Revista Ecos de Asia

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This article was written on 18 Oct 2019, and is filled under Arte, Historia y Pensamiento.

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Panorama del coleccionismo de arte chino en España – Primera Parte

Pese a la riqueza de los fondos de arte oriental de algunos museos españoles y al aumento de las relaciones bilaterales con China, el grado de conocimiento de sus manifestaciones artísticas en España por parte del gran público es todavía escaso. En este reportaje, dividido en tres entregas, se intenta presentar una panorámica del coleccionismo de arte chino en España desde los primeros contactos comerciales en los inicios de la Edad Moderna, hasta el orientalismo del siglo XIX y la moda chinesca, desembocando en la musealización de las colecciones de arte oriental tras la Guerra Civil en nuestro país. Partiendo de una breve introducción al contexto histórico de cada momento, focalizaremos la atención en los principales protagonistas de este coleccionismo en cada época.

El coleccionismo de arte chino en España durante la Edad Moderna

Los contactos entre China y Oriente se produjeron a partir del siglo I a.C. a través de los caminos de la Ruta de la Seda que unían Xi’an con los países de la órbita mediterránea. Esta ruta no sólo permitió la llegada de objetos artísticos (en especial sedas) y otros productos de lujo al mercado europeo durante las Edades Antigua y Medieval, sino que se constituyó como una importante vía de intercambio intelectual y religioso. Fue, sin embargo, en la Edad Moderna, cuando el descubrimiento de nuevas rutas marítimas a partir del siglo XV permitió unas más intensas relaciones entre los dos extremos del continente euroasiático, que se establecieron gracias al comercio y a las labores de evangelización que llevaron a cabo los misioneros cristianos.

A la izquierda, cerámicas chinas de la colección Albuquerque; a la derecha; a la derecha, detalle de La Adoración de los Reyes, de Mantegna (1500), la representación más antigua de una porcelana Ming.

En esta etapa de intercambios resulta imprescindible destacar a partir de, aproximadamente, mediados del siglo XVI, el papel protagonista de España y Portugal. Coincidiendo con el gobierno de las dinastías Ming (1368-1644) y Qing (1644-1912), a través de la ruta portuguesa (Lisboa-Goa-Malaca-Macao-Kyûshû) y de la española (Sevilla-Nueva España (México)-Manila-Kyûshû), magníficas y delicadas piezas artísticas chinas llegaron a nuestras fronteras para nutrir las colecciones de los monarcas de la Península Ibérica, y también de la nobleza, que las atesoraron ávidamente, especialmente las porcelanas, impactantes por su blancura, dureza, finura, translucidez y sonoridad. [1]

Hemos de recordar que, en esta época, las monarquías de España y Portugal estuvieron estrechamente vinculadas, unidas bajo una misma corona desde 1580 a 1640. Asimismo, merece especial mención el “importante flujo continuo de objetos asiáticos que se produjo de 1570 a 1615 entre las cortes de Madrid, Lisboa, Viena, Praga, Innsbruck, Múnich y Bruselas”, [2] que enriquecieron las colecciones de otros miembros de las monarquías europeas, algunas de ellas pertenecientes a la casa de Habsburgo. Se trata de un coleccionismo que, en un principio, se integró en el amplio contexto de las Wunderkammern, para abandonar los gabinetes de curiosidades de objetos extraños y exóticos (“cuartos de Maravillas”) y pasar a formar parte de la decoración intrínseca de los palacios o incluso para su uso cotidiano.

Sin embargo, cambios muy importantes se produjeron a partir de comienzos del siglo XVII en el ámbito del mercado internacional. El declive de España y Portugal y la paulatina pujanza de otras potencias europeas propiciaron la entrada en el comercio con Asia oriental de nuevos países. Así aparecieron las llamadas Compañías de las Indias Orientales, que eran sociedades de carácter nacional que poseían determinados privilegios otorgados por sus gobiernos y tenían el monopolio de la navegación y el comercio. Entre las compañías más destacadas que comenzaron a comerciar con Asia Oriental resaltaremos las de Inglaterra (creada en 1600), muy especialmente la de Holanda (1602) así como las de Dinamarca (1616), Francia (1664) y Suecia (1731). Además, Macao y Formosa (actual Taiwán), junto con el puerto de Cantón, en especial, desde mediados del siglo XVIII, concentraron en China la mayor parte de las transacciones comerciales.

