Revista Ecos de Asia

La larga estela de “Chinatown”: el “neo-noir” asiático.

Chinatown (1974), de Roman Polanski, supuso un punto de inflexión en la Historia del Cine al inaugurar un nuevo género cinematográfico que sería conocido como neo-noir, cuyas características e idiosincrasia pasaremos a detallar a continuación. Esta tendencia fílmica ha llegado hasta nuestros días con sus adaptaciones y reinterpretaciones, dejándonos ejemplos recientes en todo el panorama internacional. En el presente artículo diseccionaremos la presencia del cine neo-noir en las cinematografías asiáticas, estudiando para ello filmes de lugares como Hong Kong, Taiwán, Japón o la India. Sin embargo, para llegar a comprender en su totalidad estas películas, conviene poner al lector en antecedentes, para lo cual la disertación se iniciará con un análisis del género negro en la literatura y en la pantalla, para estudiar a continuación aquellas producciones que, siguiendo la estela marcada por Polanski, renovaron el género a partir de los años setenta; finalmente, observaremos la impronta del cine neo-noir en diferentes países asiáticos, centrándonos en sus peculiaridades regionales.

“The streets were dark with something more than night”[1]

Raymond Chandler, The Simple Art of Murder (El simple arte de matar, 1950).

Entendemos por cine negro aquellas películas realizadas entre las décadas de 1940 y 1950, con unas características temáticas y visuales similares. Sin embargo, dichas producciones no fueron realizadas con meditada uniformidad, ni sentimiento de pertenencia a un género, sino que fueron así agrupadas más tarde por la crítica francesa, que acuñó el término noir (“negro” en francés) para referirse a ellas, al apreciar que se basaban en novelas de detectives y crímenes, que habían sido ya publicadas en el país galo bajo el nombre de Série Noire. Entre estos autores de novela negra encontramos nombres tan relevantes como Raymond Chandler, Dashiell Hammett o James M. Cain, cuyos argumentos inspirarían posteriores producciones cinematográficas.

El cine negro es tan popular como inabarcable, puesto que los críticos y teóricos han tratado infructuosamente de acotar unas características comunes a todos los filmes sin conseguirlo. Si bien la búsqueda de homogeneidad resulta una tarea imposible, parece haberse alcanzado al menos un consenso cronológico, que fija el inicio de la tendencia en El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941), de John Huston, y su ocaso con Sed de mal (Touch of Evil, 1958), de Orson Welles.

Entre estos dos títulos, encontramos otros clásicos esenciales como Perdición (Double Indemnity, 1944), Laura (1944), El desvío (Detour, 1945), El cartero siempre llama dos veces (The Postman Always Rings Twice, 1946), El sueño eterno (The Big Sleep, 1946), Con las horas contadas (D.O.A. , 1950), El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd.,1950), El beso mortal (Kiss Me Deadly, 1955), Atraco perfecto (The Killing, 1956) o Vertigo (1958).

De forma general, estas películas presentan similitudes temáticas, puesto que muchas de ellas narran historias de criminales, como asesinatos que deben ser investigados por detectives, el ambiente delictivo de la mafia, etc. Los personajes de estas obras son complejos, torturados y desencantados con el mundo, y entre ellos destacan dos prototipos que serán repetidos hasta la saciedad, convirtiéndose en una marca identificativa del género: el detective privado y la femme fatale. El personaje masculino, de cuestionable moral y oscuro pasado que sucumbe a los vicios, es un antihéroe erigido en protagonista por el cine negro, y cuyo representante más memorable es sin duda Philip Marlowe. Por su parte, los personajes femeninos más emblemáticos son los de la mujer fatal, peligrosamente atractiva, de fuerte carácter y con una sensualidad letal, que llevará a los hombres a la perdición (inolvidable resulta el papel interpretado por Barbara Stanwyck en la película homónima).

Humphrey Bogart como el detective Philip Marlowe en El sueño eterno (The Big Sleep, 1946).

Imagen de Perdición (Double Indemnity, 1944) con Barbara Stanwyck.

Estos relatos nos muestran el lado más oscuro de una sociedad corrupta y violenta, donde el hampa impone su ley y el bien no siempre triunfa sobre el mal. Es por ello que estos filmes resultan muchas veces pesimistas, donde el protagonista debe hacer frente al fracaso, y en los que el final feliz no es ni mucho menos un requisito habitual.

