelta en un halo de misterio y que refleja a la perfección las sensaciones de la Kitty literaria expresadas por Maugham:

Ante la mirada de fascinación de Kitty, se sentó, sin pudor alguno, con sus hermosas ropas, mientras en el rostro maquillado, sus ojos observaban cautelosos, serenos e insondables. La rodeaba un aire de irrealidad, como el de una fotografía, y al mismo tiempo rezumaba una elegancia junto a la que Kitty se sentía desgarbada. (…) Era como si esa máscara coloreada encubriese el secreto de una experiencia profunda y trascendente: en aquellas manos largas y delicadas con sus dedos ahusados residía la clave de enigmas aún por desvelar.[5]

Fotograma de la película que muestra a la esposa manchú de Waddington.

Cuando Carolyn sufra un desmayo mientras trabaja en el convento, descubrirá que está embarazada y, a pesar de la incertidumbre que rodea la paternidad de su bebé, contará con la empatía y el apoyo de la Madre Superiora.

Estando en su casa, la sorprenderán unos soldados que vienen a avisarla porque su marido ha caído gravemente enfermo. En su lecho de muerte Carolyn le suplica perdón, a lo que Walter contesta “fue el perro el que murió”. Aunque ella en un principio no lo entiende y piensa que su marido ha muerto lleno de resentimiento hacia ella, será la Madre Superiora quien le desvelará el verdadero significado de este verso de Goldsmith, que ya analizamos en su momento.

Imagen coloreada que muestra a Waddington consolando a Carolyn.

La película concluye con la protagonista despidiéndose de Waddington en el embarcadero hacia un futuro incierto. Nada queda de la debilidad de Kitty en su reencuentro con el amante y la posterior determinación de educar a su hija para que no cometa los errores que ella cometió. En The Seventh Sin Carolyn queda redimida de su culpa con esas últimas palabras de su esposo y hallando la paz consigo misma.

Como hemos podido ver a través de este exhaustivo análisis, el filme es sin duda una fiel adaptación de la novela de Maugham y cuenta entre sus puntos fuertes con algunos actores conocidos que realizan una labor encomiable. Por un lado, podemos destacar a la bellísima Eleanor Parker en su papel de mujer infiel. Las sutilezas de un personaje que en apariencia resulta banal y frívolo pero que experimenta dudas y remordimientos internos de gran calado no resulta nunca fácil para un actor, máxime cuando es su voz interior la que domina el relato de la novela, que sí permite acercarnos más directamente a los dilemas morales de Kitty. En diversas escenas Parker hace un alarde de su oficio mostrando un rango de emociones que va desde la desesperación y la ira, al éxtasis. Su belleza también debió jugar un papel importante en su elección como protagonista, dado que ya había alcanzado renombre internacional y siempre acompañada de galanes de la talla de Kirk Douglas en Brigada 21 (1951) o Charlton Heston es Cuando ruge la marabunta (1954). Aunque, sin lugar a dudas, el papel por el que hoy es más conocida es por interpretar a la baronesa en el musical Sonrisas y Lágrimas (1965).

Por otro lado, debemos citar la aparición estelar de George Sanders, quien interpreta a Tim Waddington y es el encargado de aportar el tono humorístico a este drama romántico. El ya veterano actor, que había logrado el Oscar por Eva al desnudo (1950), estaba más que acostumbrado a interpretar personajes secundarios cínicos, pero aquí sus intercambios dialécticos resultan esenciales y consigue llevar el peso de la acción en más de una escena. Esa actitud cínica y descreída parece ser más un rasgo de su carácter que labor interpretativa, ya que cuando Sanders se suicidó en un hotel de Castelldefels lo hizo dejando una nota de despedida que es todo un manifiesto: “Querido mundo: He vivido demasiado tiempo, prolongarlo sería un aburrimiento”.

Sin embargo, todos estos atractivos no lograron evitar el fracaso de la película en taquilla y su consiguiente caída en el olvido. Si bien como producto fílmico no alcanza cotas reseñables, su reflejo de lo oriental y su valor como adaptación fílmica han quedado aquí más que demostrados. Nuestro viaje continuará en una próxima entrega en la que analizaremos la tercera y más reciente adaptación de la novela de Maugham para seguir descorriendo el velo que oculta esta obra.

Para saber más:

  • Ficha de la película en Filmaffinity.
  • Ficha de la película en IMDb.
  • Maugham, W. Somerset, El velo pintado. Barcelona, Bruguera, 2007.

 

Notas:

[1] The Seventh Sin (1957). País: Estados Unidos. Dirección: Ronald Neame. Guion: Karl Tunberg. Música: Miklós Rózsa. Fotografía: Ray June (B&W). Reparto: Eleanor Parker, Bill Travers, George Sanders, Jean-Pierre Aumont, Françoise Rosay, Ellen Corby, James Hong. Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)

[2] David Fincher (Denver, 1962-) es un director y productor de cine norteamericano conocido por auténticas películas de culto como El club de la lucha (1999) o Zodiac (2007). Sin embargo, entre su filmografía destaca el thriller de suspense Seven (1995), protagonizado por Morgan Freeman y Brad Pitt, unos detectives que investigan el caso de un asesino en serie cuyos crímenes están asociados a los pecados capitales.

[3] Maugham, W. Somerset, El velo pintado. Barcelona, Bruguera, 2007. P. 83.

[4] “Fue violación: el Supremo condena a quince años de cárcel a los cinco miembros de ‘la manada’ por agresión sexual”. Disponible en eldiario.es

[5] Maugham, W. Somerset, El velo pintado. Barcelona, Bruguera, 2007. P. 200.

avatar Laura Martínez (170 Posts)

Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza y Máster de Estudios Avanzados en Historia del Arte de la misma, con especialización en Cine. Actualmente realiza estudios de Doctorado en la Universidad de La Rioja.


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