A la izquierda, galeones españoles en su ruta hacia Manila; a la derecha, mapa del Mar de China con las Islas Filipinas en primer plano.

Hasta allí navegaban y allí se abastecían las compañías de Indias de la mayoría de las naciones europeas. En España se creó la Real Compañía de Filipinas, empresa privilegiada del periodo ilustrado establecida el 10 de marzo de 1785 por una Real Cédula de Carlos III. En este caso fue Manila el centro fundamental de intercambios. La intensa actividad de estas compañías aumentó exponencialmente el volumen de obras de arte chino, en especial lacas, cerámica y porcelanas, que fluyeron hasta Europa permitiendo que los miembros de sus distintas monarquías pudieran forjar extraordinarias colecciones durante los siglos XVI y XVIII, que eran concebidas como un símbolo de lujo, poder y prestigio.

A la par que se producían estas actividades comerciales, misioneros de diversas órdenes religiosas como los jesuitas, dominicos, franciscanos y agustinos, realizaron una labor encomiable en China que fue mucho más allá del mero intento de evangelización. Destacó especialmente la Compañía de Jesús que pudo penetrar desde 1582. Además de haber sido los introductores de la ciencia europea en el Celeste Imperio (fundamentalmente en disciplinas como las matemáticas y la astronomía), los jesuitas realizaron un auténtico intento por hacer compatible la religión cristiana con la ética confuciana. Unos y otros misioneros plasmaron por escrito sus experiencias y reunieron colecciones etnológicas y artísticas con intenciones instructivas que constituyen una riquísima fuente de información sobre estas remotas civilizaciones.

A la izquierda, Mateo Ricci y su encuentro con el matemático y funcionario chino XuGuangqi (1562-1633); a la derecha, Marco Polo entre los chinos, en una ilustración de El Libro de las Maravillas.

Además, al desarrollarse la imprenta, se multiplicaron las obras sobre China, basadas en los testimonios de los viajeros, bien religiosos, bien comerciantes o diplomáticos. Cabe añadir que, a partir de las primeras décadas del XVII, estos trabajos fueron ilustrados sobre grabados relativos a sus monumentos, artes, tipos y costumbres, ritos y prácticas religiosas, convirtiéndose en la gran fuente de difusión de la cultura china en Europa, popularizando el interés por la misma e incentivando el coleccionismo de piezas.

La fascinación que produjeron estos relatos, [3] unida al exotismo, innovadoras técnicas y belleza de los objetos chinos importados, dio lugar a todo un conjunto de manifestaciones artísticas occidentales, producidas durante los siglos XVII y XVIII, con clara influencia oriental, que son conocidas como Chinoiseries. Son especialmente destacables las producidas en el campo de la cerámica. La pasión occidental por las porcelanas chinas llevó a Occidente a intentar reproducir esta desconocida técnica. Fue en Alemania bajo el gobierno de Augusto el Fuerte de Sajonia (1670-1733) y a comienzos del siglo XVIII cuando se descubrió el secreto de la fórmula de la porcelana, el denominado “oro blanco”, labor que llevará a cabo Johann Friedrich Böttger (1682-1719) y que convertirá a la localidad sajona de Meissen en el mayor y más importante centro productor a nivel europeo, al que seguirán Sèvres, Wedgwood o La Real Fábrica del Buen Retiro de Carlos III.