En lo que se refiere al apartado visual y estético, el cine negro se caracteriza por el empleo de fuertes contrastes lumínicos, que generan sombras y claroscuros muy marcados, proliferando las escenas nocturnas, propicias para el desarrollo de las actividades criminales. Retomando la cita de Raymond Chandler, estas películas están plagadas de esas calles en las que lo oscuro no sirve únicamente para marcar el momento en el que se desarrolla la escena, sino que transmite a su vez los terrores y peligros que acechan al viandante. Se emplean además recursos de gran potencia estética, como las persianas venecianas, cuya sombra genera líneas paralelas que cruzan cada plano, espejos que distorsionan la imagen, planos picados, encuadres opresivos, etc.

El género negro toma pues como referencia distintos movimientos artísticos y cinematográficos que influyen en la configuración de su imagen, entre los que destaca el Expresionismo alemán, el Realismo Poético francés o el cine de gánsteres hollywoodense de los años veinte o treinta. Asimismo, es evidente la influencia del contexto sociopolítico del momento, marcado por la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, que se percibe en la presencia de la violencia, la desilusión, o el estado de paranoia generado por la amenaza nuclear y el macartismo. La propia imagen de la mujer que refleja el cine negro es consecuencia de los cambios originados en la época, ya que durante la contienda el esfuerzo bélico requirió de la mano de obra femenina, lo que provocó que las mujeres fueran ganando una mayor independencia; con el final de la guerra, los soldados regresaron al hogar para encontrarse una nueva imagen de mujer, fuerte y poderosa, y el cine se encarga de transmitir ese sentimiento ambivalente del varón hacia este tipo de femme fatale, que asusta y atrae al mismo tiempo.

Décadas más tarde, en los años setenta, llegaría la reinterpretación y renovación del género negro bajo la denominación de neo-noir. Los autores susceptibles de ser englobados en esta tendencia, a diferencia de sus predecesores, sí que serán plenamente conscientes del trabajo de adaptación que realizan, captando la esencia de las películas de gánsteres pero incluyendo problemáticas actuales. Si bien podemos encontrar algunos ejemplos anteriores, los estudiosos colocan Chinatown (1974) como el punto de partida de esta tendencia renovadora, la cual ha pervivido hasta nuestros días con ejemplos como Taxi Driver (1976), Fuego en el cuerpo (Body Heat, 1981), Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), Reservoir Dogs (1992), L.A. Confidential (1997), El hombre que nunca estuvo allí (The Man Who Wasn’t There, 2001) o Sin City (2005).

Jack Nicholson y Faye Dunaway en un fotograma de Chinatown (1974).

La principal diferencia entre estas películas y los clásicos en los que se inspiran, es una mayor libertad de actuación (debida a la desaparición de la censura del sistema de producción), con lo cual los límites entre géneros se difuminan hasta llegar a una verdadera hibridación. Asimismo, en el neo-noir se aprecia la influencia del contexto social e histórico contemporáneo, incluyendo los avances estéticos y técnicos en el campo de la cinematografía. De esta forma, en las películas actuales se incluirán temáticas que no estaban presentes en el cine de los años cuarenta y cincuenta, como, por ejemplo, la crisis de identidad del protagonista y la subjetividad, o el impacto de la tecnología y la evolución de la sociedad.

Dentro de la tendencia neo-noir podemos distinguir dos vertientes diferenciadas: por un lado películas que, tomando como referencia los clásicos del cine negro, sitúan la acción en el pasado, incluyendo nuevos dilemas (este es el caso de L.A. Confidential o La dalia negra); y, por otro, las películas que, aunque mantienen el espíritu y la estética del género, se desarrollan en el tiempo presente, haciendo referencia a circunstancias más modernas en sus argumentos (sirvan de ejemplo cintas como Reservoir Dogs o El caso Slevin).

Josh Harnett protagoniza sendos filmes de género neo-noir estrenados el mismo año pero pertenecientes a cada una de las tendencias antes explicadas: La dalia negra (The Black Dahlia, 2006) y El caso Slevin (Lucky Number Slevin, 2006).

La industria fílmica asiática no ha tardado en subirse a la ola del éxito recaudado por estas producciones desde la década de los setenta, hasta el punto de tomar el liderazgo en lo que a producción de cine neo-noir se refiere. En la actualidad, el género negro apenas tiene relevancia real en Occidente, siendo las cinematografías del este las encargadas de producir cada año varios ejemplos de esta tendencia.

Por supuesto, el cine negro asiático tiene ciertas peculiaridades respecto a su homónimo occidental, debidas principalmente al hecho, antes remarcado, de que el género neo-noir adapta los argumentos clásicos a la sociedad actual que lo produce. Puesto que las preocupaciones sociopolíticas del ámbito oriental son diferentes a aquellas que podemos encontrar en la industria americana y europea, también su cine recorrerá caminos divergentes.

Asimismo, cada país asiático (partiendo de los que cuentan con una industria fílmica de relevancia) adaptará el género negro de una manera diferente, añadiéndole detalles propios de su idiosincrasia particular que lo convierten en algo único. Tradicionalmente, el país que primero absorbió los influjos occidentales fue Japón, en parte por lo fácil que resulta la adaptación del neo-noir a una tendencia ya existente en la industria japonesa como es el cine de yakuzas (o yakuza-eiga), que empezó a proliferar desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Estos primeros filmes, denominados nynkio-eiga o “películas de caballeros”, presentaban al yakuza como un héroe que defendía a la población contra políticos y banqueros, un forajido honorable que se debatía entre el giri, el deber, y el ninjo, el deseo personal. La personificación de este tipo de personajes fue el actor Ken Takakura, que interpretó multitud de papeles similares en numerosas películas, de entre las cuales podemos destacar Prisión Abashiri (Abashiri Bangaichi, 1965).

Ya en los años setenta, y de forma paralela al desarrollo del cine neo-noir en Hollywood, las películas de yakuzas evolucionarán, dejando de lado la visión romántica de décadas anteriores y relatando con crudeza historias violentas, muchas veces basadas en hechos reales. Este tipo de cintas se denominan jitsuroku-eiga, “películas documentales reales”, y de ellas cabe citar Batallas sin honor ni humanidad (Jingi Naki Tatakai, 1973).

La sobreexplotación del cine de mafiosos japoneses llevó a que el género sufriera un terrible desgaste, relegando este tipo de argumentos a los subproductos de Serie B. La renovación llegaría ya en los noventa, con creadores como el peculiarísimo Takeshi Kitano, el cual devolvió esta tendencia a lo más alto del panorama internacional. Algunas películas de este director japonés, del que ya hemos hablado anteriormente en Ecos de Asia, serían Sonatine (Sonachine, 1993), Flores de Fuego (Hana-Bi, 1997) o, más recientemente, Outrage (2010) y su secuela Outrage Beyond (Outrage 2, 2012).

Carteles de Outrage (2010) y Outrage Beyond (Outrage 2, 2012).

Si tomamos estas dos últimas películas como modelo de renovación del cine negro japonés y del cine de yakuzas, observamos cómo Kitano, con su peculiar estilo, traza enrevesados argumentos centrados en la lucha entre mafias, en las cuáles a veces destaca lo absurdo de las mismas, mostrando un nihilismo postmoderno característico del cineasta nipón. Asimismo, en el aspecto técnico, combina la tradición cinematográfica japonesa (de encuadres estáticos y serenos) con una crueldad sangrienta casi plástica, elevando la violencia a la categoría de cualidad estética.[2]

En los últimos años, sin embargo, han sido las industrias cinematográficas de Hong Kong y Corea del Sur las que han tomado la delantera en la adaptación asiática del neo-noir. Ambos países han producido numerosas películas susceptibles de ser encuadradas en este género, aunque fluctuando entre el drama y el thriller de acción, las cuales se caracterizan por poner el foco en el papel de la policía en diversas tramas delictivas: detectives de alma torturada y oscuro pasado o agentes dobles infiltrados en la mafia proliferan como protagonistas de estos filmes. Encontramos un ejemplo de esto mismo en la cinematografía hongkonesa con Firestorm (2013), thriller en el que un inspector de policía harto de las injusticias generadas por el sistema legal, se ve tentado a tomarse la justicia
por su mano.

Imagen promocional de Firestorm (2013).