España cuenta con importantes colecciones de arte chino [4] que tuvieron su origen en la Edad Moderna. Las más destacadas son las vinculadas a la monarquía española de las Dinastías de los Austrias y de los Borbones. La envergadura de estas colecciones de arte chino atesoradas por los Habsburgo quedan en evidencia en los inventarios reales que han llegado hasta nosotros, ya que muchas piezas desaparecieron por distintos avatares históricos. Fue especialmente notable el coleccionismo de los Borbones, que tiene su reflejo en el importante número de piezas que hoy se encuentran en los Reales Sitios como el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, el de Aranjuez y el Palacio de Oriente en Madrid, hoy Patrimonio Nacional. Se trata de mobiliario, lacas, marfiles, jades, piedras duras, pinturas y otros objetos de decoración, textiles, paneles y papeles pintados, pero sobre todo cerámicas y porcelanas de distintos tipos y formatos, como tibores, jarrones, fuentes, cuencos y platos. También el Museo Nacional de Artes Decorativas, el Museo de Arqueología y el Museo del Traje, todos ellos en Madrid y herederos del Real Gabinete de Historia Natural fundado por Carlos III en 1771, cuentan con excelentes colecciones de arte chino, que abarcan desde piezas que fueron adquiridas en la Edad Moderna hasta otras que llegaron a sus fondos, bien por diversas donaciones de particulares durante los siglos XIX al XXI o por compras realizadas desde las propias instituciones.

A la izquierda, pabellón chinesco de los jardines del Palacio de Aranjuez; a la derecha, una de las salas dedicadas a China en el Museo Oriental del Monasterio de Santo Tomás en Ávila. (Foto: Alberto Vela R.)

Por otra parte, hemos de mencionar los fondos del Museo del Convento de Santo Tomás en Ávila, de los dominicos y el Museo de Arte Oriental de los Agustinos Filipinos de Valladolid. La mayor parte de sus piezas chinas fueron traídas a España como consecuencia de la labor evangelizadora que, desde la Edad Moderna, ejercieron en Asia Oriental los misioneros dominicos y agustinos que hicieron acopio de objetos artísticos y etnológicos propios de las culturas con las que tomaron contacto, recopilación que fue especialmente intensa a partir del siglo XIX. A estos fondos vinculados con las misiones se sumaron los procedentes de donaciones particulares, realizadas sobre todo en el siglo XX.

En la siguiente entrega analizaremos el auge que experimentará el coleccionismo de arte oriental en nuestro país a partir de dicha época, centrando nuestra atención en las principales colecciones decimonónicas de burgueses y aristócratas que, a partir de la fiebre orientalista y el japonismo, crearon los mejores y más evocadores salones chinescos en sus palacios y casas señoriales.

[1] Sobre el coleccionismo de arte chino en la Edad Moderna, véase Steuber, Jason y Lai, Guolong., Collectors, collections & collecting the arts of China: histories & challenges, Gainesville, University Press of Florida, 2014, de donde hemos extraído las informaciones que se exponen sobre este tema.

[2]  Barlés, Elena, Almazán, David, y Pano, José Luis., Las artes fuera de Europa, Zaragoza, Mira Editores, 2012, pp. 176.

[3] Una visión complementaria sobre el tema puede encontrarse en Sanz, Alejandro, Nuevas visiones del “exótico” Oriente: las ilustraciones sobre China en los libros de viaje hasta finales del XVII, Ecos de Asia, 2017. Diponible aquí.

[4] García-Ormaechea, Carmen, El coleccionismo de arte extremo oriental en España: Porcelana china, Artigrama,  n.º18, 2003, pp. 231-252.

Para saber más:

Barlés, Elena, Almazán, David, y Pano, José Luis., Las artes fuera de Europa, Zaragoza, Mira Editores, 2012, pp. 176.

Cabañas, Pilar. y Trujillo, Ana., La creación artística como puente entre Oriente y Occidente. Sobre la investigación del Arte Asiático en países de habla hispana, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, Grupo ASIA, 2012, pp. 276-287.

Krahe, Cinta, ChinesePorcelain in HabsburgSpain, Madrid, Centro de Estudios Europa Hispánica, 2016.

Ronan, Charles y Oh, Bonnie, East meets West: The Jesuits in China, 1582-1773, Chicago, Loyola University Press, 1988.

Sierra, Blas, Museo Oriental: arte chino y filipino, Valladolid, Museo Oriental, 1990.

avatar Alberto Vela Rodrigo (10 Posts)

Alberto Vela es Licenciado en Traducción e Interpretación por la Universidad de Salamanca y Graduado en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza. Se especializó en Estudios Asiáticos por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, lo que le llevó a vivir y trabajar en Pekín durante un año en entornos empresariales y de mercado. Su formación interdisciplinar le ha permitido desenvolverse en distintos ambientes y campos de estudio que abordan la historia material, social y cultural de Europa y Asia.


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