De ese mismo año es la producción surcoreana New World (2013), donde un policía infiltrado en la mafia se enfrenta al dilema de a qué bando apoyar cuando el caos se desate. Otros filmes coreanos de tendencia neo-noir podrían ser The Target (2014), remake del thriller francés Cuenta atrás (2010), o el drama A girl at my door (2014), donde Doona Bae da vida a la inspectora Lee Young-nam. En contraposición a estos filmes, de ambientación contemporánea, el año pasado se estrenó el thriller coreano de mafiosos Gangnam Blues (2015), cuya acción se desarrolla en este famoso barrio de Seúl en los años setenta, cuando mafiosos y políticos corruptos se debaten el dominio de la explotación inmobiliaria.

A girl at my door (2014).

Sin embargo, los ejemplos más espectaculares de este tipo de neo-noir histórico se ambientan en la época dorada del cine negro, como la cinta taiwanesa Deseo, Peligro (Se Jie, 2007) de Ang Lee, que es, además, una adaptación del relato homónimo de la escritora Eileen Chang; la hongkonesa El último gangster (Da Shang Hai, 2012), o la producción bollywoodense Bombay Velvet (2015), cuyo título recuerda ineludiblemente a la película de David Lynch, Terciopelo Azul, antes citada.

Bombay Velvet (2015).

Con este recorrido por los distintos caminos del cine negro, hemos podido comprobar que se trata de una tendencia de largo recorrido, cuya constante reinvención le ha hecho pervivir hasta nuestros días. En el momento actual, el neo-noir asiático se caracteriza por una compleja diversidad, entre la que podemos encontrar adaptaciones y remakes, como el ya comentado The Target; o extrañas secuelas u homenajes, como la peculiar Kumiko, the Treasure Hunter (2014), en la que una muchacha japonesa viajaba hasta Minnesota en busca del botín que Steve Buscemi esconde al final de Fargo (1996), la película de los hermanos Coen. El neo-noir ha llegado incluso a traspasar la pantalla cinematográfica e introducirse en otros audiovisuales, como, por ejemplo, ocurrió con el videojuego Yakuza (Ryū ga Gotoku)[3] desarrollado por Sega para Play Station 2 en 2005, que ha contado con secuelas lanzadas en 2006, 2009 y 2010, y una adaptación cinematográfica realizada por Takashi Miike y titulada  Like a Dragon (Ryû ga gotoku: gekijô-ban, 2007). Veremos, pues, qué nuevas cotas alcanza el cine negro actual en el continente asiático, adaptándose a los nuevos retos de una sociedad con sus propias peculiaridades y en constante cambio.

Para saber más:

  • Palmer, R. Barton. Hollywood’s Dark Cinema: The American Film Noir. New York, Twayne, 1994.
  • Cochran, David. America Noir: Underground Writers and Filmmakers of the Postwar Era. Washington D.C., Smithsonian Institution Press, 2000.
  • Dickos, Andrew. Street with No Name: A History of the Classic American Film Noir. Lexington, University Press of Kentucky, 2002.
  • Sánchez Noriega. José Luis, Obras maestras de cine negro. Bilbao, Mensajero, 2002.
  • Conrad, Mark T. (ed.). The Philosophy of Neo-Noir. Kentucky, University Press of Kentucky, 2007.
  • Acosta del Río, Severiano. “De espectador a protagonista: Análisis de la saga de videojuegos Yakuza”, en Martín Escribà, Àlex; Sánchez Zapatero, Javier (eds.), La (re)invención del género negro, Santiago de Compostela, Andavira Editora, 2014, pp. 725-733.
  • Shu-Ying Chang, Luisa. “Deseo, peligro (Se, jie): Elegía de una sociedad conflictiva”, en Martín Escribà, Àlex; Sánchez Zapatero, Javier (eds.), La (re)invención del género negro, Santiago de Compostela, Andavira Editora, 2014, pp. 477-485.

Notas:

[1] “Las calles estaban oscuras con algo más que la noche” (Traducción propia).

[2] Un análisis en profundidad de Outrage y Outrage 2 puede encontrarse en Ecos de Asia.

[3] Un análisis de este videojuego en clave noir puede encontrarse en: Acosta del Río, Severiano. “De espectador a protagonista: Análisis de la saga de videojuegos Yakuza”, en Martín Escribà, Àlex; Sánchez Zapatero, Javier (eds.), La (re)invención del género negro, Santiago de Compostela, Andavira Editora, 2014, pp. 725-733.

avatar Laura Martínez (81 Posts)

Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza, actualmente cursa el Máster de Estudios Avanzados en Historia del Arte de la misma, especializándose en Cine.


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